Una aventura exótica y deliciosa en Bocas del Atrato

Llega la época de vacaciones para muchos, por eso SEMANA RURAL le muestra sitios colombianos en los que puede descansar junto a su familia o amigos. En esta entrega conozca lo que puede encontrar en Turbo, municipio antioqueño que de la mano de su agroindustria, comienza a apostarle al turismo.

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9 de diciembre de 2019 a las 7:00 p. m.

Este viaje es para aventureros. Salimos del muelle de Turbo recién despuntaba el sol. El mar por estos días está “picado”, como dice la gente de acá, y el viaje en lancha fue en sí mismo una aventura emocionante por cuenta de las pequeñas pero constantes olas generadas por la brisa que llega desde el norte al Golfo de Urabá. Durante veinte minutos reímos nerviosos, también se alcanzaron a escuchar algunos gritos sofocados por el ruido del motor y el golpe generado cada vez que la lancha subía y bajaba al vaivén de la marea. Antes de llegar a este conjunto de casas multicolor, alzadas sobre el agua, nos internamos por un breve y salvaje camino de manglares que anunciaba que este sería un viaje perfecto para espíritus indómitos, amantes de la naturaleza y la aventura. El golfo tiene una vista espectacular. Cruzarlo, hasta llegar a Bocas del Atrato solo costó quince mil pesos y me permitió disfrutar de ese inmenso mar Caribe acompañado por la Serranía del Abibe, durante los 15 kilómetros de recorrido.

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No sabría decir cuál de las cuatro especies de mangle vi: el rojo o canillón, de “bobo” (porque pega en cualquier lado), mangle humo o piñuelo, pero todas estas raíces intrincadas bajo el agua ofrecían un espectáculo multiforme, uno de los más extensos de Antioquia, según expertos. Al fin, cuando llegamos, desembarcamos en el punto más indicado para quienes, como yo, habíamos esperado a desayunar allí obedeciendo a la buena fama de la comida de doña Julia Lemos, una mujer que lleva fritando y vendiendo pescado por más de 20 años desde su pequeña cocina a borde de mar. Su sazón es conocida en todo el pueblo, ahora intenta heredársela a Vicky, su hija, para que quienes lleguen en un futuro no se priven de estas delicias aun cuando decida retirarse. Casi todos llevaron afanados su anchoa con patacón envuelta en una hoja de plátano y así siguieron su camino para Rio sucio, Quibdó o Vigía del fuerte, municipios ribereños ubicados entre Antioquia y Chocó. Yo me quedé. Desayuné mis patacones con pescado y una Kola Román helada, perfecta para el calor que ya empezaba a sentir, con justa razón, estamos a un metro sobre el nivel del mar.

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Cuando me encontré con Decio Mosquera (padre), pescador y reconocido líder comunitario, me contó todo lo que hay para hacer en esta pequeña isla urabaense gracias al proyecto ecoturístico que lidera el Consejo Comunitario. Avistamiento de aves, recorrido por antiguos manglares, pesca artesanal, deliciosa comida y un espacio cultural para quienes pasan la noche en el hotel Centro ecoturístico Bocas del Atrato. Decio me presentó a su hijo, también Decio, y este me sirvió desde entonces como guía intérprete. En este pueblo hay otros siete como él. Salimos en su lancha y por veinte mil pesos recorrimos el laberinto de manglares que solo ellos conocen. Entramos por la Calle de los Chilapos, un pequeño túnel marino que debe su nombre a la memoria de cuando algunos samarios llegaron buscando oportunidades en las empresas de madera de la región y, cuando esta acabó, aprovecharon el carbón de la madera del mangle. Entonces hicieron este caño como atajo para llegar hasta los manglares, después se fueron para Apartadó y ahora este camino es aprovechado por los pescadores. Íbamos directo para la Sabalera y nos desviamos primero a la Ensanada de Los deseos, un pequeño rincón marítimo bautizado así desde el 2007 cuando llegaron los primeros turistas y quedaron fascinados tras nadar en sus tibias aguas. “Es todo lo que siempre habíamos deseado”, dijo alguno y los lugareños no dudaron en hacer eterna esta expresión idealizada.

