Delcy Rodríguez sigue gobernando Venezuela con el respaldo de Washington, pero con la desconfianza creciente de sus propios aliados. Lo que el presidente Donald Trump celebra como una relación “excelente” y un modelo de cooperación, una parte del chavismo lo vive como una traición sin precedentes ante el mismo país que, según su narrativa, bombardeó Caracas el 3 de enero para derrocar a Nicolás Maduro.
La fractura quedó expuesta esta semana con una frase que habría sido impensable hace un año en boca de un vocero del régimen. “El imperialismo es el enemigo”, dijo Mario Silva, veterano conductor de La Hojilla, el programa de televisión que durante dos décadas funcionó como altavoz del chavismo, en una transmisión del pasado martes.
Silva acusó a un círculo íntimo alrededor de Rodríguez de negociar el futuro del país con Estados Unidos a espaldas de la base del movimiento, y de entregar los recursos venezolanos “a quienes nos bombardearon criminalmente”.
No es la primera vez: en semanas recientes ya había calificado al gobierno de “cobarde” y de “traidor” por abrir el sector petrolero a empresas estadounidenses.
El problema para Rodríguez es que Silva no es la única voz crítica. Es el símbolo de una generación de chavistas radicales que construyeron su identidad política en el llamado antiimperialismo y que ahora ven a su propia dirigencia hacer exactamente lo que durante veinte años denunciaron que el objetivo final de Washington es controlar el petróleo venezolano.
Esa tensión ideológica tiene también una expresión partidaria. El Partido Comunista Venezolano, históricamente aliado del chavismo, acusó al gobierno de operar bajo “subordinación y dependencia colonial” respecto a Trump. Su secretario general, Óscar Figuera, y la militante Jackeline López han advertido que los funcionarios estadounidenses que llegan a Caracas no vienen a colaborar, sino a administrar.
Lo difícil para Rodríguez es que enfrenta simultáneamente críticas desde dos bandos opuestos. Mientras el chavismo más radical la acusa de entregar el país, el senador republicano Rick Scott la llama “jefa de un cártel” y exige que libere presos políticos antes de cualquier reconocimiento formal. Así como la líder opositora, María Corina Machado, que advierte que sin un calendario electoral fijo, Venezuela camina hacia disturbios “anárquicos”.
Analistas de la publicación Americas Quarterly argumentan que lo que está ocurriendo no es una transición democrática, sino una “normalización económica sin condiciones políticas significativas”, asegurando que las sanciones se levantan, Chevron opera, la deuda se reestructura, pero las elecciones no tienen fecha.
En ese escenario, Rodríguez gobierna sobre una base política que se erosiona por los dos extremos. Una encuesta reciente de Meganálisis la ubica con apenas el 4% de intención de voto en un hipotético enfrentamiento presidencial contra Machado, quien alcanzaría el 76%.