Qué ocurriría en la Tierra si de un momento a otro todos los humanos desaparecieran. Esa cuestión ronda por estos días en las mentes de muchas personas que se han dado a la tarea de descifrar el futuro del planeta si el hombre se fuera. El pionero en estas investigaciones es el periodista estadounidense Alain Weisman, quien el año pasado lanzó el libro The world without us (El mundo sin nosotros), después de dos años de entrevistas con especialistas y viajes por todo el globo a lugares abandonados que alguna vez albergaron personas. En la misma línea, The history channel realizó el documental Life after people (La vida después de la gente), que se lanzó la semana pasada en Latinoamérica con el nombre La Tierra sin humanos.
El objetivo de estos proyectos no se enfoca en la desaparición de los humanos, sino en saber cómo reaccionaría la naturaleza ante su ausencia, y mostrar cómo se iría borrando gradualmente la huella dejada por más de 200.000 años de historia humana. "No estoy sugiriendo que vayamos a desaparecer mañana", dijo Weisman a Scientific American. "Este mundo sería hermoso sin nosotros pero después pensamos, ¿no sería triste no estar acá?". Porque a pesar de que el libro suene pesimista es una invitación a pensar en el impacto ambiental de la presencia del hombre. También es una crítica a la creencia de que los hombres son el centro del universo. Como se escucha en La Tierra sin humanos: "la supremacía del hombre en la Tierra es sólo una ilusión".
En el primer día sin gente, las consecuencias ya se dejarían ver. La mayoría de ciudades del mundo se quedaría a oscuras, ya que no habría quien alimentara con combustibles las centrales termoeléctricas que producen la mayor parte de la energía del mundo. Igualmente, las centrales nucleares, con una autonomía de hasta dos años, entrarían en un modo de seguridad y se apagarían, ante la ausencia de consumo. Las hidroeléctricas se mantendrían por más tiempo, pero según los especialistas, después de un año o dos sin mantenimiento serían invadidas por pequeños moluscos que taponarían los conductos. Sería el último vestigio de energía producida por el hombre.
La ausencia de electricidad tendría a su vez otras consecuencias. Nueva York, por ejemplo, se inundaría, ya que los motores que bombean el agua del subsuelo dejarían de funcionar. El metro y todos los canales subterráneos quedarían anegados tan sólo 24 horas después.
Quizá los únicos que echarían de menos a las personas serían los animales que se han habituado a convivir con ellas. Muchas de las mascotas morirían irremediablemente sin nadie que las alimentara. Los perros pequeños del tipo Chihuahua, Terrier o French Poodle podrían mantenerse los primeros días con la comida dejada por sus dueños, pero cuando estas reservas se agotaran, tendrían escasas posibilidades de sobrevivir. Los que lograran salir a la calle serían presa fácil de los perros más grandes o de otros cazadores. A la segunda semana, la mayoría dejaría de existir. Los perros medianos tendrían mejores posibilidades. Saldrían a la calle y empezarían a adquirir características salvajes. Buscarían carroña y en poco tiempo empezarían a cazar en manada. Los gatos domésticos se habituarían pronto a las nuevas condiciones y a cazar sus propios alimentos.
Las que verían diezmada su población serían las ratas. Después de miles de años de convivencia con los humanos, se habrían vuelto tan dependientes de sus desperdicios, que la falta de basura las mataría de hambre. Aunque seguramente no se extinguirán, su población se vería muy reducida cuando los desperdicios humanos desaparecieran. Otras que pasarían dificultades son las cucarachas. Aunque pueden comer casi cualquier cosa, su talón de Aquiles es el frío. Estos insectos, provenientes de los trópicos, soportan el rigor de los inviernos gracias a la calefacción artificial. Los expertos creen que en los países nórdicos los inviernos las matarían en grandes cantidades, aunque gracias a su adaptabilidad, difícilmente desaparecerían totalmente en esos lugares.