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Seguimos nuestro camino y pocos metros más adelante estaba El dormitorio de las aves, unas ruinas del antiguo campamento de la empresa Maderas del Atrato que hoy, consumidas por la naturaleza, albergan cientos de aves. Ya era tarde para ver a todas las que se posan en estos árboles antes de seguir su vuelo, pero, a las nueve de la mañana, cuando llegamos, pudimos ver los pato-cuervo (una especie de ganso silvestre) y la tijereta, un ave más grande cuya cola le rinde honor a su nombre. Las aves llegan a las 5 de la tarde y a las 5 de la mañana comienzan de nuevo su vuelo. Por eso a los avistadores de aves, o ‘pajareros’ como les llaman aquí, se les recomienda dormir en el hotel del corregimiento para hacer el recorrido muy temprano y obtener las mejores imágenes. “Por la mañana eso lo ves blanquito y rosadito”, dice Decio, el guía, y se refiere a los ibis de diferentes colores que se posan allí. Los aficionados a la ornitología pueden disfrutar del avistamiento de Ibis, loros frentiamarillos, que se posan en los copetes de los manglares; La Laura, una especie de gavilán pollero y otras aves migratorias que en la madrugada siguen su destino. “También por acá se consigue el lobo marino”, dice Decio, momentos antes de llegar. Ante mi gesto incrédulo, me lo repite con orgullo. Ya por fin llegamos a la laguna La Sabalera, se le conoce así porque el joven pez sábalo, común en ríos de Argentina, Paraguay y Brasil, desova en estas aguas y sigue su rumbo dejando allí sus huevos, que serán peces semanas después.

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“Muchas personas vienen buscando desconectarse de la ciudad”, dice el guía y continúa con la invitación de nadar allí, en ese pequeño paraíso de agua tibia, dulce y salada, con más de 3 metros de profundidad, rodeado de manglares y tan clara que permite ver el fondo sin dificultad. Estuvimos allí casi por un par de horas. Los nadadores experimentados disfrutaron del recorrido acuático que mi estado físico no me permitió hacer. Gracias al guía logré pasar de un lado al otro y él, acostumbrado al agua, lo pasó sin esfuerzo alguno. Al regresar al pueblo, pude ver con más detenimiento los cultivos silvestres de arracacho. Una especia conocida y apetecida por su fibra que sirve para la fabricación de finos papeles. Decio comenta que hace unos años, ya casi 15, unas empresas extranjeras se interesaron en comprarle esto al Consejo Comunitario y ellos, con un afán de conservación, decidieron no hacerlo. “Sirven de sala cuna para los peces, por eso no los vendimos”, explicó Decio. Más tarde, ya en tierra me dejé envolver nuevamente por los olores de la cocina de doña Julia. Esta vez me esperaba un delicioso pescado de río: la mojarra con arroz y patacón me sentó tan bien como el desayuno. Al lado otra Kola Román me despedía de una mañana llena de emociones, de temores vencidos y de uno que otro desafío físico. Me hubiera gustado atardecer y amanecer allí, seguro el paisaje es 10 veces más bello que el que pude capturar.

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¿Cómo llego? Turbo queda a hora y media del aeropuerto de Carepa, en el Urabá antioqueño y a menos de 8 horas por tierra desde Medellín. Se puede llegar allí en transporte público desde la capital del departamento. ¿Dónde se duerme bien? Hotel La Castellana de Oro, en Turbo. A una cuadra del puerto El Waffe, de donde salen las lanchas para Bocas del Atrato / Teléfono: (4) 8272185 Hotel Proyecto Ecoturístico Bocas del Atrato / Teléfono: 323 4094707 / Costo: $20.000 noche. ¿Dónde como rico? En la cocina de Julia Lemos, donde para la embarcación. ¿Y si necesito una lancha o un guía? Decio Mosquera: 323 4094707 o Patrocinio Cuesta: 316 2064599