El cine latinoamericano ha encontrado en las historias íntimas un terreno fértil para hablar de grandes temas universales. Nada entre los dos, la nueva película protagonizada por Natalia Oreiro y Gael García Bernal y dirigida por Juan Taratuto, se inscribe en esa tradición con una propuesta que pone el foco en las emociones silenciosas, las decisiones postergadas y las preguntas que surgen cuando la rutina comienza a erosionar la identidad personal.
La producción llegará a HBO el próximo 17 de julio y presenta una historia que se mueve entre el drama romántico y la reflexión existencial. A través de dos personajes que coinciden en medio de una crisis laboral, la película construye un relato sobre el deseo, la conexión humana y la posibilidad de replantear el rumbo de la propia vida. Natalia Oreiro, actriz, cantante, presentadora y diseñadora de modas uruguaya-argentina, y el director Juan Taratuto, hablaron con SEMANA.
Para Oreiro, uno de los elementos más interesantes del proyecto fue precisamente la manera en que el personaje expresa sus conflictos internos. “Sentimos más de lo que creemos. Y creo que lo que le pasa a mi personaje en un principio, en su vínculo, es que se la pasa hablando, pero no es escuchada. Como que está todo el día quejándose de su marido, de su hija, pero ellos siguen la vida como si no escucharan lo que les pasa”, afirma.
La actriz explica que el viaje que emprende su personaje se convierte también en un recorrido interior. Lejos de los estímulos cotidianos, comienza a observarse a sí misma y a cuestionar las dinámicas que han marcado su vida familiar y profesional.
Según relata Oreiro, la protagonista atraviesa un momento de desencanto tanto en el ámbito personal como en el laboral. La trama se activa cuando una grave intoxicación relacionada con la empresa para la que trabaja reúne a los personajes centrales de la historia.
A partir de ese encuentro surge una conexión inesperada que, más allá de los códigos tradicionales del romance, funciona como un espejo para ambos personajes. “Creo que ella se siente un poco desahuciada y conecta con él. Y esa conexión genuina hace que la vean por primera vez como una mujer deseable, que ella se había olvidado de qué es. Ahí le pasan cosas, claro, cómo no le van a pasar, si viene necesitando el deseo desde hace muchos años”.
La película evita las respuestas simples y se mueve en zonas emocionales complejas. De hecho, uno de los aspectos que más llamó la atención de Oreiro fue la manera en que la historia aborda las relaciones afectivas sin caer en juicios morales.
La actriz considera que la propuesta se aleja de los relatos románticos convencionales y se concentra en el proceso de transformación de sus protagonistas. “Esta no es una película que va de diversidad, es una película que va de volver a uno mismo. Y de cómo uno puede cambiar y barajar y dar de nuevo, o volver a elegir lo pasado, pero desde una nueva perspectiva. Y para mí eso fue lo más interesante”.
En ese proceso también fue clave la construcción de la relación con Gael García Bernal, coprotagonista de la película. Según Oreiro, la química entre ambos surgió de manera natural y terminó reflejándose en pantalla.
Amor adulto, identidad y preguntas sobre el presente
Más allá de la dimensión romántica, Juan Taratuto, su director, sostiene que la película dialoga con una inquietud profundamente contemporánea: la sensación de avanzar por la vida sin detenerse a pensar si el camino recorrido sigue siendo coherente con los propios deseos.
Aunque evita formular grandes diagnósticos sociales, el director reconoce que la historia parte de una experiencia humana reconocible para muchas personas. “Está esta sensación de una vida que transcurre donde uno muchas veces sigue adelante sin preguntarse qué está haciendo y hacia dónde va, y donde va viendo que se va alejando del cuerpo que guía a uno”.
Ese planteamiento atraviesa toda la película y explica por qué la historia puede conectar con espectadores de diferentes países. Para Taratuto, las emociones y los conflictos personales trascienden las fronteras culturales.
La mirada de Oreiro coincide con esa idea. Para ella, uno de los grandes aciertos del guion es que no idealiza ninguna forma de relación. “No están buscando el amor romántico. Están buscando encontrarse, desearse, compartir con alguien. Y eso me parece que es superinteresante para el cine actual. Porque no romantiza ni la infidelidad ni romantiza la monogamia”.
La propuesta se distancia de los relatos que buscan respuestas definitivas. En cambio, invita al espectador a acompañar a dos personas que atraviesan un momento de transformación y que encuentran en el otro la posibilidad de mirarse desde una perspectiva diferente.
Cuando SEMANA les pidió a ambos definir la película en pocas palabras, las respuestas resumieron con precisión el espíritu de la obra. Oreiro la describió como “una historia de amor romántico adulto, de mucho amor propio y de aventura”, mientras que Taratuto la definió como “la posibilidad de pensarse en el pasado, en el futuro y en los momentos actuales”.
Con esos elementos, Nada entre los dos se presenta como una apuesta por el cine de emociones contenidas y reflexiones íntimas, una historia que encuentra en los silencios tanto peso como en las palabras y que propone una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿qué ocurre cuando, después de años de rutina, alguien vuelve a sentirse visto?