La historia de Niña Pastori ha estado marcada por una aparente contradicción: la fidelidad absoluta a sus raíces y, al mismo tiempo, una curiosidad permanente por explorar otros territorios musicales. Treinta años después de su debut, la cantante gaditana, ganadora de seis premios Grammy Latinos, incluyendo mejor álbum de música flamenca y mejor álbum folclórico, además de múltiples discos de oro y platino, Premios Dial, Premios Amigo y la Medalla de Andalucía, vuelve a demostrar su fuerza innata con Color Fania, un proyecto que la lleva a dialogar con uno de los catálogos más importantes de la música latinoamericana y caribeña: la salsa.
La llegada de este álbum en 2026 tiene una relevancia particular. No solo coincide con una etapa de madurez artística en la que Pastori puede mirar hacia atrás sin necesidad de demostrar nada, sino que también aparece en un momento en el que los intercambios culturales entre España y América Latina siguen redefiniendo las fronteras de los géneros musicales.
En ese contexto, la artista encontró un terreno común entre dos expresiones que, aunque nacieron en geografías distintas, comparten una misma esencia popular: el flamenco y la salsa. “El flamenco es una música de raíz, una música auténtica, una música muy rica a nivel musical. El flamenco no lo descarto nunca; es la música que más me gusta. Pero lo que más me gusta, en general, es la música en sí. Todo es bonito, todo es interesante y todos los estilos tienen su riqueza”, aseguró a SEMANA.
Lejos de entender Color Fania como una excursión ajena a su universo artístico, Pastori lo asume como una prolongación natural de aquello que siempre ha defendido. Para ella, la salsa y el flamenco nacen de una misma pulsión: la de contar la vida de la gente común.
“El flamenco es una música de raíz y la salsa también; es una música del pueblo, de la gente, de la calle. Todo eso tiene mucho en común con lo nuestro. Sentarme un poquito en el sillón de esos artistas de la Fania me ha gustado mucho y es un trabajo que no voy a olvidar nunca”, explicó.
Entre Cádiz y Nueva York
Aunque Color Fania toma como punto de partida un repertorio asociado a Nueva York y a la diáspora latinoamericana, Pastori encuentra conexiones profundas con la identidad andaluza. En su mirada, ambos universos están atravesados por las mismas emociones: la resistencia cotidiana, la migración, la lucha y la celebración de la vida incluso en medio de la adversidad.
La artista resume ese vínculo en dos conceptos aparentemente opuestos, pero inseparables: sufrimiento y alegría. “Las músicas del pueblo y de la raíz tienen eso. Hay un sufrimiento de la gente que no lo tiene tan fácil en la vida y a la que le cuesta mucho llegar. Pero luego está la otra cara: la alegría, la espontaneidad, la pureza y la sencillez. Creo que con eso no puede nadie”, afirmó.
Ese equilibrio entre dolor y celebración ha sido una constante tanto en el flamenco como en la salsa. Por eso, más que una fusión, su más reciente álbum parece una conversación entre dos tradiciones que durante décadas han hablado idiomas distintos para contar historias similares. La reinterpretación de clásicos como Periódico de ayer, El gran varón y Plástico representó uno de los mayores desafíos del proyecto. No solo por la importancia musical de estas obras, sino por el lugar emocional que ocupan en millones de oyentes de América Latina.
“Son letras muy fuertes, con mensajes muy fuertes y muy directos. No son canciones rebuscadas ni difíciles de entender. Son claras, directas y para todo el mundo. Yo me he sentido muy a gusto haciendo este trabajo”, señaló.
Entre todas las canciones, El gran varón, de Willie Colón, ocupa un lugar especial. La artista considera que el tema mantiene intacta su capacidad de interpelar a la sociedad décadas después de haber sido escrito. “Tiene muchísimos años y sigue estando de total actualidad. Todavía hay gente a la que le cuesta aceptar ciertas cosas y que sigue sufriendo por ello. Me parece una supercanción”, dijo.
Algo similar ocurre con Plástico, de Rubén Blades, una composición que, a su juicio, conserva una vigencia sorprendente. “Parece que está hecha anteayer. Es una canción de 1978, del año en que yo nací. Rubén tuvo una visión adelantadísima a su tiempo. Es un hombre muy visionario”, agregó.
Ser mujer en la industria
Dentro del universo de la Fania, una figura aparece inevitablemente: la gran Celia Cruz. Para Pastori, la cubana representa una generación de mujeres que enfrentó obstáculos mucho más complejos que los que ella encontró en su propio camino. “Celia no tiene comparación para mí porque sus tiempos no son los míos y su época no es la mía. Ella sí lo tuvo mucho más complicado y más difícil. En la Fania solo estaban Celia y La Lupe. Eran dos grandes”, recordó.
Aunque reconoce que la industria musical sigue presentando desafíos para las mujeres, la cantante asegura que nunca ha sentido discriminación directa en su trayectoria. Parte de esa experiencia la atribuye a la educación recibida en su hogar. “Soy la más pequeña de cinco hermanos y jamás sentí machismo en mi casa. Mi madre ha sido siempre la que ha mandado. Nunca hubo ningún problema con eso. Si dijera que he sufrido ciertas cosas por ser mujer, estaría mintiendo”, explicó.
Sin embargo, cuando habla de maternidad, su discurso cambia. Allí sí reconoce una dificultad específica que afecta a muchas mujeres que intentan equilibrar la vida profesional con la crianza. Pastori recuerda los primeros años de sus hijas como una etapa de enorme desgaste físico y emocional. “Quieres amamantar a tu hijo, quieres estar presente. Los primeros tres años son difíciles. Yo me he dado unas palizas muy grandes de dormir muy poco e intentar llegar a todo. Realmente es agotador”, confesó.
Aun así, considera que el esfuerzo valió la pena. “No veo en mis hijas esa sensación de ausencia. Y eso, para mí, es un gran premio. Creo que es mi mayor premio”, aseguró.
Cantarles a dos papas
En los últimos meses, otra experiencia marcó profundamente a la cantante: su presentación frente al papa León XIV. A diferencia de la ocasión en que cantó para Juan Pablo II ante casi un millón de personas, esta vez el encuentro ocurrió en un entorno mucho más íntimo, vinculado a la labor social de Cáritas.
“Tuve el privilegio de cantarle en un lugar muy pequeñito. Era un espacio humilde y muy cercano a personas que viven situaciones muy difíciles. Tener al papa a apenas dos metros de mí me tocó muchísimo el corazón”, relató.
La experiencia reforzó una idea que atraviesa buena parte de su visión artística: el valor de la cercanía humana. Quizás por eso observa con cautela el avance de la inteligencia artificial dentro de la música. “Pienso que hay algo que la inteligencia artificial no va a conseguir, y es la emoción. Esto es una cuestión muy humana, muy del corazón, de los sentimientos, de las tripas. Creo que al artista le quedará precisamente eso: la emoción”, sostuvo.
Más allá del ámbito musical, la cantante expresó preocupación por los riesgos asociados al uso de la tecnología, especialmente entre menores de edad. Para ella, la regulación será una discusión inevitable en los próximos años.
Lejos de mostrarse nostálgica o temerosa frente al futuro, Niña Pastori mantiene intacta la curiosidad que ha caracterizado su carrera. Después de tres décadas cruzando fronteras entre géneros, culturas y generaciones, no tiene una respuesta concreta sobre cuál será el próximo destino. “El campo no tiene puertas y el campo es libre para todos. Habrá cosas por hacer que ni siquiera he imaginado todavía. Pienso que en el arte siempre hay un camino nuevo y algo nuevo por hacer”, concluyó.