No terminar la educación media en Colombia no solo afecta el futuro de los jóvenes, también tiene implicaciones directas sobre la competitividad del país.
Así lo advierte la Alianza para la Transformación de la Educación Media, que alertó sobre los impactos estructurales de la deserción en los grados 10° y 11°.
Las cifras reflejan la magnitud del problema. Según el Observatorio de Realidades Educativas de la Universidad ICESI, solo el 51 % de los adolescentes entre 15 y 16 años está matriculado en educación media, mientras cerca del 45% no logra llegar a grado 11°. Además, alrededor de 1,5 millones de jóvenes en edad escolar permanecen fuera del sistema educativo.
El impacto no es menor. Culminar la educación media puede traducirse en ingresos hasta un 28 % más altos frente a quienes no la terminan, e incluso un 16,5 % adicional si esos jóvenes acceden a educación superior. Más allá del ingreso, completar esta etapa amplía el acceso a formación posmedia y mejora las oportunidades laborales.
Pero cuando el proceso se interrumpe, las consecuencias se multiplican. Uno de los principales efectos es la limitación de la movilidad social.
La falta de acceso a educación técnica, tecnológica o profesional refuerza ciclos de pobreza y reduce las oportunidades de desarrollo. A esto se suma una mayor exposición a riesgos sociales como la informalidad laboral, el consumo de sustancias o la delincuencia.
En el ámbito económico, la situación también genera presión. La exclusión del mercado formal obliga a muchos jóvenes a aceptar empleos precarios, sin estabilidad ni seguridad social.
De acuerdo con datos citados por la Universidad Colombiana, cerca del 37 % de los jóvenes en ciudades como Bogotá queda por fuera de oportunidades laborales estables, cifra que puede superar el 80 % en zonas rurales.
El problema, además, trasciende generaciones. La interrupción educativa limita el desarrollo de habilidades clave y reduce las posibilidades de mejorar las condiciones socioeconómicas, perpetuando la pobreza en los hogares.
Este fenómeno termina afectando el crecimiento del país, al reducir el capital humano calificado, debilitar la innovación y limitar la atracción de inversión.
Frente a este panorama, ATEM ha impulsado estrategias territoriales para fortalecer la educación media. En departamentos como Atlántico se ha logrado reducir la deserción, mientras que en Antioquia miles de estudiantes y docentes han participado en procesos de transformación curricular.
En Bucaramanga, incluso, la totalidad de la matrícula de este nivel ya hace parte de programas que conectan el aprendizaje con proyectos de vida.
Para Alejandra López, gerente de ATEM, el reto es claro: consolidar políticas públicas que garanticen la permanencia y calidad en este nivel educativo. La apuesta, insiste, no es solo académica, sino estructural: asegurar que el talento de los jóvenes no se pierda por falta de oportunidades.
En ese sentido, la conclusión es contundente, terminar la educación media no es solo un paso académico, es una condición clave para la movilidad social y el desarrollo económico del país.