El viernes 8 de mayo de 2026, Juan Felipe Palacio Vélez salió de su casa en el barrio La Loma del Indio, en Medellín, al encuentro de tatuadores más grande del país, en el que se reúnen algunos de los mejores artistas. Sabía que iba a sufrir. Que el dolor que le provocaría el tatuaje que tenía planeado hacerse desde el tobillo hasta la parte superior de la pierna le iba a provocar un malestar que solamente los amantes de esa práctica disfrutan. Pero desconocía que sería la última vez que podría intervenir su cuerpo.
El joven de 26 años les contó a algunos de sus allegados que iba a ser el “lienzo” de un reconocido tatuador venezolano, con un palmarés impresionante que lo hace ser jurado y también expositor en las ferias de tatuajes más importantes de toda Colombia, incluso en la de pequeños municipios como Soatá, Boyacá; Ipiales, Nariño, y hasta Bosconia, Cesar.
Vestía una pantaloneta corta, una camiseta sencilla y unos tenis deportivos, el atuendo adecuado para tirarse durante horas en una camilla mientras el tatuador le imprimía tinta de múltiples colores a través de docenas de agujas en toda la pierna.
La escena se repitió el sábado 9 de mayo y también el domingo. Juan Felipe había decidido ir solo para que nadie tuviera que soportar de pie esas largas jornadas mientras le pintaban un mago barbado con colores blancos, negros, rojos, amarillos y magentas en la pierna. Muchos de sus amigos lo vieron ahí, acostado, mientras las máquinas sonaban y las agujas perforaban la piel. Luego de la última jornada, el Día de la Madre, Juan llegó a su casa y se encerró en su habitación. Era tarde. Se sentía cansado. Pero se le hacía normal. Sus allegados aseguran que esa sensación no era nueva en él, que había decidido en años anteriores tatuarse el cuello, uno de los brazos y gran parte del cuerpo.
Al día siguiente, su mamá, la fiscal Alexandra Vélez, fue a verlo a su cama y la respuesta de Juan Felipe fue que lo dejara descansar, que se sentía indispuesto. Seguro es por el tatuaje, le dijo, y ella se marchó. Horas más tarde, regresó a verlo y la condición en la que lo encontró la dejó inquieta.
“Por la noche lo toco y tiene fiebre; le digo: ‘Papi, vamos ya para urgencias que tenés fiebre’. Me dijo: ‘No, mamá, eso es normal, es un tatuaje muy invasivo, es toda la pierna’”, contó ella.
Su reacción fue hacer lo de todas las mamás. “Le bajé la fiebre con agüita, vinagre, lo envolví en una toalla y me dijo: ‘Mamá, déjame dormir que estoy muy cansado, muy cansado’”, recordó.
El martes, la mamá le volvió a preguntar y la respuesta de Juan Felipe la dejó descompuesta en su jornada laboral; tanto, que decidió salir antes de tiempo para regresar a casa y ver cómo seguía su muchacho.
Hacia las cuatro de la tarde, contó ella, regresó a la casa y él le dijo, una vez más: “Mamá, estoy como tan cansado, tan desalentado”.
Por eso, llamó a Manuela, su hija mayor, para que le ayudara a llevarlo al médico, pues la condición en la que veía a Juan Felipe ya le preocupaba. Comenzó a ayudarle a vestirse y, cuando le estaba poniendo una pantaloneta, él se cayó.
“No fue capaz de pararse, él se cayó; le dije: ‘No, Juan, no te parés; estás muy desalentado’”, narró ella.
Lo que siguió fue el comienzo de una verdadera pesadilla. “Él dijo que se iba a ir deslizando a través del suelo para bajar al primer piso, porque le daba miedo volverse a caer. Se fue arrastrado, y cuando empezó a bajar la primera escala, se desvaneció. Yo pensé: ‘Se desmayó’, pero jamás me imaginé que estaba muerto”, relató.
