La epidemia de ébola que afecta a la República Democrática del Congo (RDC) continúa cobrando vidas y ya supera los 5.000 fallecidos, mientras las autoridades sanitarias enfrentan crecientes dificultades para contener la propagación del virus, que también ha llegado a otros países africanos.
Según el balance oficial divulgado el 30 de octubre, el brote ha dejado 5.026 muertos y 10.351 contagios confirmados, lo que representa una tasa de letalidad cercana al 49 %. Es decir, casi uno de cada dos pacientes diagnosticados ha fallecido.
La epidemia, declarada el 15 de mayo de 2026, es la más mortífera registrada en la RDC y la segunda más letal del mundo, después de la que afectó a África occidental entre 2014 y 2016, cuando murieron más de 11.000 personas.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la enfermedad se ha extendido por varias regiones del territorio congoleño. Actualmente, ocho de sus 26 provincias registran contagios, especialmente Ituri y Kivu del Norte, donde se concentra buena parte de las víctimas.
Uno de los principales problemas es que el brote está causado por la variante Bundibugyo del virus del Ébola, para la cual no existen vacunas ni tratamientos específicos aprobados. Aunque hay medicamentos y vacunas disponibles contra otras variantes, su eficacia frente a esta no ha sido demostrada suficientemente en seres humanos.
A esto se suman las dificultades para detectar oportunamente los contagios. Según los reportes sanitarios, una proporción considerable de las infecciones ocurre fuera de las cadenas de contactos identificadas, mientras numerosos pacientes fallecen antes de recibir atención médica.
La situación se agrava por los conflictos armados que afectan el este del país, los ataques contra trabajadores sanitarios, la escasez de recursos y las limitaciones de los centros hospitalarios.
La emergencia también ha traspasado las fronteras congoleñas. Uganda, Kenia y Nigeria han registrado casos relacionados con la epidemia, lo que ha obligado a reforzar la vigilancia epidemiológica y el seguimiento de personas que pudieron estar expuestas al virus.
Estados Unidos y las autoridades sanitarias europeas mantienen un seguimiento de la evolución del brote ante el riesgo de nuevos contagios internacionales.
El ébola se transmite mediante el contacto directo con sangre, secreciones y otros fluidos corporales de personas infectadas, así como con materiales contaminados. Entre sus síntomas se encuentran fiebre, debilidad, dolor muscular, vómitos y diarrea. En los casos graves puede provocar hemorragias y fallas orgánicas.
La OMS insiste en que la detección temprana, el aislamiento de los pacientes y el rastreo de contactos son fundamentales para detener los contagios.
Por ahora, el avance territorial de la enfermedad y las dificultades para atender a los pacientes mantienen la emergencia sanitaria, sin una fecha clara para su control.
Más de 10.000 casos de ébola han sido detectados en África, la gran mayoría en RDC, el epicentro de la epidemia actual. En otros países de la región, como Uganda, en donde se registraron un total de 20 casos y dos fallecimientos, la OMS ya los declaró libres de la enfermedad.
Con información de agencias