SEMANA: ¿Cómo está el escenario en Perú entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez con más del 99 por ciento de las actas procesadas?
Gino Costa: Entre los especialistas hay consenso en que la ventaja de Keiko Fujimori seguirá ampliándose. Probablemente gane por una diferencia similar a la que obtuvieron Pedro Pablo Kuczynski frente a ella en 2016 y Pedro Castillo en 2021: entre 40.000 y 50.000 votos. A estas alturas, esa ventaja parece imposible de revertir por el origen de los votos que aún faltan por contabilizar. Lo único pendiente es que la autoridad electoral anuncie oficialmente la victoria de Fujimori. La verdadera pregunta es qué hará Roberto Sánchez y su partido frente a una derrota que parece inevitable. Si seguirá el libreto de Fujimori en 2016 y 2021, o el de Rafael López Aliaga en esta elección, cuestionando los resultados, o si actuará como corresponde y los aceptará. No existe ningún fundamento para hablar de fraude o de irregularidades. Pedir anulaciones o impugnaciones en este momento no tendría sentido y solo prolongaría innecesariamente el cierre del proceso electoral. Sería importante que Sánchez contribuya a terminar con esta práctica de desconocer los resultados cuando no favorecen a un candidato.
SEMANA: ¿Qué representa para Perú el regreso del fujimorismo al poder?
G.C.: Representa el retorno de una fuerza política que gobernó el país durante toda la década de los noventa. Para algunos sectores, ese periodo estuvo marcado por logros importantes, como la reincorporación del Perú a la economía internacional tras la hiperinflación del primer gobierno de Alan García y la derrota estratégica de Sendero Luminoso y el MRTA. Pero también fue una etapa en la que se fue consolidando un régimen cada vez más autoritario, que debilitó las instituciones democráticas y terminó envuelto en graves escándalos de corrupción. Uno de los episodios más recordados fue el tráfico de armas hacia las Farc, realizado durante el régimen de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, un hecho que contribuyó al colapso del gobierno. Por eso, el regreso del fujimorismo genera reacciones opuestas. Hay quienes lo ven como una oportunidad para recuperar orden, seguridad y crecimiento económico. Otros lo observan con preocupación por el recuerdo de la corrupción y el deterioro institucional asociados a ese periodo.
SEMANA: ¿Ve posible que Roberto Sánchez termine reconociendo la derrota frente a Keiko Fujimori?
G.C.: El discurso de Sánchez, mientras estuvo en competencia, no daba indicios de que fuera a desconocer los resultados electorales. En la primera vuelta pasó a la segunda por un margen estrecho y, además, fue favorecido por las encuestadoras. En la segunda vuelta ocurrió algo particular: el conteo rápido de Ipsos, contratado por Transparencia, proyectó una victoria de Sánchez. Sin embargo, la propia firma advirtió que la diferencia era mínima y que existía un empate técnico. Es decir, podía ganar cualquiera de los dos.
La sorpresa viene de que, en los últimos procesos electorales, los conteos rápidos de Ipsos siempre coincidieron con el resultado final. Esta vez, por una diferencia muy pequeña, eso no ocurrió. Creo que esa es la principal explicación de la reacción de Sánchez. Lo cierto es que durante la campaña no denunció irregularidades ni cuestionó a las autoridades electorales. En la inmensa mayoría de las mesas hubo acuerdo entre los representantes de Fuerza Popular, los de Juntos por el Perú y las autoridades electorales. No se detectaron irregularidades y mucho menos fraude. Por eso hay muy poco margen para cuestionar el resultado. Sería deseable que Sánchez lo reconozca, porque prolongar las dudas sin fundamento solo seguiría deteriorando la confianza en el sistema electoral peruano.
SEMANA: ¿Por qué Keiko Fujimori logra ganar esta vez después de tres intentos fallidos?
