En las selvas de San José del Guaviare, donde murieron por lo menos 48 personas en combates entre disidencias de alias Iván Mordisco y alias Calarcá, desde hace 13 días está prohibido salir de las casas. Hay más de 900 personas confinadas, sin alimentos, sin agua potable, con un precario suministro de energía eléctrica y con temor de que los caminos estén sembrados de minas antipersonas.

La escuela La Siberia, desde entonces, no ve un solo niño. Sus últimos visitantes fueron los alzados en armas, que la dejaron convertida en un improvisado hospital de guerra. La sangre se ve por todas partes; en el suelo, algunos instrumentos quirúrgicos. Es un escenario espeluznante.

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Eso hace pensar a las autoridades que combatientes al servicio de alias Calarcá están provistos de por lo menos una persona que ejerce la enfermería.

Bajo sus órdenes, el miércoles 27 de mayo, algunos de los disidentes pasaron por las precarias casas exigiendo que les entregaran sábanas, toallas, algo para improvisar apósitos y atender a sus heridos o camillas y sacarlos de la zona.

En su retirada, los combatientes dejaron los cadáveres de sus caídos. Algunos en inmediaciones de la escuela, otros en la manigua de esa espesa selva del suroriente colombiano. Los lugareños, cuando los fusiles dejaron de sonar, los fueron amontonando uno a uno hasta contar los 48. Se comunicaron con las autoridades para que fueran a recogerlos y se internaron nuevamente en sus casas.

Solamente salieron el jueves, 28 de mayo, dos días después, cuando una comisión humanitaria de la Defensoría del Pueblo, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de San José del Guaviare fueron a buscarlos. Para llegar hasta la zona de los combates, recorrieron unos 140 kilómetros a través del río Guaviare en varias lanchas que los lugareños llaman voladoras. Seis o siete horas de viaje.

Al toparse de frente a algunos pobladores solo hubo un saludo, buenas tardes, seguido de un absoluto silencio. Los primeros sabían a qué iban, los segundos a que estaban obligados. En el territorio están a la deriva de esos dos grupos armados ilegales. Se guarda silencio.

Los cadáveres fueron embolsados, rotulados y apilados en las voladoras por los bomberos para que fueran llevados al casco urbano de San José. Otra vez seis o siete horas de viaje. No hubo tiempo para una debida inspección forense. La guerra esperaba de nuevo. Los fusiles volvieron a sonar y no han cesado.

De lo que pasó en esos sangrientos combates poco se habla. El terror cierra la boca de quienes lo vivieron. Solamente una declaración ha podido ser rendida ante las autoridades, que han socializado el tema en extrema precaución en un consejo extraordinario de seguridad realizado en la Alcaldía de San José y en un Comité de Justicia Transicional. Lo más importante es cuidar a quien se atrevió a contar.

La población aledaña al lugar de los combates no ha podido salir desde que ocurrió la masacre de 48 personas. En la zona hay una alta presencia de grupos armados al margen de la ley. Foto: LEÓN DARÍO PELÁEZ-SEMANA

La fuente les reveló que el domingo 24 de mayo hacia la 1:30 p.m., combatientes al servicio de alias Iván Mordisco fueron arribando de a poco a la escuela La Siberia. Un lugareño les pidió que se fueran, que por favor no le hicieran daño a la comunidad. Su respuesta fue que simplemente iban a realizar una operación en esa zona.

El martes, 26 de mayo, cuando ya eran más de 200, se desató la hecatombe. La fusilería comenzó a sonar. Los gritos, los hijueputazos, el dolor. Los lugareños se resguardaron, mientras los combatientes se enfrentaban de una manera tan cruel, que los primeros minutos del choque ya había más de 14 muertos apilados en la escuela. Era un trofeo de guerra. Los acumularon ahí, dicen en la zona, para que se supiera quién era el vencedor.

Tres horas después, los de Iván Mordisco, al ver cómo caían uno a uno, tuvieron que replegarse. El aula de clases fue tomada por la facción de alias Calarcá para atender a sus heridos, pero el miércoles en la tarde tuvieron que marcharse.

