Los seres humanos siempre esperan que el padre muera en la vejez. Aun en dicha circunstancia la partida generará tristeza y los hijos tendrán que trasegar por las etapas de shock, negación, aceptación y asimilación que la psicología ha descrito ante la muerte de un ser querido. Pero en Colombia la guerra le robó a muchos ese derecho. Los expuso no solo a enfrentarse muy pronto a la muerte del padre, sino a formas brutales de morir que les generaron un impacto tan grande que los manuales de autoayuda para hacer el luto se quedaron cortos. Porque el duelo no solo afecta por la muerte, sino por la forma de morir. Y a veces esto último resulta más difícil de tramitar. En el conflicto colombiano, según la psicóloga Lina Rondón, esas formas de morir como el asesinato, la desaparición forzada o la tortura “cambiaron totalmente la manera de tramitar el dolor”. Los hijos, entonces, sufrieron por partida doble: por la muerte del padre y la condición en que fallecieron.
El conflicto dejó más de 8 millones de colombianos afectados. Por 60 años Colombia vivió en un estado de duelo suspendido. La ausencia de la verdad en las masacres, los asesinatos y las desapariciones forzadas han provocado que muchos no logren sanar sus heridas. Pero eso está cambiando con la firma del acuerdo de paz. Esta semana lo demostraron algunas víctimas del secuestro al desfilar ante magistrados de la JEP para relatar los horrores que vivieron en cautiverio. Aunque muchos ya habían contado su historia, lo que dijeron tiene un valor enorme porque lo hicieron con la reflexión que permite el paso del tiempo y porque sucede en un espacio en el que pueden hacer oír sus voces sin temor a ser acalladas. Son los primeros pasos para hacer el duelo y poder pasar la página de uno de los capítulos más dolorosos de la historia del país.
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Para conocer esa experiencia con el duelo individual, SEMANA habló con un grupo de senadores, exministros y personajes de la vida pública que tienen en común la tragedia de haber perdido de niños o de jóvenes a sus padres a manos de alguno de los actores de la guerra. Todos ellos han tramitado el dolor en una manera singular. Yesid Reyes, hijo de Alfonso Reyes Echandía, muerto en la retoma del Palacio de Justicia en 1985, acepta que tuvo una rabia adicional ante las circunstancias violentas de la muerte de su padre, “pero resolví ese tema hace muchísimos años, lo que no significa que no me acuerde de él. Tengo claros en mi cabeza los hechos básicos que explican por qué murió mi padre, así que nunca he tenido ese afán por saber los detalles”, dice. Quizás lo ayudó a hacer ese proceso más rápido que su padre no murió debido a una circunstancia individual, sino a un hecho más complejo y colectivo. “Es mucho menos puntual que aquellos que murieron a manos de un sicario”, explica.
Duelos suspendidos
Otros, sin embargo, no sanan sus heridas tan pronto. Viven duelos inacabados porque, según los expertos, las heridas de la guerra sanan lentamente. Lo que destruye la violencia no se reconstruye tan fácil ni tan rápidamente, dicen. Esos procesos no tienen tiempo límite de tramitación, son tristezas que viven bajo la piel y salen a flote en forma de llanto o melancolía ante cualquier recuerdo. Cerrar esas heridas abiertas depende del contexto de la tragedia y de los recursos mentales de cada víctima para sobreponerse.
De las etapas típicas descritas por los manuales quizás este grupo solo vivió las del shock y la negación. El exsenador Carlos Fernando Galán, que tenía 12 años cuando su padre, Luis Carlos Sarmiento, murió asesinado en Soacha, señala que a pesar del ambiente de violencia que vivía el país en 1987, en el que asesinaban casi a diario líderes políticos, él pensaba que eso no le iba a suceder a su papá. “Enfrentar la noche del 18 de agosto y saber que sí ocurrió fue como llegar a un abismo. Es como si fuera transitando por un camino y de pronto ya no hay nada enfrente”, relata. Para el senador Iván Cepeda, la muerte de su padre, el líder de la Unión Patriótica Manuel Cepeda, estaba tan anunciada que se despedían cada día como si fuera el último. Cuando finalmente sucedió la tragedia, sin embargo, sintió que pese a tanta preparación “uno nunca está lo suficiente listo”, recuerda.
En su caso, solo cerró una primera etapa del duelo 16 años después. Esto sucedió cuando el Estado pidió perdón por la muerte de su padre para cumplir una decisión histórica de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que lo condenó en el contexto del genocidio contra la Unión Patriótica. “Significó llegar a un punto en el cual ese golpe que habíamos sufrido como familia, como hijos, se veía de alguna manera compensado de cara a la sociedad. Eso para nosotros tuvo un gran significado simbólico, político”.
