The Spirit Carries On y no quedaron dudas... Con los brazos abiertos, con su baterista original y todos sus músicos excepcionales en el tope de su juego, dando vida a composiciones épicas y sentidas que por 40 años han marcado a millones (una de ellas “A Change of Seasons”, que parecía milagroso presenciar entera, en vivo, y gracias a Páramo Presenta sucedió), Dream Theater (DT) regresó al Movistar Arena de Bogotá a declarar su amor por este país. Lo hizo desde una entrega de dos episodios que sumó tres horas de principio a fin (pausa de 15 minutos included). Se esperaba algo genial. Se recibió algo mejor aún, una avalancha musical de nivel elevado llena de virtud y corazón, una extravaganza colectiva progresiva, una clase de vida, de rock, de música en la que el público colombiano y extranjero sumó alto entusiasmo y canto afinado.



Si decimos que DT “regresó” a ese escenario es entre comillas, pues DT había tocado en el Coliseo El Campín en 2008, allí los vimos. A pesar de las limitaciones acústicas de ese entonces, ese fue un concierto memorable, porque, y no es exageración, siempre lo son: esta es una banda generacional con demasiada música, talento y producción y cada toque es un evento ultracargado de recompensas. En tres horas empacaron un montón (algo así se puede decir de Megadeth, que ya asoma para despedirse).
En este toque de 2026, quizá el mejor a la fecha en Colombia de Dream Theater por extensión, entrega, reunificación y sonido (un tema abierto al debate subjetivo), se agradeció la acústica. Su primera visita, en 2006, y su tercera, en 2012, habían tenido lugar en el Palacio de los Deportes, un escenario prácticamente jubilado por el Movistar (por logística + acústica), pero al que igual se le agradecen conciertos increíbles de la primera década de este siglo (entre ellos de Björk, Placebo y Deftones, por mencionar algunos).

El Movistar no siempre suena genial, pero sí lo ha hecho la mayoría de veces que hemos ido a hacer crónicas de rock. Ayer fue una de esas noches asombrosas. El concierto empezó por lo alto, nada más que con el himno “Metropolis Pt. 1: The Miracle and the Sleeper”... y por unas canciones el ingeniero y su gente modularon las algarabías y armaron el viaje sonoro y sensorial insuperable con el que uno sueña. Dream Theater, una de las bandas que ha cargado las banderas del progresivo masivo con orgullo indetenible, sonó tan claro y potente como debe sonar. Como extra, desde nuestra posición central, si bien no tan cercana, sus visuales elevaron la experiencia. No les escapa el kitsch, a veces, como a la música misma. Por eso empata todo tan bien en esta experiencia seriamente envolvente.



Vale anotar que todos fuimos a ver principalmente a John Petrucci en las guitarras indescriptibles y al hijo pródigo Mike Portnoy, de nuevo, detrás de los masivos tambores de tres bombos. Todos fuimos a ver a John Myung en el bajo supremo y a Jordan Rudess volando en sus teclados. Y fuimos testigos de ellos en su inmensa virtud, pero James LaBrie, quien usualmente recibe mucha mierda por la calidad y timbre de su canto, parece haber encontrado la fuente de la juventud. Sabe reconstituirse en los momentos instrumentales en los que la banda vuela, para, cuando llega su turno, entregar su voz, mejor y mejor conforme avanza la noche. Eso se sintió en Bogotá. ¡James no debería estar sonando así de bien!, y, sin embargo, lo está haciendo. ¿Los efectos de una reunión de hermanos de vida y música?
“Estamos aquí en nuestra gira del 40 aniversario, pero también estamos celebrando un par de cosas más divertidas”, expresó LaBrie en su segunda alocución al público, entrados los 27 minutos. “Estamos aquí, y hemos estado dando vueltas al mundo durante el último año y medio, celebrando la reunión con nuestro hermano Mike Portnoy, ¡quien está de vuelta en el juego!”, exclamó, desatando aplausos intensos. Portnoy hizo entonces una venia ante un público que le expresó todo su amor por los años de música y por haber vuelto... por estar de nuevo ahí y permitirnos a todos vivir este sueño una vez más.



