El regreso de Katatonia a Bogotá ilustró dos corrientes a la hora de asumir un concierto. Una es la de dejarse llevar por lo que la banda tiene para ofrecer en el presente, aceptando sus escogencias; la otra, compleja y entendible desde la devoción a la música, es la de esperar algo que no tiene cómo llegar: el concierto que cada quien quiere escuchar...

La voz de Jonas Renkse es una luz guía en la pesadilla de existir... Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios
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Los horarios se corrieron un tanto; hubo demoritas. Las puertas de Capital Live, en la 48 con 13, no abrieron a las ocho, más bien pasadas las nueve. Y la gente se impacientó levemente, pero nadie sufrió tanto la prueba de sonido aplazada (que demoró la entrada) como la banda En gris, que tuvo 15 minutos de sonido antes de que le cortaran el chorro (cual discurso en lengua extranjera en los premios Óscar). Es cierto que hubieran podido no tocar en absoluto y “algo es algo”, pero entendemos lo duro de entregarse en medio de esa presión, y nos solidarizamos con el esfuerzo.

La ausencia de Anders Nyström siempre será tema de conversación, pero las guitarras anoche dejaron una gran memoria. Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios

Del otro lado, a nadie escapaba que la anticipación era altísima. Katatonia, que pidió perdón por la demora, necesitaba encontrarse de una buena vez con la gente que congregó en Bogotá, en la que era su tercera vez en la capital colombiana (luego de visitas en 2011 y 2024, en el Colombia Metal Festival).

Los suecos empezaron su concierto a las 9:45 de la noche y lo extendieron por 78 minutos de altísima intensidad. Hacia el final, no hubo pausa de encore porque, según explicó su faro y voz, Jonas Renkse, “no hay back room”. Tocaron de chorro las dos canciones finales, y de chorro se les agradeció. Esas piezas, así como las otras 14, se volvieron ojos de tormenta e inspiraron movimientos y sacudones rítmicos fuertes.

La emoción que se sintió no fue menor... Esta banda exorciza cargas del alma, y eso no tiene precio. Los boleta-habientes dirán que sí lo tiene, y la razón siempre está de su lado. En ese orden de ideas, algunos salieron más satisfechos que otros. Es innegable que para los más puristas ha sido duro superar la salida de Anders Nyström, que se amalgamó perfectamente con Renkse. “Algo me quedó faltando”, nos confesó un seguidor de la banda que los veía por primera vez y que, de todas formas, expresó enorme emoción de haberlos escuchado al fin.

Es la tercera vez que la banda pasa por Bogotá. Ojalá no sea la última. Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios

Por su parte, Alejandra Valencia, música y psicóloga, cantante en la banda Psithyros, viajó con su parche de la agrupación y amigos desde Medellín a ver a su agrupación favorita, en la que fue su primera vez en Bogotá y su primera vez viendo en vivo a una banda internacional.

Lo aceptó como sucedió, y no se arrepintió, todo lo contrario. Ella y su gente forman parte del contingente heroico de la escena del rock en Colombia, que toma vuelo a otra ciudad para un concierto de lunes. Como la mayoría de las mujeres en los conciertos, sufrió con la predominancia de hombres altos en las filas del frente, pero hizo lo que pudo para ver y gozar. Más adelante compartimos su sensible reflexión de lo que le significó la noche de ayer.

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Volviendo a la música, el recuerdo aún es poderoso de varias cancionzotas que Katatonia lanzó en el corazón de Chapinero. Entre varias, entre todas, resuenan aún “Leaders”, “The Longest Year” y “July” (que al signo cáncer lo reconfigura entero, lo reprograma en el acto).

Si algo enseñan la cancha conciertera y la vida es que ser flexible en el oído y en las expectativas mejora la experiencia, especialmente con una banda que viene de reestructurarse y que tiene décadas de creación encima. Katatonia no tocó una sola canción de Tonight’s Decision, el disco que despertó mi curiosidad en ellos (cuando Andrés Durán la programó en su Expreso del Rock radial, hace muchos años), y no importó realmente. Ahora, si tocaban “No Devotion”, “For My Demons” o “No Good Can Come of This”, quizá perdía el control (de la mejor manera), pero la música que conjuran es tan vasta que, toquen lo que toquen, igual se pierde el control.

Katatonia se disculpó por la demora (que sufrió especialmente la banda telonera) y luego entregó 78 minutos geniales. Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios

Esta alineación 2026 integra a los nuevos guitarristas Nico Elgstrand y Sebastian Svalland, con Niklas Sandin en el bajo y Daniel Moilanen en la batería, y con ella se grabó el más reciente trabajo, Nightmares as Extensions of the Waking State, del cual sonaron cuatro temas. En el setlist tocaron canciones de siete álbumes, con paradas en trabajos icónicos como Night is the New Day y el absurdo The Great Cold Distance.

Se entiende, por eso, que varios seguidores de la vieja escuela quedaron con ganas de más canciones de esa vieja data. Con una trayectoria extensa de 13 discos, y música y alineación nueva por compartir, parece imposible dejar contento a todo el mundo.

