SEMANA: Padre, usted está en una edad muy venerable. ¿Cómo se siente hoy, tras haber casi visto un siglo de Colombia pasar?
Padre Diego Jaramillo: Me siento bien, bendito sea Dios. Vivo entusiasmado. Todavía canto, todavía predico, celebro la Eucaristía en la parroquia. He ido pidiéndole a otros padres que vayan asumiendo responsabilidades, no tanto porque yo me sienta cansado, sino porque con casi 94 años, el fin no debe demorar mucho.
SEMANA: Cuando las personas llegan a su edad, suelen reflexionar sobre vivir con más plenitud la vida. ¿Qué pensamiento le ha surgido?
D.J.: Lo que me pasa a mí es que muchos de los sacerdotes, todos los que han sido mis compañeros mayores, se han muerto. Nosotros tenemos en Medellín una casa donde los padres pasan su vejez. Es una casa de ancianos. A mí no me han mandado para esa casa, tal vez por las responsabilidades del Minuto de Dios, pero te digo que soy el único. De manera que me siento un caso excepcional. Soy el responsable de esta obra.
SEMANA: Cuéntenos de manera sencilla qué lidera usted en el Minuto de Dios.
D.J.: Aquí tenemos el Minuto de Dios, que es la entidad que se encarga de la construcción de viviendas, de la ayuda a los pobres, etc. Tenemos la Corporación Educativa Minuto de Dios, que se encarga de los colegios, de educar en las cárceles. Tenemos la corporación universitaria, que está en más de 70 ciudades y tiene miles de alumnos virtuales, y creo que es la universidad con más estudiantes en Colombia. Tenemos también una corporación que se encarga de organizar pequeñas industrias y otra entidad para apoyar el campo. Tenemos también varias emisoras de radio, una productora de televisión, librerías, casa de retiros. El Minuto de Dios realmente es un mundo lleno de actividades. Creo que estamos cerca de 12.000 empleados a los cuales hay que pagarles el sueldo mensual. La cosecha es grande. Felizmente, hay mucha gente que trabaja con nosotros y no vivimos de limosna. La gente nos aporta mucha limosna, pero no es para nosotros, sino para los pobres. Desde que el padre García Herreros inició la obra, hemos entregado 200.000 casas. También hacemos el Banquete del Millón, donde se come como pobre, pero se paga como rico. Este año vamos a ayudar a Córdoba.
SEMANA: Debió ser muy especial trabajar con el padre García Herreros. ¿Cómo llegó a El Minuto de Dios?
D.J.: Él escribió unos cuentos muy famosos. Cuando estaba en bachillerato, un profesor me sugirió que me los leyera. Me fui aficionando al padre García Herreros. Después, algunos años más tarde, lo conocí y comenzó la amistad con el padre y después, por él, por ayudarle, me vine a El Minuto de Dios. Yo me ordené sacerdote en 1958; en la Javeriana saqué en noviembre de ese año mi licenciatura en teología.
SEMANA: ¿Y de dónde salió la idea de El Minuto de Dios?
D.J.: El padre se encontró con un señor llamado Rafael Fuentes, que era dueño de una emisora en Cartagena, y comenzó a trabajar por radio. Creó La hora católica y, después, pensando que una hora la gente no iba a tener tiempo y paciencia de escucharlo, pensó en un programa tan breve que, cuando comenzara, si la gente se paraba a apagar el radio, ya se hubiera acabado. Lo llamó El minuto de Dios. Nació en Cartagena, en Radio Fuentes. En 1954 le dieron la posibilidad de emitirlo por Radio Nacional. La televisión estaba comenzando y él pidió un espacio allí. Le dieron el programa con el nombre El minuto de Dios. El primero fue el 10 de enero de 1955. Cumplimos 71 años este año. No solo es el más antiguo de Colombia, sino que creo que del mundo.
SEMANA: De esos 71 años, ¿cuántos ha hecho usted?
D.J.: Cuando el padre García Herreros vivía, yo lo reemplazaba en el programa los días martes. El padre murió en 1992. Es decir, que llevo 34 años hablando todas las noches. Pero quiero contar algo adicional de la historia: el padre, con el primer patrocinio, que fueron 1.500 pesos, una noche en televisión dijo que daba este dinero a tres familias para hacer su casa. A la cuarta noche llegó una mujer y le dio para dos programas más. Así comenzó todo.
SEMANA: ¿Cómo se graba el programa?
