En un punto, en este concierto que muy rápido entró en calor por la música alucinante, el sonido en la cara y la cantidad de gente que atiborró el espacio, no se sabía qué cuerpo era de quién, qué pelo era de quién, qué sudor era de quién... Se desató el pogo como un torbellino en el centro del espacio (una de tantas veces), y fue llamando gente y reconfigurando los movimientos de todos los presentes en el piso.


De formas caóticas pero armónicas, la masa respondió al ritmo hipnótico de los riffs y versos guturales de Death, tocados y cantados muy fuerte por Death to All anoche en Bogotá. Y fue una fortuna haberlo presenciado. El evento, vale mencionarlo, tuvo lugar gracias a Lemmyprods.
En el Ace of Spades, la noche del 27 de enero de 2026, se congregaron cientos de seguidores fervientes para darle a esta banda la bienvenida que merecía después de su última visita, hace pocos años. Un asistente, presente en ambos toques, nos dijo que en este duraron un poco más, pero que le gustó más la voz del concierto pasado. Para nosotros era una primera vez, y el concierto representó un viaje físico y espiritual inolvidable. Recordó algo que habíamos vivido, pero de forma más controlada, en la frecuencia particular de Mayhem, en el Astor Plaza, noviembre pasado...
Postales metaleras de la arrolladora presentación que dejó Death to All en su regreso a Bogotá. Sin simbolismos, el legado musical del genio Chuck Schuldiner volvió de la muerte y repartió ‘sanación espiritual’. https://t.co/if1kX8q65f pic.twitter.com/6hw0yHh5sX
— Revista Semana (@RevistaSemana) January 30, 2026
Pero es distinto, claro. Death es death metal, pero es Death, es su propia liga, es rock pesado, supremamente inventivo, técnico pero no ostentoso, al servicio de la canción y del sentimiento que grita, macabro, crítico, entre otros matices. Y en ese camino ofrece una notable cantidad de riffs inmejorables, de los mejores que existen en la música, y eso se hace aún más evidente al escucharlos tronando en vivo, entrando en la médula.

La banda se compone de Gene Hoglan, Steve Di Giorgio y Bobby Koelble, tres músicos que tocaron con el genio Chuck Schuldiner, quien escribió la música que anoche puso a temblar Bogotá, pero murió demasiado temprano; y suma a Max Phelps, un músico talentosísimo (lo mínimo que exige este gig) que reemplaza al genio con honor y virtud.

En la batería, sentado desde lo alto, rey del Trono de Hierro, Hoglan movió sus brazos con una economía perfecta y sus pies marcaron el paso del apocalipsis. En el bajo, el legendario Steve DiGiorgio, quien fue el encargado de dirigirse al público: cálido, agradecido, llevó su español al límite (y logró armar un canto de “¡Qué chimba, hijueputa!“, que la banda supo acompañar). El bajo, eso sí, de todo menos de cuatro cuerdas, porque su bajo fretless de tres cuerdas es leyenda viva y en algunas canciones toca uno de cinco cuerdas).

La banda-homenaje celebra en esta gira los 35 años de Spiritual Healing y los 30 años de Symbolic. Por eso, en el primer tramo del concierto ofreció puro fuego con canciones de Spiritual como ‘Living Monstrosity’, ‘Within the Mind’, entre otras, y sumó clásicos ultraagradecidos de otras producciones como ‘Zombie Ritual’ y ‘The Philosopher’.

Luego, dedicaron el segundo tramo de su set a tocar Symbolic ENTERO; y con razón le preguntaba DiGiorgio al público, a la mitad, antes de lanzarse de nuevo, si aún le quedaba energía. Sonaron la increíble ‘Symbolic’, derritiendo espíritus con ese riff lento e increíble. Y como siempre ha de ser, ‘Crystal Mountain’ tronó de manera especial, luego de que DiGiorgio la ligara con las montañas de Bogotá (¿y unos cristales estimulantes?). El toque cerró a eso de las 11:30 de la noche con uno de los picos del género, ‘Spirit Crusher’, y con la devastadora ‘Pull the Plug’.
Por lo arrollador que fue, el concierto de Death to All, que duró 2 horas y 15 minutos, se sintió más largo y abrasador. Personalmente, me pareció un bulldozer de tres horas que encadenó brillantez pesada, técnica y emotiva. A eso sumó que la gente de Bogotá, la gente presente, respondió con energía suprema. Se movió sin cesar y cantó fuerte, acompañando a la banda y a Phelps. Primó la intensidad sin mala fe, y eso se aprecia.


Eso sí, vale reconocer el valor y aguante que tienen la mayoría de mujeres que van al concierto. Es inevitable pensar qué intensidad las impacta más, que su guerreo es más fuerte.
En últimas, en Death to All lo que hubo fue vida vivida intensamente y comunión sonora en torno al legado de un genio.
Valore: virtudes bogotanas

A primera hora, pasadas las 8 de la noche, en escena se hizo presente la banda Valore, integrada por Ricardo Stiglich en la voz y la guitarra, Patricio Stiglich en la guitarra, Daniel Murcia en el bajo y Juan Robayo en la batería. En sus 45 minutos, la agrupación dejó clara su experiencia y su virtud, abriendo la mesa a una noche que será difícil olvidar. No sobraron, sumaron a la intensidad de la noche, y eso no es poco.










