¿Dónde están los hombres?

Las cifras no mienten. Para cada mujer hay un varón. Pero las mujeres sienten que los hombres se acabaron. ¿Qué hay de cierto?

Las mujeres siempre han tenido la idea de que superan a los hombres en número. En las encuestas de población que se practicaban hace unos años en el país los demógrafos les preguntaban cuál creían ellas que era la proporción entre los dos sexos. Las entrevistadas afirmaban sin titubeos que a cada hombre le correspondían entre siete y 13 mujeres. La realidad es que, del total de la población colombiana, 49 por ciento son hombres y 51 por ciento son mujeres, lo cual quiere decir que, al menos en la teoría, la balanza está bien equilibrada y para cada una de ellas hay un varón.

Aunque este dato estadístico no aguanta discusión lo curioso es que hoy entre las mujeres persiste la idea de que los hombres escasean. Liliana, una publicista de 36 años, separada, lo ha comprobado con su propia experiencia. Para ella hay 10 mujeres por cada hombre. No quiere casarse de nuevo pero desearía encontrar un compañero con quién establecer una relación afectiva estable y enriquecedora pero no encuentra recurso humano disponible. “A donde uno vaya —fiestas, cocteles, reuniones—, siempre encuentra más mujeres que hombres, dice. La mayoría están ya ocupados y de los disponibles un buen porcentaje son homosexuales”.

La percepción de Liliana puede ser cierta si se miran ciertas variables. La violencia, por ejemplo, puede ser un factor desequilibrante, sobre todo en un país cuyas víctimas de este flagelo son en su mayoría hombres (ver recuadro). Las estructuras sociales tan marcadas también deprimen el mercado masculino pues no les da flexibilidad a las personas para ‘cazar’ pareja en varios estratos de la sociedad sino que los limita a grupos muy cerrados. La edad también es importante. Las mujeres viven 10 años más que los hombres. La expectativa de vida para el sexo masculino es de 66 años, de modo que a medida que pasa el tiempo encontrar un varón pasa a ser como buscar una aguja en un pajar. El culto a la juventud y a la belleza de las sociedades latinas hace que el menú de posibilidades de la mujer se agote con la edad. “Ellos prefieren andar con dos de 15 que con una de 30 porque las mujeres jóvenes les suben la autoestima”, dice la sicóloga Nelly Rojas de González.



Otras prioridades

Pero aunque ellas no vean a los hombres, que los hay los hay. Un grupo de expertos consultados por SEMANA aseguran que esa miopía no es tanto un asunto numérico como un problema cualitativo. “Hombres hay muchos pero que valgan la pena poquitos”, afirma el sicólogo Walter Riso. Explica que muchos —sobre todo los separados— están apuntando hacia otros objetivos pero no a establecer compromisos y vínculos afectivos estables. “Quieren desear pero no amar”, dice.

El especialista afirma que 70 por ciento de las mujeres que van a un sicólogo lo hacen porque no tienen pareja. Según él son mujeres por encima de los 30 años, separadas y solteras, preparadas intelectualmente, exitosas pero solitarias. Algunos han denominado a este grupo como de “mucho máster y poco míster”. Para Riso, las casadas son más tranquilas “porque saben que el matrimonio no es ningún lecho de rosas”. Quienes más sufren, en opinión del terapeuta, son las solteras de más de 28 años que no han podido establecer una relación duradera con un hombre.

La soledad de estas mujeres exitosas e independientes, según algunos expertos, se debe a que la mujer de hoy se ha vuelto mucho más exigente y no se transa por cualquier hombre. A diferencia de las de antes, casarse no es cuestión de supervivencia sino una elección que debe hacerse con toda la rigurosidad del caso. Como dice la sicóloga Florence Thomas, “las mujeres quieren a los hombres pero no a cualquier precio y no van a pagar con el costo de su identidad”.



Independencia

Al mismo tiempo ese desarrollo personal de la mujer ha provocado que los hombres se sientan atemorizados y un poco confundidos. “Están muertos de susto porque creen que les van a quitar los espacios laborales, porque creen que van a perder el control sobre su sexualidad”, dice Thomas. Los expertos consultados coinciden en que el hombre se quedó rezagado pues no evolucionó al mismo ritmo de la mujer ni ha propiciado espacios para hacer los ajustes necesarios que le permitan vivir en mayor armonía con la mujer. “Uno ve a las mujeres en construcción pero no a los hombres”, dice Ana Cristina González, médica de Profamilia. El ámbito doméstico sigue siendo de la mujer y aquellos hombres que cambian pañales se consideran la excepción, “cuando deberían ser la norma”. El hombre no está dispuesto a sacrificar su proyecto de vida por el de su mujer y se intimida ante la independencia e igualdad que ella reclama. Ellos antes tenían un papel muy cómodo. Establecían relaciones de dependencia con mujeres menores, poco educadas y sin poder económico. De esta forma era fácil ejercer control sobre ellas. Hoy, sin embargo, la mujer ya no le exige el sustento económico porque ella misma puede proveérselo. “Le pide otras cosas, como más calidad de sexo, más afecto y compartir más la vida cotidiana, afirma Rojas de González. Y se han quedado atrás en la expresión del afecto”.

Pero la culpa de que las mujeres no encuentren pareja no es sólo de los hombres sino de ellas mismas. El sexo femenino no está totalmente transformado y muchas todavía son una mezcla en la que se conjugan viejos estereotipos con rasgos de una mujer evolucionada. Algunas aún no se atreven a salir solas y propiciar encuentros con hombres por miedo al rechazo. Tampoco llevan la iniciativa para iniciar la conquista. Persiste el tabú de la edad y no ven factible levantar hombres más jóvenes o de un estrato social diferente. Otras no confrontan al hombre que no está comprometido con la relación ni establecen una comunicación para hablar de temas como la sexualidad.

Aunque en épocas de crisis las relaciones son difíciles y no se vislumbra una salida, la verdad es que el ser humano no se puede resignar a la soledad afectiva. Por eso, aunque mucho les cueste, hombres y mujeres deben ajustarse a la idea de que tienen que establecer cimientos para las relaciones. De no lograrse este cambio de actitud las cosas continuarán como las plantea Florence Thomas: las mujeres seguirán soñando con hombres que no han nacido y los hombres con mujeres que ya no existen.