D.J.: Yo imito lo que el padre García Herreros hacía. Él escribía su programa cada día. Y lo grababa cada noche, porque en esa época era así. Pero después, al progresar la televisión, uno ya puede grabar los cinco programas de la semana y mandar el video. Yo hoy los escribo los viernes y este mismo día grabo los cinco para la semana entrante.
SEMANA: Muchos dicen que Colombia vive su peor momento de la historia. ¿A usted le parece así?
D.J.: Pues no me atrevo a hacer un juicio. No es la peor época para mí. Yo soy consciente de mi vejez, pero, a pesar de estos 94 años, veo todo nítido. No soy tullido. Sigo hablando y animando obras todos los días.
SEMANA: ¿Cómo explica usted que Colombia sea tan violento?
D.J.: Realmente es inexplicable. Porque si la mayoría de este pueblo es católico o religioso, perteneciente a las iglesias protestantes, judías, es decir, que van a honrar al Señor, uno no entiende. Un cristiano no puede matar, no puede robar. Y uno abre el periódico y es cuestión de todos los días. Y no es solo la formación religiosa. ¿Dónde está la formación civil? ¿Qué aprende la gente en las escuelas y colegios?
SEMANA: En el caso de la corrupción, suele darse en la gente que más estudios tiene…
D.J.: A esas personas lo que estudiaron de fe cristiana o de ética moral no les llegó al corazón. La gente no puede esperar a tener un puesto público para poder robar.
SEMANA: ¿Los poderosos lo buscan para consejos?
D.J.: Yo no busco a nadie, en primer lugar. Nunca he ido a la Presidencia de la República, a la gobernación o a la alcaldía a pedir favores. Funcionarios del Minuto de Dios sí buscan las entidades para muchas obras. Pero sí debo decir que desde la presidencia siempre ha habido cariño para El Minuto de Dios. Desde el doctor Alberto Lleras hasta el doctor Duque. Al presidente Petro lo invité a los tres primeros Banquetes del Millón que yo hice para recoger dinero y darles a los pobres, y él se excusó. Tanto que al último Banquete del Millón ya ni siquiera le mandé la invitación oficial.
SEMANA: ¿Por qué?
D.J.: Porque dije que, por sus ocupaciones o por sus puntos de vista, tal vez no comparte nuestros ideales. Entonces, ¿para qué lo voy a invitar? Invité no al señor presidente, sino al señor gobernador de Cundinamarca y al señor alcalde de Bogotá. Espero que ellos sí encuentren como un eco favorable. Pero no me toca juzgar para nada al señor Petro. Él tiene sus responsabilidades y el hecho de que no haya asistido a un Banquete del Millón es una cosa accidental. Les deseo al señor Petro, a los gobernadores, a los alcaldes, solo éxitos en sus labores.
SEMANA: ¿Qué presidente ha sido muy especial con El Minuto de Dios?
D.J.: Creo que todos. Cuando el padre García Herreros inició, era presidente el doctor Lleras Camargo. Y entonces el padre invitó a Lleras al Banquete del Millón. Era el año 1961. Lleras llamó al padre a decir que no podían ir porque le habían dicho que allí en el banquete podría haber un atentado contra él. El padre le dijo: “Pues yo sí voy a ir”. Y el presidente le contestó: “Yo también”. Después fue el doctor Guillermo León Valencia. Muy amigo de El Minuto de Dios. Muy bondadoso. El presidente Valencia le dio la Cruz de Boyacá al padre García Herreros.
SEMANA: Y más reciente,¿a quién recuerda?
D.J.: El doctor Uribe fue muy amable. Cuando él era gobernador de Antioquia, recuerdo que invitó a El Minuto de Dios en Medellín a una obra social. Después, en Bogotá, ya como presidente, nos acompañó siempre en el Banquete del Millón. Y lo mismo podría decir del doctor Duque. Tanto que cuando estalló la pandemia, como no se podían hacer reuniones en los sitios donde solíamos hacer el Banquete del Millón, en dos ocasiones él llamó y nos invitó para que lo hiciéramos en Palacio. En uno de esos momentos, él le dio a El Minuto de Dios la Cruz de Boyacá.
SEMANA: ¿Cómo fue el episodio del programa en el que se logró la entrega de Pablo Escobar?
D.J.: El padre García Herreros sufría materialmente con tantas muertes. Y un día dijo: “Esto hay que acabarlo. Hay que buscar la paz”. En esa época le había llegado una carta de Carlos Lehder desde la prisión en Estados Unidos. El padre García Herreros se fue para allá y habló con él. En esa visita, el padre supo que Pablo Escobar había dado unas casitas en un barrio pobre de Medellín. Entonces creyó que por este lado podría hablarle. Y lo hizo por televisión, en un mensaje amable, invitándolo a pensar en el bien de Colombia. Escobar lo llamó por teléfono. Le invitó a que se encontrara con él en Medellín.
