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| 1/8/2019 12:26:00 PM

“Solo estamos jugando”, dijo mi tío por muchos años

En esta nueva serie de SEMANA, un grupo de mujeres cuentan cómo en Colombia se vive la opresión de la inequidad de género, el abuso y el uso del poder basado en las relaciones de género. En este capítulo, una de ellas cuenta cómo fue abusada por un tío cuando era niña, episodio que afectó todas sus relaciones sentimentales.

Historias de machismo y aceptación de las mujeres “Solo estamos jugando”, dijo mi tío por muchos años

Tengo 53 años y la mayoría de ellos he sido invisible para la sociedad. O bueno, para todos, con excepción de dos personas. Mi tío Luis, que cuando yo jugaba en los sillones de su casa me manoseaba los senos mientras veía televisión. Y mi exesposo, que nunca se preocupó por alimentar mi deseo sino por satisfacer sus fetiches sexuales con mi cuerpo. 

Esta es mi historia: 

En la época en que yo me críe, en Medellín, los adultos poco se preocupaban por la diversión de los niños. La única oportunidad que había era si se contaba con una larga lista de hermanos (no es mi caso), o si los fines de semana se organizaban visitas donde los primos. En esa última opción se enfocó toda mi infancia.

Comenzó cuando tenía cinco años y mi presencia empezó a resultar bastante cómoda para mi tío Luis, un hombre de 45 años que cada fin de semana le pedía a mi madre que me llevara a su casa para “jugar”. “Acá los niños se divierten y pasamos tiempo juntos”, decía. Aquellas visitas eran mis preferidas. Me gustaban porque él me prestaba atención y dejaba de lado todo solo para pasar tiempo conmigo.

La rutina era sentarme a su lado, muy pegada, a ver mis muñecos preferidos. Mientras tanto, él desabotonaba mi vestido y delante de todos tocaba suavemente mis senos. Nadie, ni siquiera mi madre o la esposa de mi tío, tenían algún reparo. Para mí era algo normal. Algo que suponía pasaba en todas las familias. “Mi tío me quiere más a mí, soy su preferida”, pensaba y me sentía orgullosa de ello. La situación duró hasta que cumplí 13 años. En ese momento mi tío dejó de prestarme atención y su rechazo me hizo pensar que había dejado de quererme.

Pero ahora lo recuerdo con mucha indignación. ¿Cómo era posible que todos lo presenciaran y nadie lo detuviera? Pues bueno, así era la sociedad y, de hecho, así también era yo. Solo hasta hace algunos años que empecé a leer historias en los periódicos y en internet me di cuenta de la gravedad de lo que me había pasado.

Con cada relato de abuso contra niñas, los recuerdos y las sensaciones volvían al presente. Sentía que a mí también me habían ultrajado como a ellas y hoy, después de todo, concluí que todo lo que he callado ha afectado mis relaciones interpersonales.

El amor y yo hemos estado siempre separados. A mis 19 años me casé. No había empezado mis estudios pero la presión social por comenzar una familia hizo que me apresurara en la escogencia y terminara con lo primero que se me cruzó por el camino. Desde ahí todo empezó a ir mal.

Cuando llegaba el momento de tener relaciones me paralizaba. El sexo no me sabía a nada. Sentir cualquier deseo o emoción pasional iba acompañado de un sentimiento de obligación por cumplir con mis "derechos maritales” y, por supuesto, mi entonces marido me lo recordaba cada vez que quería tocarme, que era prácticamente abusar de mí. Con los años entendí que tenía en casa a mi segundo abusador. Fui su juguete sexual. Debía estar dispuesta a hacerlo de todas las formas que a él se le ocurrieran y mi gozo nunca hizo parte de la ecuación.

En medio de todo ese infierno nació mi amado hijo, que no tiene la culpa de nada. Ahora ya tiene 25 años y formó su propia familia: una esposa y dos maravillosas hijas. Por mi parte, me divorcié dos años después del nacimiento de Alejandro. Nos fuimos a vivir con mi madre con la ilusión de encontrar algo de estabilidad. Aunque esa estabilidad la sigo buscando. Tuve un par de novios después. Nada serio, nunca me enamoré.  

Por fortuna, si puede llamarse así, solo recuerdo las tardes de televisión junto a mi tío. Pero hace poco me enteré de que mi exesposo consultó con chamanes y tomó yagé varias veces. En uno de esos encuentros terminaron hablando de mi pasado y le dijeron que un tío me había violado durante muchos años. Él no lo sabía, nunca le conté. Mi memoria no tiene rastro de esas violaciones, pero no sería raro que sí ocurrieran y mi mente simplemente las ocultara todo este tiempo. 

No he hablado de esto con nadie, a excepción de mi hijo, y ahora he decidido contarlo anónimamente. He sufrido las consecuencias emocionales durantes estas décadas eternas; un mal matrimonio, un pésimo divorcio, otras pocas relaciones sentimentales insípidas y llenas de mal sexo. He vivido en soledad, con pocas alegrías y muchas responsabilidades, guardando la cordura.

Escribo porque no soy parte de ninguna estadística, no he existido para nadie y me pregunto si a alguien más de la familia le sucedió lo mismo. Hoy el verdugo de mi tío está a punto de morir y su enfermedad y su dolor no compensan el mío.

Todavía me embriaga una sensación de impotencia y desamparo. ¿Por qué la vida de las mujeres abusadas empieza después de recordar y saber lo que nos sucedió? Solo me reconforta saber que he aportado a la crianza de mis nietas de una manera excepcional. Alguna vez escuché que cuidar bien a los niños es como sanar nuestras propias heridas. Así lo creo. 

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