A las jaurías de perros que se tomarían las ciudades, tarde o temprano se unirían coyotes, lobos y osos. En caso de que animales como leones, tigres, jirafas o elefantes pudieran escapar de su confinamiento en los zoológicos, los especialistas creen que podrían adaptarse a las grandes ciudades, en donde conseguirían su alimento y en donde el clima no sería tan maléfico debido al calentamiento global. El océano, usado hoy indiscriminadamente como letrina y fuente de alimento por los humanos, se recuperaría en 100 años y su población se dispararía.
En una década las fachadas de los edificios estarían cubiertas de liquen y plantas trepadoras. Los repetidos congelamientos y descongelamientos producidos en los inviernos partirían el concreto, lo que permitiría que el agua se filtrara. La maleza tomaría posesión de las cada vez más extendidas grietas, y las raíces de los árboles levantarían andenes y romperían alcantarillas. En todos los resquicios la naturaleza tomaría posesión.
En 25 años la mayoría de las ventanas sucumbiría ante los cambios de temperatura y la corrosión de sus marcos. En 50 años, las casas de madera, que ya no serían pintadas ni lacadas, empezarían a derrumbarse a causa de los hongos y de las termitas. Los animales crearían sus propias viviendas allí donde alguna vez los humanos amaron, se divirtieron o trabajaron. A la vuelta de un par de siglos, los edificios serían verdaderos ecosistemas verticales.
También habría incendios descontrolados producidos por los rayos. Sin nadie que las controlara, las llamas se extenderían en vastas zonas. Librerías y archivos arderían. No sólo el fuego borraría los rastros del conocimiento del hombre. El papel sería devorado por los hongos y por animales como ratas y cucarachas que tendrían que cambiar sus hábitos alimenticios. Muy pocos documentos tendrían la suerte de permanecer intactos, y serían excepciones debidas a condiciones ideales de temperatura y humedad. En 100 años, el acetato de celulosa del que está hecha la mayor parte de los rollos fílmicos y fotográficos se corroería. Buena parte de la historia de los siglos XIX y XX se perdería. Los archivos digitales no lo harían mucho mejor. Después de 200 ó 300 años, la escritura sobre piedra de los egipcios sería la única capaz de resistir los embates del tiempo.
Entre el segundo y el tercer siglo posteriores a la desaparición de la humanidad, las grandes estructuras empezarían a venirse abajo. Sería la era de los grandes colapsos. Las bases de los rascacielos no soportarían más y edificios como el Empire State o las Torres Petronas de Malasia empezarán a caer como castillos de naipe. En París, el hierro de la torre Eiffel se oxidaría y las coyunturas se volverían rígidas. Los vientos terminarían por echarla al suelo, algo que no ocurría en tiempos humanos gracias al mantenimiento regular. Lo mismo les sucedería a los grandes puentes colgantes. Los cables de acero se oxidarían hasta romperse y dejarían de soportar las rampas.
En 500 años pocas cosas de los hombres seguirían siendo reconocibles. Las grandes presas que habían resistido hasta ahora empezarían a desmoronarse por la corrosión que se habría apoderado de las varillas interiores de acero, que aumentarían su tamaño y romperían el concreto. En 1.000 años, las ciudades serían selvas irreconocibles. Tal como la jungla de Guatemala se tragó en 10 siglos 2.000 años de civilización maya, la nueva selva engulliría a Tokio, Beijing, Nueva York y Sao Paulo. Para el año 10.000 después de los humanos, quedarían muy pocas huellas. Sin tener en cuenta la posibilidad de terremotos devastadores, la gran muralla china, la pirámide de Giza y la presa Hoover podrían ser todavía reconocibles, al igual que el monte Rushmore, (el de los presidentes tallados en la roca), que duraría hasta 100.000 años más. Las plantas químicas, los tanques de petróleo y los desechos nucleares seguirían contaminando por miles de años a pesar de ser completamente enterrados. Estas serían las últimas pruebas que atestiguarían que alguna vez en la Tierra existió la especie humana. En suma, el planeta seguiría su marcha, a la espera de que una nueva especie inteligente asumiera el papel de aquella humanidad olvidada.
Futuro
Un mundo sin gente
Según varias obras científicas, si la humanidad se extinguiera repentinamente, sus rastros desaparecerían más pronto de lo imaginado. La naturaleza triunfaría.
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14 de marzo de 2008 a las 7:00 p. m.