A los minutos llegó Manuela, la hermana, quien estudió Atención Prehospitalaria. Ella lo vio tan mal que llamó a una vecina que es enfermera, le pidió ayuda, llamaron al 123 para que les enviaran una ambulancia y cuando estaban esperando se percataron de lo peor. Juan Felipe no tenía signos vitales.
Le brindaron los primeros auxilios: le hicieron el masaje torácico, le dieron respiración boca a boca, intentaron estabilizarlo durante unos 15 minutos, contó Manuela. En vez de una ambulancia llegaron dos. Siguieron con el procedimiento y lograron trasladarlo aún con vida al centro médico más cercano, el Hospital General de Medellín.
Minutos después de que lo atendieran, salió un médico. “Me dio el diagnóstico más terrible: no hay nada que hacer, él tiene muerte cerebral, tiene una infección por una bacteria; mire cómo tiene la pierna, tiene ampollas, la tiene colorada, la infección ya le cogió la otra pierna; tiene falla renal aguda. Está anúrico, vamos a hacerle una tomografía, pero no responde a los estímulos neurológicos; su fallecimiento será en las próximas horas”, recordó la mamá.
El tiempo se le hizo eterno. Las preguntas iban y volvían sobre su cabeza. Su mundo, el de su muchacho, se desmoronó.
“Eso fue una pesadilla. Le hicieron todas las maniobras, pero él dejó de respirar al día siguiente (el miércoles 13 de mayo), a las 7:30 a. m. Me dijeron que fue una bacteria, un estafilococo, un aureus, que es la que más daño hace; cuando llega allá con ese cuadro, lo primero que hace el hospital es ponerle antibióticos, pero cuando le hacen el cultivo, ya no hay bacteria, porque se lo hacen después, cuando fallece. La causa de la muerte en la historia clínica es choque séptico por una estafilocoxemia”, dijo la mamá.
La bacteria le afectó el cerebro, los riñones y provocó una falla multisistémica que acabó con su vida.
Juan Felipe fue cremado. Y su familia emprendió una batalla jurídica para que se investigue. Intentó contactar al tatuador y fue imposible obtener una respuesta. Intentó de manera fallida contactar por medio de un derecho de petición a los organizadores de Expotatuaje, pero tampoco fue posible.
Así que Manuela envió un derecho de petición a la Alcaldía de Medellín con varias preguntas sobre el control del evento, pero las respuestas no resolvieron todas sus inquietudes.
Por ejemplo, al consultar sobre el concepto sanitario emitido para la realización del evento, la Alcaldía respondió que “la Secretaría de Salud no emite conceptos sanitarios previos para la realización de eventos. En el marco de sus competencias de Inspección, Vigilancia y Control –IVC–, hace visitas sanitarias durante los eventos, de manera aleatoria y sin previo aviso”.
Incluso, aseguró que así lo realizó el 8 de mayo, pero que esta visita solamente fue “con el fin de verificar las condiciones generales del montaje y efectuar la revisión exclusivamente de los puntos de venta de alimentos y bebidas instalados para su desarrollo”.
La familia de Juan Felipe cuestiona además que no haya una regulación clara para reglamentar el uso de agujas, que son consideradas dispositivos médicos, como lo admitió la misma Alcaldía en su respuesta.
Según la entidad, “es pertinente indicar que existe un vacío normativo en relación con la IVC de los establecimientos dedicados a tatuajes, puesto que, tanto la Ley 715 de 2001 como la Resolución 2263 de 2004, no son aplicables a estas actividades comerciales; únicamente les aplica la normativa de bioseguridad y de manejo de residuos. Las tintas no tienen reglamentación y las agujas son consideradas dispositivos médicos y deben tener registro sanitario del Invima”.
A razón de esto, han pedido a diferentes congresistas impulsar una ley más rigurosa para evitar casos como el de Juan Felipe, que está siendo investigado por presunto homicidio culposo, y el de Yenifer García Valencia, de 33 años, en Bogotá, después de que el 15 de agosto se aplicó anestesia para soportar un tatuaje.
Sin embargo, en el caso de Juan Felipe, la justicia aún debe determinar en qué momento se contaminó él con la bacteria que acabó con su vida.