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Miguel Gómez, exrepresentante a la Cámara, dice que el tiempo es el mejor aliado para aceptar la muerte y la ausencia del ser querido. Aunque no es hijo sino sobrino de Álvaro Gómez Hurtado, él ha sido el heredero de las banderas políticas de este líder conservador asesinado en noviembre de 1995. Miguel no ha podido superar la sensación de injusticia, que regresa no solo en los aniversarios, sino en cualquier momento. “El sistema judicial colombiano y la alianza de políticos corruptos de este país se han encargado de que no se sepa quién ni por qué lo mataron. Y eso sí es duro de llevar, es una carga pesadísima porque la muerte es la muerte, pero la injusticia es algo que se le mete a uno en el corazón y es difícil liberarse de ella”.
Rabia, injusticia y odio
Para la mayoría lo más difícil ha sido controlar la rabia, encauzarla y no dejar que el odio tome las riendas de sus vidas. El senador Rodrigo Lara Restrepo tenía 8 años cuando en 1985 mataron a su padre, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. El punto de partida, luego de que cedieron el dolor y el traumatismo inicial, fue emprender un proceso de racionalización de esas emociones que, según él, paralizan, subyugan y someten. “Ese fue mi primer ejercicio: procesar y tratar racionalmente el odio. De lo contrario, no habría podido vivir”, admite. Juan Fernando Cristo ocupaba el cargo de embajador en Atenas y estaba de vacaciones en el canal de Corinto con su familia cuando se enteró del asesinato en Cúcuta de su padre, el senador Jorge Cristo Sahium. “En ese largo vuelo de vuelta desde Atenas hacia Cúcuta, un viaje que nunca olvidaré, decidí no odiar a nadie ni dedicar mi vida a la venganza ni a destilar rabia por lo que había pasado”, dice.
No es fácil. Por eso Cristo ha llegado a la convicción profunda de que cada víctima tramita su duelo de manera distinta y respetable. “Respeto a la víctima que dedica el resto de su vida a buscar venganza, a la que no descansa hasta que encuentra a los responsables, y hasta a la que decidió doblar la página y seguir adelante”, dice. Aunque Cepeda coincide con él en que es difícil dominar los sentimientos de rabia y dolor, dice que “hay que lograr que eso no lo controle a uno ni defina su forma de actuar porque el odio es insaciable”.
Para muchos la verdad es la clave para la justicia y la reconciliación. Pero para algunos esta ha sido esquiva. “El caso de Álvaro Gómez ha estado controlado por personas que no quieren que se esclarezcan los hechos, asesinan a los testigos, las pruebas desaparecen y lo único de importancia que ha hecho la Justicia colombiana es declararlo de lesa humanidad”, dice Gómez. Eso, según él, crea una sensación de desbalance que dificulta la reconciliación. “Uno siente que hay dos medidas, que hay muertos buenos y otros en los que sí interesa saber la verdad. A mí la verdad me ayudaría, porque si no sabemos quién lo hizo, a quién vamos a perdonar”.
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La representante a la Cámara María José Pizarro nació cuando Carlos Pizarro Leongómez ya estaba en la clandestinidad. El recuerdo de su padre está marcado por una relación intermitente porque encontrarse con él era difícil. A sus 12 años, justo cuando el M-19 firmó la paz sintió que por fin tendría un hogar como cualquier niño. Esa paz duró solo 45 días y fue dolorosa porque significó que su padre perdiera la vida. María José siente que al principio llevaba una maleta demasiado pesada, pero el trabajo de memoria del grupo M-19 y de su padre, que emprendió hace 15 años, la ayudó a hacer catarsis. Ahora esa maleta la acompaña, pero ya no se siente tan pesada. “Quedan algunos pendientes, pero no míos, sino los que otros tienen conmigo. Nunca ha habido un acto de perdón, de reconocimiento, de responsabilidad, no sabemos nada”. En su caso es la verdad lo que está pendiente. “Yo creo que merezco saberla”, dice.
La herencia política
El 8 de agosto de 1997 partió la vida de Cristo en dos. “Yo tenía 31 años, y si bien había sido funcionario público, nunca pensé en la actividad política electoral. Pero cuando llegué a Cúcuta, me sentí obligado, casi empujado a aspirar al Congreso”. Cepeda, que tenía 32 años y adelantaba su posgrado cuando murió su padre, pensaba que no era suficiente con haber recogido pruebas, entablado acciones judiciales y luchado por los derechos humanos, sino que sintió necesario aspirar a un escaño en el Congreso. En 2010 obtuvo 35.000 votos en Bogotá, sin maquinaria ni recursos económicos. Su llegada a la Cámara de Representantes marcó otro momento importante en el proceso de duelo. “Sentí que la presencia de mi padre había sido fundamental en todo esto. Era como si con el escaño que ocupaba se llenaba ese vacío que había generado su asesinato”, dice.
