Durante décadas, Guillermo Guillo Vives ha construido una carrera pública lejos de los escenarios musicales. Fue reconocido como empresario gastronómico, actor y creador de uno de los restaurantes más emblemáticos del país. Sin embargo, detrás de esas facetas existía una pasión que había permanecido en bajo perfil: la música.
En 2026 decidió cambiar esa historia. Con A mi manera, un álbum de ocho canciones que transita entre el vallenato tradicional, la salsa y los sonidos del Caribe, Guillo Vives convierte una inquietud de toda la vida en un proyecto artístico que, más que buscar una nueva posición dentro de la industria, pretende responder a una genuina pulsión, la de mostrar quién es.


Desde la elección del repertorio hasta los arreglos musicales, Guillo Vives buscó construir una identidad que dialoga con el vallenato sin copiarlo. “A mi manera es eso: una búsqueda de mi identidad en todo aspecto. En el tipo de música que escojo, en la manera en que la canto, porque mi voz es de barítono y el vallenato, en su mayoría, ha sido interpretado por voces muy tenores. Los arreglos tampoco se alejan mucho de los originales, pero sí tienen una identidad muy marcada. Hay un sonido muy caribeño, muy inclinado hacia lo cubano”.
La decisión resulta especialmente significativa porque durante buena parte de su vida optó por mantener la música en un segundo plano. “Mucha gente no sabía que yo cantaba. Siempre estuve muy reservado para hacer públicos mis trabajos musicales. Lo hacía, pero en mi restaurante, en Gaira Café. Ahí cantaba permanentemente. Trabajaba con la música y con la cocina, y estaba cómodo porque no me exponía. Me exponía únicamente ante la gente que llegaba a visitarme al restaurante”.


Esa comodidad no era sinónimo de inmovilidad. Por el contrario, Guillo Vives construyó una vida en la que distintos oficios convivían de manera natural. Mientras muchos lo identificaban exclusivamente con la gastronomía, él dividía su tiempo entre la cocina, la actuación, la música, un taller de carpintería y otra afición menos conocida: la jardinería.
LAS RAÍCES DE UN HOMBRE DE FAMILIA

Si A mi manera es un disco atravesado por la identidad, esa identidad comienza mucho antes de la música. Guillo Vives regresa una y otra vez a los recuerdos de su infancia, a la influencia de sus padres y a la forma en que esas experiencias terminaron moldeando su forma de amar, de construir una familia y de entender el éxito.
Vives habla con admiración de su padre, Luis Aurelio Vives. “Mi padre fue un ser generoso. Un hombre con una inteligencia emocional que yo no tengo. Era muy colaborador y estaba profundamente convencido del oficio que ejercía, que era la medicina. Siempre buscaba ayudar a las personas que lo necesitaban. Un hombre con una inteligencia absurda. Muy bien hablado, correcto, siempre buscando la paz, alejándose de los conflictos y procurando encontrar soluciones a los problemas”.

Entre lágrimas, Guillo recuerda que jamás escuchó de boca de su padre un “te amo”. Durante años interpretó ese silencio como parte natural de una generación que había aprendido a contener las emociones. Sin embargo, también entendió que el afecto puede expresarse de muchas maneras. “Siempre estaba pendiente. Si uno llegaba tarde, se levantaba a ofrecerte agua o comida. Esas eran sus formas de demostrar cariño”, recuerda.

La historia con su madre, Aracely Florez, transcurre por un camino distinto. Cuando sus padres se separaron, siendo él apenas un niño, ella asumió la responsabilidad de sacar adelante a cuatro hijos desde Bogotá, mientras su padre permanecía en Santa Marta ejerciendo la medicina. “Mi mamá venía de una familia muy distinta. Su madre murió cuando ella era muy pequeña. Solo alcanzó a crecer con un hermano. Cuando mi abuela falleció, mi abuelo volvió a casarse y mi mamá empezó a pasar de casa en casa entre tíos y familiares. Se convirtió en una mujer extremadamente cariñosa, completamente entregada a sus hijos. Nos malcrió por completo”.

