“Can somebody help meeeeeeEEEEEEEEEEEE”.
Cantar esto hasta el límite de la capacidad pulmonar equivale a seis meses de terapia, fácil, y fue solo un tramo (inmarcesible) de una de las diecinueve canciones que entregó Korn la noche del sábado 2 de mayo de 2026, en el Coliseo MedPlus, a las afueras de Bogotá.


Este “concierto”, que más se sintió como una avalancha emocional, eléctricamente tribal, casi nunca “alegre” pero siempre catártica, marcó el regreso a estas tierras de la banda californiana después de casi diez años de ausencia. En el público, más mujeres de lo esperado, dueñas de esta descarga tan asociada a la angustia masculina; pero, sin duda, hubo también mucha presencia de esa descarga masculina tan primitiva (y a veces tristemente borracha).
Quedó claro de nuevo, pero nunca se hizo tan evidente como anoche, que el de Korn es un concierto que da tanto a su audiencia como le pide a cambio. Revitaliza e impacta, y reta a modular energías por su intensa manera, lanzando bomba tras bomba, doblando espaldas, desatando saltos y gritos y pogos...


En ese sentido, estos señores no ofrecen una limpieza zen o una mera entretención, sí una terapia profunda y sensorial como pocas se hayan vivido en ese MedPlus y en esta ciudad. Todo ayudado por envolventes visuales en frecuencia inquietante; Korn no te lanza el láser tranquilo y bello que se proyecta pacífico al techo, te manda el láser que tiembla y estremece.
Eras kornianas
Hubo “Blind” de inicio, para establecer el nivel de voltaje retroalimentado entre banda y público y para cumplirles el sueño a tantos que los veían por primera vez y habían soñado con esos platillos introductorios y todo lo que les sigue. ¡Y cómo estalló!
Hubo “Clown” con sus exostos y chillidos, un tesoro que aquí sonaron en su primera visita al país, en 2010, en el entonces Coliseo El Campín, y que retumbó increíblemente anoche, en ese marco imponente. Y claro, hubo gaitas que llenaron el espacio y por unos segundos dieron respiro antes de dar paso a la lenta pesadez de “Shoots and Ladders”. Habitar de nuevo el siniestro universo freddykruegeresco que asoma en el arte del disco debut y homónimo de la banda, publicado en 1994. 3...4... shut the door...

Hubo “Twist” y “A.d.i.d.a.s.”, desde Life is Peachy, de 1996 (a muchos les quedó debiendo “Good God”, que sonó en 2017). Del enorme Follow the Leader (1998), dos temas, “Freak on a Leash”, la que todo lo cerró gloriosamente, y “Got the Life”, que prendió cohetes con su impulso y su vaivén.
Hubo amplia gama de Issues (1999), con cuatro canciones: “4 U”, “Dirty”, “Falling Away From Me” y “Somebody Someone”, la siempre gigante “Somebody Someone” (algunos añoraron “Make Me Bad”, que sí sonó en 2017, y con razón, es una canción fantástica y siempre algo quedará por fuera).

De Untouchables (2002) tocaron “Here to Stay” y sonaron dos temas de Take a Look in the Mirror (2003), “Did My Time” y la saltarina y explosiva “Y’All Want a Single”. De See You on the Other Side (2005), retumbó “Twisted Transistor”, con sus sonidos de plasticidad (quizá lo más fiestero de la noche) y “Coming Undone”. Y canciones como “Cold” (publicada en 2019, en The Nothing) y “Proud” (lanzada en 2017, en una banda sonora), completaron el viaje musical, sensorial, histórico, denso, intenso, drenador y terapéuticamente inolvidable.
Showman Davis
“BogotaaaaaAAAaaA. Look at all these fucking people!”, expresó Jonathan Davis a los 37 minutos, reconociendo la pasión que le LLOVÍA desde las tribunas atiborradas del MedPlus. El ambiente eléctrico y palpable no escapó a nadie, todos lo alimentamos.
En segunda instancia, el frontman (alegrón, en medio de todo lo oscuro que deja en muchas de estas canciones) se disculpó por no haber venido al país en un buen tiempo (en 2017, en el Chamorro, con el nene Tye Trujillo en las cuatro cuerdas), pero aseguró que ya estaban aquí, y valdría la pena. No mintió.

Hábilmente, después de tener al público en su mano, luego de su contrición, introdujo su nuevo material, “Reward the Scars”, que parece sobreactuarse en sus versos, por partes, en los tambores de Ray Luzier, pero cuando cruje, cruje bien (el cuello es buen indicador). Desde su icónico mic stand, Davis también compartió que llevaban cinco años en el estudio. Veremos qué canción de ese material fresco amerita un lugar en setlists del futuro.
¿Intimidad sobrecargada?
Vale anotar que, siendo el increíble show que fue, este cronista lo sintió algo sobrecargado. Esta observación parte quizá del hecho subjetivísimo de que la música de Korn es tan intensamente íntima que tal despliegue tecnológico puede abrumar... Habiendo dicho eso, como los seres humanos habitamos en la paradoja, ver la dimensión que alcanza Korn con esta propuesta fue sobrecogedor. Además, el valor de la boleta ameritaba el mejor show posible para la gente, y eso fue lo que ayer le entregó la banda.



