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| 5/12/1997 12:00:00 AM

CARTIER: LA LEYENDA

Hace 150 años un aprendiz de joyero llamado Louis Cartier abrió en París una tienda que durante más de un siglo ha sido sinónimo de lujo y sofisticación.

CARTIER: LA LEYENDA CARTIER: LA LEYENDA
Cualquier objeto que lleve su marca -un anillo, un brazalete, un reloj, un estilógrafo o unas gafas- es motivo de admiración para quien lo ve y símbolo de estatus para quien lo usa. No sólo por el valor material de las piezas,fabricadas en metales y piedras preciosas, sino porque este apellido francés es símbolo de un estilo de diseño ampliamente reconocido en el mundo. El creador de este imperio, Louis-Francois Cartier, tuvo el don de convertir las joyas en obras de arte y los objetos comunes en artículos de lujo.
Desde 1847 los monarcas y aristócratas de Europa, los sultanes del Asia, los maharajás de la India, los jeques árabes, los magnates de Estados Unidos y las estrellas de Hollywood han lucido con orgullo las joyas y los accesorios Cartier. Esta tradición artística fue perpetuada por tres generaciones de la familia. Durante siglo y medio los diseños Cartier han sido admirados, imitados y coleccionados. Muchas de estas suntuosas piezas serán exhibidas en tres exposiciones que se realizarán a lo largo de este año en Nueva York, Londres y París, las tres grandes sedes de Cartier, más una colección de piezas conmemorativas creada con motivo del sesquicentenario de esta famosa casa francesa.
Desde su época de aprendiz en el taller del maestro Adolphe Picard, Louis-Francois Cartier no sólo obtuvo el favor sino los tesoros de los reyes. Gracias a la perfección de su trabajo recibió encargos de los monarcas de la época, quienes querían lucir no sólo sus joyas sino sus diseños exclusivos de todo tipo de objetos preciosos. A los 28 años, al suceder a su maestro en el taller, Louis-Francois creó la Casa Cartier, que en medio del esplendor del segundo imperio de Napoleón III contó entre sus clientes a la emperatriz Eugenia de Francia y a la princesa Matilde, prima del emperador, quienes con sus lujosas joyas llevaron su fama a las demás casas reales de Europa. En 1902, para la coronación de Eduardo VII como rey de Inglaterra, Cartier recibió un pedido de 27 diademas y el honor de ser nombrado proveedor de la Corte de Inglaterra.
Al recibir el encargo el monarca lo consagró al llamarlo "el rey de los joyeros". Entonces su exclusiva clientela real se extendió a las coronas de España, Portugal, Grecia, Rumania, Egipto y Siam. Cuando su hijo, Louis-Francois Alfred Cartier, asumió la empresa en 1899, el taller se estableció en el número 13 de la prestigiosa rue de la Paix en París, que es actualmente la sede principal de la compañía. Poco antes de morir, Alfred Cartier confió a sus tres hijos -Louis, Pierre y Jacques- la expansión del negocio en el mundo. El primogénito, Louis-Joseph, quien heredó de su padre y de su abuelo esa extraña mezcla de sentido de la estética y del mercadeo, envió a sus hermanos a recorrer Oriente y Asia en busca de piedras preciosas, esmaltes finos y perlas para sus diseños con el objeto de hacerle competencia a Peter Carl Fabergé.
Cual reyes magos, los Cartier regresaron de Oriente cargados de tesoros. Jacques se radicó en Londres, donde engastó en sus diseños las joyas de los maharajás de la India y los jeques de Arabia. Pierre se estableció en Nueva York, donde en 1917 cambió dos hileras de perlas avaluadas en un millón de dólares por la casa que hoy es sede de Cartier en la Quinta Avenida. Muy pronto tuvo como clientes a los Rockefellers, Ford, Astors y Vanderbilts. Al comenzar el siglo XX, Cartier diseñó desde los palillos de oro del rey Farouk de Egipto hasta las tiaras de diamantes de la esposa del Aga Khan. Pero fue en los primeros 40 años de este siglo que los tres hermanos se encargaron de crear el fenómeno Cartier. A las cortes se sumó la nueva realeza de industriales, diseñadores de moda, estrellas de cine y magnates. En 1910 Cartier vendió el famoso diamante azul 'Hope' a Evelyn McLean, esposa del heredero de la fortuna del Washington Post. Cincuenta años después Richard Burton compró en Cartier el famoso diamante de 69 quilates que le regaló como muestra de su amor a Elizabeth Taylor.
De sus viajes Louis Cartier trajo también la influencia del arte oriental, egipcio y persa, que lo llevó a crear un estilo de colores fuertes y materiales exóticos como el ónice y el coral. Fue el primer joyero en trabajar el platino, que se convirtió no sólo en un hito de Louis Cartier sino del estilo Art-Déco, del cual fue pionero. También fue el inventor del corte baguette para los diamantes. Curiosamente en el imperio de estos tres hermanos Cartier hubo un halo de inspiración femenina. Jeanne Toussaint, una mujer de excepcional gusto que nunca diseñó nada pero durante cuatro décadas aportó sus espléndidas ideas a las colecciones de alta joyería. Por su carácter autoritario Louise Cartier la llamaba 'la pantera', y fue la creadora de algunas de las famosas piezas con animales. Sus aderezos Tigre tuvieron como cliente incondicional a la multimillonaria heredera Barbara Hutton. Pero la más famosa fue Wallis Simpson, a quien el duque de Windsor cubrió de joyas de Cartier con motivo de su boda en 1937. La obsesión de la duquesa de Windsor fue la colección Pantera, cuyo famoso broche fue readquirido por Cartier, luego de la muerte de la duquesa en 1987, por una suma de siete millones de dólares en una subasta de Sotheby's. El total de las joyas de la princesa fue vendido en 50 millones de dólares.
Pero quizás lo más representativo de Cartier son sus relojes. Si innovar era la pasión de Louise Cartier, su vocación fue la relojería, y la plasmó en sofisticadas piezas de técnica y joyería. Los 'relojes misteriosos' son para Cartier lo que los huevos de pascua imperiales son para Fabergé. En 1911 creó el primer reloj de pulso con correa de piel para que su amigo el aviador brasileño Alberto Santos-Dumont pudiera ver la hora sin dejar de maniobrar su aeroplano. Luego vendrían los famosos 'Tank', diseñados en homenaje a los tanques de los aliados de la Primera Guerra Mundial, cuya hebilla desplegable fue patentada en 1909. Otro famoso emblema de la prolífica trayectoria de Cartier es el anillo de tres aros de oro, creado en 1924 para Jean Cocteau como símbolo de su amistad.
A la muerte de Louis Cartier le siguió la de su hermano Jacques y, tres años después falleció Pierre. Entonces la cuarta generación de Cartier asumió el mando. Aparecieron nuevos accesorios que se convirtieron en símbolos de la época, como la famosa pulsera Love creada en 1969, que tiene un destornillador especial para abrirla. En 1972 un grupo de inversionistas compró Cartier, un imperio que hoy tiene boutiques -Les Must de Cartier- en 124 países del mundo. Con motivo del sesquicentenario de la famosa casa del cofre rojo, la herencia artística de este creador que revolucionó el diseño de joyas, los relojes y los accesorios hasta convertirlos en objetos de arte, será admirada en todo el mundo.

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