Quizá por eso, cuando la conversación gira hacia su propia experiencia como padre, su relato deja de ser únicamente familiar para transformarse en una historia profundamente personal. Reconoce que durante muchos años convivió con el miedo, con el silencio y con la necesidad de entender quién era realmente. Descubrirse homosexual significó atravesar un proceso íntimo en una época en la que existían muy pocas referencias públicas y casi ninguna conversación abierta sobre el tema. “Primero viví esa etapa de sentirme distinto, de guardar silencio, de estar permanentemente en una lucha conmigo mismo, con mis sentimientos, con la necesidad de entender quién era. Cuando me enamoré por primera vez, entendí que no había marcha atrás”.

Al comprender, finalmente, que ese era el camino para ser feliz, apareció otro anhelo que lo acompañaría durante años: construir una familia. La idea nunca fue improvisada. Por el contrario, nació de la imagen de hogar que había vivido durante su infancia. Ese deseo permaneció durante mucho tiempo sin encontrar respuesta.
Incluso llegó a contemplar la posibilidad de ser padre en solitario. Investigó procesos, consultó experiencias de otras parejas y descubrió que también era posible hacerlo en Colombia. Sin embargo, decidió esperar. Fue entonces cuando apareció su esposo, José Leonardo Mayo. “Cuando yo ya casi había renunciado a esa idea, un día me preguntó: ‘¿Tú qué has pensado sobre tener hijos?’. Yo le respondí: ‘Siempre he querido tener hijos’. Entonces le dije: ‘Vamos a averiguar’”.

El nacimiento de Matilde y Jacobo cambió por completo su manera de entender la vida. Recuerda aquellos primeros días con nerviosismo, casi con miedo de cargar a dos bebés que percibía demasiado frágiles. La estancia en neonatos terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en una escuela acelerada de paternidad. Desde entonces, asegura, ninguna otra experiencia ha tenido el mismo impacto emocional. Hoy sus hijos ya tienen 7 años.
LA LIBERTAD DE SER EL MISMO
Sobre la exposición pública que implica llevar el apellido Vives, la respuesta de Guillo sorprende por su sencillez. No habla de estrategias para enfrentar las críticas ni de blindajes mediáticos. “Realmente no me blindo. La gente ha sido muy generosa conmigo. Claro, aparece alguna crítica de vez en cuando, pero no le presto mucha atención. Así es la vida. Uno no es monedita de oro para gustarle a todo el mundo”.

Con la misma tranquilidad, responde cuando aparece un tema inevitable: la relación con su hermano Carlos Vives. Lejos de alimentar el conflicto, habla con serenidad. “Con Carlos no he hablado. Pero veo sus fotos, le doy like cuando me aparecen. No voy a forzar algo que no tengo que forzar. Él sabe cómo llegar. Cuando quiera llegar, sabe perfectamente cómo hacerlo. Yo quiero mucho a Carlos, quiero mucho a mi hermano. Él sabe que yo estoy aquí”.
La conversación adquiere un tono aún más íntimo cuando explica por qué nunca ha querido involucrar a Matilde y a Jacobo en las diferencias entre adultos. “Yo no tengo por qué contaminar a los niños con situaciones de adultos. Los niños no tienen por qué cargar con eso. No hay resentimientos”.
Al preguntarle quién es cuando desaparecen los reflectores, la respuesta no gira alrededor de la fama ni del éxito. “Soy una persona muy tranquila. Busco mucho mi tranquilidad y mi felicidad”. Y es precisamente desde ese lugar, el de un hombre que ya no siente la necesidad de demostrar nada, desde donde nace A mi manera.


El álbum marca el inicio formal de una carrera musical que durante décadas permaneció en silencio. Sin embargo, Guillo insiste en que el objetivo no es competir con nadie ni perseguir expectativas ajenas.
Y concluye: “Lo que me queda de vida quiero dedicárselo a la música. Antes tenía muchos temores. Me daba miedo sacar mi música al público. Pero hoy, sinceramente, me importa un carajo no haberlo hecho antes. Quiero trabajar en la música. Quiero seguir haciendo música. Pero hacerlo sin pensar en expectativas. No quiero ser Shakira. No quiero ser Carlos Vives. No quiero ser nadie distinto a mí. Quiero hacer lo que he hecho toda la vida. Cantar”.