“Hace mucho no veníamos, así que tenemos mucho por compensar”, añadió el único canadiense de la agrupación, el del micrófono. “Esta noche planeamos tocar un rato largo, ¿están con nosotros?”, arengó. Y entonces DT lanzó “The Mirror”. En este punto dejó de sonar bien y comenzó a sonar glorioso.
DT nunca ocultó sus influencias y siempre rindió homenajes, y no hay detalle menor. No es casualidad el abrir su noche reproduciendo “Rooster” de Alice in Chains, impregnando la previa con la voz de Layne Staley y las guitarras de Jerry Cantrell.
Luego, ya en su música, en la fantástica versión de “Peruvian Skies” que entregaron en Bogotá, en 2026, sumaron un lapso de “Wish You Were Here” de Pink Floyd y, en otro, el riffazo de “Wherever I May Roam” de Metallica (tal como hizo Danny Cavanagh de Anathema y Weather Systems). Esa primera hora de música, que no dejó de mejorar y asombrar, cerró con la arrolladora y autoafirmante “As I Am”, canción de crujientes matemáticas y fuerte despeluque.



Vino entonces la pausa de 15 minutos, que en la altura o en el llano, bien merecida tenían. A su regreso, estos cinco criaturos musicalis abordaron su material más novedoso, con seis canciones consecutivas de Parasomnia, disco lanzado en 2025. En estas, que fueron entregando momentos mejores, hilvanando nuevos crescendos, en los que se alcanza a sentir la increíble trayectoria.
Uno de los puntos inesperados y elevadísimos de la noche vino precisamente en “Bend the Clock”, canción en la que Petrucci entregó dos solos, uno maravilloso y otro simplemente espeluznante, el tipo de solo que jamás se olvidará. Luego, con la megaépica “The Shadow Man Incident”, arrasaron, dejándonos boquiabiertos.
¿Hay algo más lindo que esperar la magia y aún así ser sorprendido? Dream Theater fue la expectativa superada. Y sí, aún faltaban piezas inmortales para cerrar la faena.



“Bienvenidos a nuestro tour de aniversario de 40 años. Qué emoción”, dijo James LaBrie. “Siempre podemos contar contigo, Colombia. Cada vez que hemos venido aquí, ha sido asombroso”, dijo en su primer contacto con la audiencia. Anoche fue la gran confirmación a la regla. Cuando una banda enorme llama a la puerta, responda si puede, suceden cosas que las palabras no encapsulan.
Capítulo aparte: “A Change of Seasons”
Bajaron las luces y hubo cambios en la escenografía. El video soltó una escena de La sociedad de los poetas muertos, con una carga emocional fuerte, liderada por el poeta muerto Robin Williams. Su personaje recalca a sus estudiantes la importancia del Carpe Diem, porque todos moriremos, todos seremos “comida para gusanos”.



Comenzaron a sonar los acordes de “A Change of Seasons”, una pieza de 23 minutos que los define como pocas pueden, y la piel se puso de gallina. A un concierto gigante le suman una capa más, que lo lleva más allá. Es demasiado arsenal, que ejecutado así no tiene par. Para este cronista y miles más fue un sueño cumplido sentir el viaje en el cuerpo y en el alma de esta canción, sus tantos giros, la manera en la que rota el protagonismo de sus instrumentos desde su absoluta unidad, sus cambios tonales... Fue una inmejorable decisión de parte de esta enorme banda el hacerla crucial en esta gira de 40 años, concluyéndola de manera inolvidable, épica y hermosa.
Concluir es un decir, porque faltaban aún los momentos sentidos comunales de “The Spirit Carries On” y el adiós con la canción que la gente siempre querrá saltar y hasta gritar “Pull Me Under”. No debieron nada, superaron lo muchísimo que se esperaba de ellos luego de 23 canciones, y quizá había que estar ahí para entenderlo...