SEMANA: ¿Cómo fue ese encuentro?
D.J.: En Medellín lo recogió un carro. Me contaba él que dio vueltas por la ciudad y llegó a una esquina donde otro carro los estaba esperando. Era como si Escobar fuera miedoso de que el padre contara que iba a verlo y que la policía lo siguiera. Cuando el padre regresó por la tarde a la casa donde estábamos, nos contó que todo había salido muy bien, que muchos de los amigos de él se confesaron y que le aconsejó a Pablo que se entregara. Escobar se entregó. Fue cuando estuvo preso. El padre fue una vez a visitarlo en la cárcel. Pablo le dijo que le iba a regalar una finca. Él la recibió. Sin embargo, muerto Escobar, se supo que esa finca él se la había quitado a no sé quién. El Minuto de Dios le devolvió esa finca al señor. No nos quedamos con nada.
SEMANA: ¿A usted en algún momento lo llamaron para ser mediador de algún proceso de paz?
D.J.: No, nunca.
SEMANA: Ahora que estamos en elecciones, se siente en Colombia un ambiente muy tenso, muy polarizado. ¿Qué consejos tiene usted para este momento?
D.J.: Somos colombianos, tenemos que buscar el bien de la patria, sin odio de los que piensan distinto. Yo lo que quisiera es que los congresistas que acaban de elegir hagan el bien y que los candidatos a ser electos presidentes piensen en Colombia: que procuren respetarse mutuamente, que nadie incite a la violencia.
SEMANA: Hace unos años usted entrevistó al padre García Herreros. Y esa vez usted le preguntó, ¿cómo se situaba él en este momento frente a la existencia? Le quiero preguntar lo mismo.
D.J.: Mire, yo le doy gracias al Señor, que me ha dado casi 95 años de vida. Murieron mis padres, mis abuelos, mis tíos, bastantes primos y en mi casa éramos seis hermanos y ya cuatro han fallecido. No queda sino una hermana y yo. Le doy gracias al Señor por la vida de ellos. Y le doy gracias porque me haya mantenido en resistencia. Le doy gracias al Señor por la vida y porque me encuentro todavía en El Minuto de Dios, donde puedo desempeñar un papel.
SEMANA: ¿Cuál es el secreto para llegar así de bien a los casi 95 años?
D.J.: Yo no sé si es secreto o no. Mentalmente, me siento con algunas limitaciones; habrá cosas que ya no recuerdo. Físicamente, a pesar de que estoy de buena salud, tengo algunos problemas, lo que llaman la ciática. La pierna me duele y por las mañanas me cuesta un poco tomar impulso. Entonces, si me puedo quedar quieto, sin caminar, lo hago. Pero si hay que caminar, no me gusta usar bastón. Camino con un bastón móvil que es la gente de El Minuto de Dios que pasa por ahí.
SEMANA: Usted está tan bien que vendían colágeno con una supuesta voz suya.
D.J.: Me dijeron que estaban vendiendo colágeno. Yo dije que no. Le pregunté a alguien y me dijo que era una voz de inteligencia artificial. Entonces, yo dije que pidieran que se interrumpiera esa publicidad. Yo no vendo colágeno. ¿Tomo colágeno? Sí. Me tomo una porcioncita todos los días. Pero vender colágeno, nunca.
SEMANA: Cuando se enteró de esa historia, ¿le dio risa o más bien rabia?
D.J.: No sé si me dio risa o rabia. Solo dije: “Eso no es cierto, quítenlo”. Hasta vinieron las emisoras a preguntarme.
SEMANA: Ha hablado en esta entrevista de la muerte. ¿Cómo la entiende?
D.J.: Pues como siempre, como una cesación de la vida. Uno que se va debilitando, pero para llegar a eso muchas personas se enferman. A mí no sé cómo me llegará. Yo tengo 93, pero oigo hablar de personas que tienen 100 y que han llegado hasta muchos más años. Son contados los que llegan a una gran edad. ¿Qué me irá a pasar? Solo Dios lo determina. Pero me ha preservado, y mientras yo tenga modo de servir, lo haré. Pero ya cuando mis otros compañeros digan: “No, realmente ya no estás en capacidad de hacer esa labor”, pues me quito. Todos los días le pido al Señor perdón por cualquier cosa en que lo haya ofendido, que tenga misericordia de mí.