Korn abordó sus inicios, su camino entero y presentó algo nuevo, siempre arrollando con una onda sonora que se siente físicamente. Esta es propia de la combustión de las guitarras de siete cuerdas de Head y Munky, de bajo eslapeao a cargo de Roberto “Ra” Díaz (chileno, ex Suicidal Tendencies) y las baterías ajustahuesos de Ray Luzier (no es David Silveria, pero ha hecho suyas estas canciones).
Experiencia de usuario
Ya no es sorpresa, los números lo dicen: parte considerable del público objetivo de estos conciertos es gente que ama la música en vivo y viene de ciudades hermanas, países cercanos, de la región... Conocimos a Nacho y Sofía, de 27 y 26 años, que vinieron desde Costa Rica a ver a Korn. Muy sabia la pareja llegó con tiempo, sufriendo menos traumatismos de ida que los que sufrirían de vuelta (habían hecho la tarea, averiguando lo que pudieron sobre el escenario).
La pareja destaca el concierto maravilloso y la experiencia dentro del escenario, con un sonido increíble y mucha energía en despliegue. La oferta gastronómica “no es grande pero es cumplidora”, dice Nacho, quien agradeció que la comida y la bebida no fuera exclusiva de las barras (con gente vendiendo más cerca del público, algo que no suelen ver en eventos de CR).


Lo triste, y es una experiencia que sufrieron muchos más, fue la desinformación a la hora de encontrar sus buses de regreso. “Allá mi compañero les indica”, les respondía el personal de apoyo. Pero no había tal compañero que indicara.
Entre filas y caos, hora y media les tomó dar con el bus que les servía, por el que habían pagado, para entregarse entonces a embudo del transporte de regreso. Así pues, se debe redoblar el esfuerzo por señalizar más y por tener más equipo informando, ayudando a quien pagó su boleta de transporte y quiere irse con la mejor memoria posible de vuelta a casa (sea en CR o en cualquier barrio de Bogotá).
Con todo y eso, y que en la Plaza de Bolívar los insultó un hombre que les pidió dinero sin éxito, Nacho y Sofía volverían a Bogotá.
Telonerocero:cerotelonerO

El nivel de talentos que prendieron la noche fue muy serio, y en concordancia con la vibración del acto final.
En primer lugar, muy puntuales, a las 6 p. m., asumieron el escenario los Seven Hours After Violet, banda de Shavo Odadjian, bajista de System of a Down, con unos talentosos muchachos que la rompen, y nos dejan bien parados a los chicos con sobrepeso (orgullo y representación, carajo). Pasamos de no tenerlos en el radar, a saber que tocarían, a rockearlos y agradecer de la sorpresa (que incluyó canción jamás tocada en vivo).

También puntual, al golpe de las 8 p. m., vino Spiritbox, marcada por las guitarras de Mike Stringer pero sobre todo por su cantante y frontwoman Courtney LaPlante, que separa a su banda del montón con su voz y entrega. La agrupación canadiense llegaba precedida de comentarios positivos luego de su más reciente trabajo y de una presentación notable en los Grammy 2026, donde tocó “Soft Spine”. Con esa canción cerró sus 55 minutos de música, en la que fue su notable primera presentación en Bogotá.

Un ‘Páramo’ en fuego
En menos de dos semanas, solo por hablar de bajo abril y temprano mayo, en Bogotá, Páramo Presenta satisfizo el hambre de los seguidores de tres subgéneros metaleros con conciertos de altísimo nivel.


Primero, una noche inolvidable con una de las enormes bandas del prog metal, Dream Theater, que entregó una carta de amor a Bogotá de tres horas. Luego, dos fechas en el Movistar con una big four del thrash metal, la que más ama esta ciudad, Megadeth, que con sus conciertazos dejó en claro que “la despedida” era puro cuento pues, al nivel que demuestra, le queda mucho por dar. Y ahora suma un sábado en la noche con los papás del nu metal, Korn, a poco más de un mes de haber traído a Deftones a su etéreo Estéreo Picnic 2026.
¿Hay contracara? Sí, un concierto de electrónica de Marlon Hoffstad que no sucedió por cuenta de unos permisos solicitados a destiempo y un cambio de lugar que el artista no aceptó.
El promotor también la embarra, Kendrick lo sabe, pero cumple en un muy alto porcentaje. Las malas experiencias suceden pero son lunares en una avalancha de vivencias inolvidables, sostenida en el tiempo.


Para la muestra, en 2026 la empresa ha traído a Avenged Sevenfold (+Mr. Bungle), a My Chemical Romance (+ The Hives) y a Tom Morello por partida doble. Y queda tela por cortar. Viene un festival de electrónica de altísimo nivel con leyendas vivas como Underworld; vienen en camino actos notables en primeras visitas como Pulp; viene la indiscutible Opeth (y otro promotor trae de vuelta a Iron Maiden en sus 50 años de soñada infinitud).

En este año arrollador en crónicas de rock quedan muchos hitos por narrar. El rock no deja de ser noticia, mucho menos cuando agita el piso...