Un día después, por medio de un comunicado, Calarcá dio su parte de guerra: sus combatientes, del frente Isaías Carvajal, eran cien, estaban pernoctando cuando fueron asaltados por 250 bajo el mando de Iván Mordisco.

Según Calarcá, su enemigo sufrió 50 bajas y varios heridos y su estructura armada dos y solamente dos de sus combatientes fueron heridos. Además, secuestró a una mujer, a la que llamó prisionera de guerra y cuya suerte se desconoce.

En la zona se habla de que los heridos de parte de Calarcá pueden ser más, incluso los muertos. Hay testimonios que indican que una mujer, una cabecilla, a la que llaman la Negra salió malherida y que parte de la sangre que aún hay en la escuela de La Siberia y los instrumentos quirúrgicos fueron usados para tratar de salvarla.

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Algunos combatientes de Calarcá abandonaron la zona con un arsenal que era de los muertos: cuatro ametralladoras recuperadas, 49 fusiles entre R-15 y AK-47, dos fusiles Dragunov, cientos de proveedores y más de 10.000 cartuchos de diferente calibre.

Otros se fueron con los heridos y posiblemente con algunos cadáveres. El rumor en la población señala que pueden ser 12 y que los habrían sepultado en un cementerio clandestino que ese grupo armado tendría en Puerto Cachicamo, en la Macarena.

Iván Mordisco, comandante de la Segunda Marquetalia. Foto: AFP

En el Guaviare son claras las razones por la que pelean esas dos facciones disidentes de las FARC: el control del negocio del narcotráfico, de las rutas por las que ingresan insumos para la elaboración de la cocaína, por donde entran hombres para alimentar la guerra y por donde sale la droga.

Cada kilo de base de coca está costando entre 2,6 y 2,8 millones de pesos (menos de 800 dólares), dinero que destinan para la compra de armas, de drones con los que se modernizó la guerra, para atentados terroristas como los cometidos por estructuras de Mordisco en Cajibío, en el Cauca.

También para mover la mayoría de combatientes. Algunos, como han documentado las autoridades, llegan del Cauca, otros del Urabá antioqueño. Arriban a San José del Guaviare en buses de turismo y a pesar de que son requeridos por las autoridades, poco o nada se puede hacer. No registran antecedentes, no llegan armados y tampoco con material de guerra como uniformes, botas o insignias. Simulan ser campesinos que van a trabajar la tierra.

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Otros son menores reclutados por la fuerza. Medicina Legal estableció que de los 48 cuerpos apilados después de los combates del 26 de mayo, 11 eran de menores de edad. Los cadáveres fueron trasladados a Yopal, a Villavicencio y a Bogotá.

Precisamente a la sede de esa entidad en el centro de la capital llegó el de Daniela Mucutuy Valencia, prima de los hermanos Mucutuy, quienes sobrevivieron 39 días en las inhóspitas selvas del Guaviare luego de que el avión en el que iban con Marcela, su mamá, se cayera hace tres años.

Daniela fue reclutada por el frente Carolina Ramírez cuando tenía 16 años, junto a su hermana, también menor de edad. La guerra ya cobró sus vidas. Y desde San José del Guaviare elevan un clamor al gobierno nacional para que cese el abandono. Se sienten a la deriva, no quieren ver cómo llegan buses cargados de jóvenes para sumarse a la guerra.

Pero temen que esto seguirá pasando. En el último consejo extraordinario de seguridad, celebrado el pasado lunes, algunos asistentes sintieron que funcionarios del Ministerio de Defensa y de MinInterior maltrataron al personero municipal, cuando reclamó por una acción justa que permita un momento de paz. Para tranquilizarlo tuvieron que pedirle que se callara. Y sobre el tema no se habló más.

Mientras los combatientes de Iván Mordisco y de Calarcá se siguen disparando y más de 900 personas siguen confinadas, Elda Lini, la mamá de Daniela Mucutuy Valencia, busca la manera de regresar con el cadáver de su hija a la selva, a la Araracuara, para abrir un hueco y enterrarla allí. De donde es su comunidad, los Muinane, aunque Daniela fuera mestiza. Una joven a la que las disidencias arrebataron de su comunidad para alimentar la guerra de los narcos.