Pizarro incursionó en la política porque empezó a sentir por el país el mismo amor que tenía hacia su padre y porque fue reparador levantar esas banderas, recuperar ideales que habían quedado perdidos y sentir que ocupaba el espacio que él ha debido haber ocupado. “Cuando hago las intervenciones, siempre acudo a él y le digo: ‘Acompáñame, ayúdame a hacerlo de la manera correcta, pero con mi identidad’”.
Según Rondón, tomar las banderas del padre es un fenómeno más común de lo que se cree y ocurrió en la guerra colombiana en todos los niveles, tanto con los hijos de líderes políticos nacionales como con los de líderes regionales y veredales. “Los líderes campesinos que surgieron casi siempre eran hijos de campesinos asesinados”, dice la experta. Esto se debe a una atribución que la sociedad le hace al hijo hombre del líder asesinado para que continúe con ese proyecto político. “Ellos aceptan porque la mejor manera de vincularse con el padre y perpetuar el vínculo más allá de la muerte es continuar con sus ideas y su proyecto de vida”, explica. En algunos casos, sin embargo, esto representa para los hijos un dilema: debatirse entre seguir su propio destino o el del progenitor. “Yo opté por un camino de cierta manera propio, que no es fácil porque esa figura de él es omnipresente, se la recuerdan a uno constantemente, más cuando yo llevo su mismo nombre”, dice Lara Restrepo. En el caso de Galán Pachón, decidió participar en política más por los valores que recibieron en el hogar sobre la importancia del servicio público. Seguir una carrera política “tuvo que ver mucho con el dolor que vivimos pero no con una sensación de obligatoriedad sino más de vocación”.
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Muchos evocan a su padre en los momentos difíciles. “La política es un arte de tomar decisiones y hay momentos en que uno debe escoger entre lo peor y lo malo. En medio de esas disyuntivas éticas miro a mi padre y diálogo con él de manera imaginaria y pienso qué habría hecho él, cómo se hubiera comportado y eso me sirve de referente”, señala Cepeda. Lo mismo hace Galán desde que comenzó su carrera política. En muchas ocasiones en que ha tenido que tomar una decisión importante en su carrera evoca a su padre en busca de una luz. “Siempre trato de ser coherente y pensar qué haría él si estuviera en mis zapatos”.
Ellos son conscientes de tener el privilegio de haber sido víctimas visibles. Por eso han enviado mensajes de reconciliación que sirvan de ejemplo a otros como ellos. Eso hicieron Galán y Lara cuando se reunieron con el hijo de Pablo Escobar, asesino intelectual de sus padres, a quien ellos consideran más una víctima que un victimario. “Es difícil responsabilizar al hijo de Escobar por algo que hizo su papá, pero nos movió a hacer eso la idea de mostrarle al país que las víctimas que han sufrido la violencia, como muchos otros colombianos, pueden intentar dejar eso atrás”, señala Galán. Pero tal vez Cristo vivió la prueba más dura cuando el expresidente Juan Manuel Santos lo escogió para liderar el proceso de paz con el ELN, el grupo guerrillero que había asesinado a su padre años atrás. Él aceptó. “El acuerdo de paz con el ELN es muy importante porque va a permitir conocer la verdad y al menos yo, como víctima, prefiero mil veces la verdad, saber por qué sucedió, por qué lo asesinaron a mansalva”, dice.
Este grupo es apenas un reflejo del drama que viven 8 millones de víctimas. Para Reyes hay que seguir trabajando por dejarles un mejor país a las siguientes generaciones. De hecho, considera que hoy Colombia está en un mejor lugar que en el que se encontraba cuando su padre murió e incluso cuando salió de Chaparral despedido por la violencia partidista de los años cincuenta. Pero no habrá paz si cada una de las víctimas, visibles o invisibles, no tiene el espacio y el tiempo para llorar y entender lo que perdió. Además de eso Colombia también necesita hacer el duelo colectivo, que, como dice Rondón, no es la suma de los duelos individuales, sino sufrir todo lo que se ha perdido con la guerra. Para eso hay que hacer un inventario de lo que perdió la sociedad. No solo fueron personas, sino cosas como la manera de hacer política, la confianza en el otro o ese algo de cada uno que se esfumó al tolerar tanta barbarie. Esa es, según Cepeda, la tarea pendiente, y tal vez la última fase del duelo del conflicto. “En el momento en que podamos clausurar el miedo, el odio, el terror y todo aquello tan terrible que nos pasó podremos decir que la guerra terminó”.