G.C.: Keiko llega con una pesada carga política. No solo arrastra los pasivos del gobierno de su padre, sino también el desgaste de los últimos años, en los que construyó poder desde el Congreso e influyó decisivamente en la política peruana. Sin embargo, esta vez enfrentó a un candidato muy débil. La campaña de Roberto Sánchez giró en torno a la reivindicación de Pedro Castillo, un gobierno que fue muy malo, marcado por la inestabilidad, los constantes cambios de gabinete, la falta de cuadros técnicos y múltiples escándalos de corrupción. Para una parte importante del país, votar por Sánchez era premiar esa experiencia. Keiko, en cambio, logró instalar un mensaje de orden, estabilidad y seguridad que terminó siendo más atractivo para muchos electores.
SEMANA: ¿Roberto Sánchez era un candidato débil?
G.C.: Muchísimo. Sánchez representaba la continuidad simbólica del castillismo y eso generó rechazo en amplios sectores. Además, de haber ganado, probablemente habría enfrentado un escenario similar al de Castillo: un gobierno débil, acosado políticamente y con escaso respaldo parlamentario. Esa perspectiva de inestabilidad terminó favoreciendo a Keiko Fujimori, que logró presentarse como una alternativa de gobernabilidad, aunque eso no significa que no existan preocupaciones sobre el tipo de gobierno que podría ejercer.
SEMANA: ¿Qué desafíos hay con la elección de Keiko Fujimori?
G.C.: La gran preocupación es que Perú se acerque nuevamente a un modelo parecido al de los años noventa. Hoy el fujimorismo tiene una enorme influencia sobre instituciones clave. El Tribunal Constitucional, la Junta Nacional de Justicia, la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo y otros organismos han sido progresivamente copados por sectores cercanos a ese proyecto político. Además, Keiko cuenta con el respaldo de importantes poderes fácticos, como parte del empresariado, grandes medios de comunicación y sectores de las Fuerzas Armadas y la Policía. Por eso, mientras algunos celebran la promesa de orden y estabilidad, otros ven el riesgo de una concentración excesiva de poder y de un deterioro adicional de los contrapesos democráticos.
SEMANA: Perú viene de una década marcada por la inestabilidad política y la sucesión de presidentes. ¿Por qué muchos consideran que con Keiko Fujimori ese escenario no se repetirá?
G.C.: Porque ella llega en condiciones muy distintas a las que habría tenido Roberto Sánchez. Tiene una fuerza parlamentaria importante, una red de alianzas políticas ya construida y una influencia significativa sobre instituciones clave del Estado. Todo indica que contará con los apoyos necesarios para evitar los choques entre Ejecutivo y Congreso que provocaron la caída de varios presidentes en los últimos años. Keiko Fujimori ofrece estabilidad y gobernabilidad, y probablemente la tenga. El problema es que muchos peruanos ven esa estabilidad con preocupación, porque implica una concentración de poder muy grande. El riesgo ya no sería la inestabilidad política, sino la posibilidad de avanzar hacia un gobierno con rasgos cada vez más autoritarios.
SEMANA: ¿Qué cree que le espera a Perú en los próximos cinco años? ¿Habrá estabilidad, crecimiento económico o existe el riesgo de nuevas crisis sociales y políticas?
G.C.: Un escenario posible es el de una estabilidad política acompañada de una institucionalidad democrática cada vez más debilitada. Si se mantienen las condiciones internacionales favorables y la confianza que el fujimorismo genera en sectores empresariales, Perú podría vivir años de recuperación y crecimiento económico. Eso ya ocurrió en la década de los noventa y no es un escenario que pueda descartarse. Además, combinado con políticas asistencialistas, un eventual éxito económico podría ampliar la base de apoyo social del fujimorismo y darle mucho oxígeno político. Sin embargo, esos posibles logros también vienen acompañados de riesgos. La principal preocupación es que una mayor concentración de poder termine debilitando aún más las instituciones democráticas. Por eso, para muchos peruanos, los eventuales éxitos económicos del próximo gobierno no eliminan las dudas sobre las consecuencias políticas e institucionales que podría traer el regreso del fujimorismo al poder.