Así pues, ni siquiera Katatonia es monedita de oro. Porque a la salida, otras voces expresaron descontento por la extensión del toque. ¿Pudo ser más largo? Una banda así podría tocar tres horas, el repertorio no le faltaría, y el público seguiría agitándose ante su arte (vaya uno a saber si la salida de Nyström impone restricciones legales o emocionales ante ciertos temas). Desde nuestra manera de vivirlo, el de anoche fue un concierto redondo, rotundo, pero somos conscientes de que la ecuación costo-beneficio-satisfacción es lo más personal e intransferible que hay.

En el setlist Katatonia tocó canciones de siete álbumes, con paradas en su disco más reciente y trabajos icónicos como Night is the New Day y el absurdo The Great Cold Distance. Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios
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Larga o corta, la experiencia que dejó la influyente banda sueca no traicionó sus principios: fluctuó entre ritmos muy pesados, a veces rápidos, a veces lentos, a veces directos, a veces quebrados, y muchas veces contemplativos, creando la pista para esa voz fantasmagórica que nos guía en la pesadilla de existir. Todo alternado con interludios que congelan el corazón (y si este está roto, se siente mejor). Y, cuando aparecen, sus solos conjugan lo épico y lo doliente, el ardor del frío, el día que es la noche. Katatonia regresó una vez más y, habiéndolos sentido en los huesos, queda desear que ojalá no sea la última...

Nico Elgstrand en las seis cuerdas. Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios

Vox populi

Sobre su primer concierto en Bogotá, en su primera visita a esta ciudad, en su primera presentación en vivo de una banda internacional, Alejandra Valencia compartió estas impresiones con Arcadia:

Yo soy músico, compositor. Estudio en la Universidad de Antioquia. Para mí la música es un asunto muy profundo. Pero, incluso antes de tomarlo desde lo profesional, ya tenía una relación especial con la música. Es mi refugio, mi forma de expresarme, mi forma de conectar conmigo y con los demás. También es una forma de catarsis.

En este caso, Katatonia me tocó el alma profundamente hace ya varios años. Y, a medida que ha ido pasando el tiempo, esa conexión con el grupo se ha hecho más madura. Cuando supe que venían otra vez, porque hace dos años no pude ir a verlos, me emocioné mucho. Dije: “Bueno, si no es ahora, no sé cuándo sea”, porque es una banda sueca y es difícil ver ese tipo de agrupaciones. Nunca había venido a Bogotá. Siempre había querido venir, pero nunca tuve la oportunidad y entonces esta fue esa oportunidad para salir de lo que uno siempre conoce, de tomar la iniciativa, de hacer cosas que uno siempre quiso hacer, como conocer otro lugar.

Quejarse de lo que se vivió o agradecer lo que se recibió... Foto: Adrián Mateo Ríos / @adirianrios
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Mi caso con Katatonia ha sido muy curioso. Ha sido compañía en procesos de transformación por sus letras, por su música, por su historia; y por Jonas, porque nos pasó algo muy similar respecto al canto. Entonces, eso me ayuda a transitar…

Fueron muchas las motivaciones para hacer el viaje hasta acá. Fue mi primer concierto viendo en vivo a una banda internacional, y fue una experiencia increíble. Escuchar la música que a uno le gusta en vivo, conectar no solo con las grabaciones, las letras (y todo que está muy bien hecho al momento de la producción), también con la experiencia estética en sí misma. Porque estás ahí en ese presente, puesto en función del arte, conectando con el artista, con sus emociones de ese momento, con tus propias emociones y con las personas que están alrededor. Y esa conexión viene del mismo sentimiento. La subjetividad se da de forma diferente, pero se vive el mismo sentimiento: todos estamos ahí porque hay algo de esa música que nos conecta entre todos.

Y hay un pedacito de uno que vemos ahí en la música. Eso también me parece especial. Es como una experiencia del arte, pero también en función del amor. Yo lo veo así. Esa fue mi experiencia anoche.

Marzo attacks!

Hay un índice de ciudad del que quizá se debe hablar más. Y no lo descubrimos aquí, pero se hace necesario mencionarlo. El índice de conciertos excelentes de lunes por la noche. La semana pasada fue el turno de los daneses Vola en el 4.40 Music Hall; esta semana fue el de Katatonia en Capital Live (hoy martes hay Moonspell, el jueves toca Tom Morello y, del viernes al domingo, hay Estéreo Picnic con Deftones). And on, and ooooon it goes...

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La noche arrancó bien desde que la demora en la entrada nos llevó a buscar un sánduche de desvare en la cafetería/cigarrería diagonal a Capital Live. En el lugar sonaba música de la banda sueca, sumando al ambiente al volumen óptimo, y a mi pregunta sobre si tenía alguna especie de sanduchito, el encargado respondió: “Uno de jamón de pavo muy bueno. Si no le gusta, no me lo paga”. Tuvo razón, y dio gusto pagarle. El concierto fue simplemente una consecuencia natural de semejante previa...