Germán Vargas Lleras no era hombre de miedos. En su vida pública enfrentó la más peligrosa criminalidad y corrupción. Siempre apoyó la extradición de los narcotraficantes a las cárceles americanas y, como ponente del Estatuto Anticorrupción, diseñó mecanismos efectivos de extinción del dominio a los bienes de narcos, guerrilleros, paramilitares y corruptos.
Con su intelecto y disciplina, sumados a una elocuente oratoria, que, además, impactaba con su voz recia a senadores de todas las ideologías, quienes siempre le reconocieron sus condiciones como hombre de Estado, Vargas apoyaba con valentía, en el recinto de la democracia, a la fuerza pública. De hecho, era oficial de la reserva del Ejército. Fue implacable denunciando los crímenes atroces de la narcoguerrilla, quienes le respondieron con mortales atentados, de los que milagrosamente se salvó, aunque le volaron los dedos con una cobarde carta bomba.
Su disciplina y exigencia lograron ejecutorias sociales imborrables: más de 100.000 familias pobres obtuvieron una vivienda digna, llevó agua potable para decenas de miles de familias campesinas, modernizó la operatividad de más de 50 aeropuertos, también ejecutó el desarrollo de la infraestructura con 33 autopistas 4G. De esa realidad surgía el reconocimiento y admiración de la provincia colombiana por Vargas Lleras.
Colombia conoce la brillante hoja de vida y formación de quien dedicó la vida entera al servicio público. Pero quiero resaltar otras facetas de la vida del gran Germán Vargas Lleras.
En la época de colegio nos conocimos jugando un aguerrido baloncesto. A comienzos de los ochenta trabajaba los fines de semana con una miniteca, que alquilaba, cargaba e instalaba él mismo; sus equipos y luces disco, pesado material que llevaba en un poderoso taxi amarillo. Claro que, además del pago, en esas fiestas bogotanas siempre encontraba lindas ilusiones de juventud. Fue gran amante de la música, conocedor de autores y artistas; de ahí su profunda cercanía con Jaime Sánchez Cristo.
Nuestra amistad se fortaleció en la Facultad de Derecho de la Universidad del Rosario. Me hacía graciosas bromas por mi dedicación a las artes marciales, aunque en ocasiones recordaba la importancia que estas tuvieron en nuestra juventud.
Su pasión fue el mar: lector de muchos temas, pero los libros sobre el mar lo cautivaban. Era experto buceador en aguas profundas y disfrutaba pescar en mar abierto.
Muchas anécdotas vivimos juntos, pues, a pesar de no tener yo esas habilidades marinas, me convencía de que lo acompañara, y le producía burlona gracia verme mareado por el oleaje diciéndome: “Usted es todo un lobo de mar”.
Recuerdo con nostalgia su risa cada vez que yo repetía la historia de que casi me ahogo en su buceo por no soltar la boya para que la lancha nos ubicara cuando se acabara el oxígeno en plena corriente. O cuando el cercano Hammer chapoteaba exageradamente en el mar abierto y no entendíamos por qué. Después, graciosamente, nos contó que estaba buscando espantar a un buen tiburón.
Tenía amigos cercanos en todos lados de Colombia. Conocía la historia de cada región, su idiosincrasia, su música y su cultura. En la provincia lo querían, conocían sus expresiones y momentos. Era un verdadero privilegio de vida contar con su amistad y consejo.
Expresó siempre afecto por su Universidad del Rosario. Los tres Vargas Lleras, sus incondicionales hermanos, estudiaron Derecho en la histórica facultad.
Siendo ministro del Interior y Justicia, un día me llamó para que le recomendara dos abogados estudiosos, preferiblemente del Rosario, y que no pusieran problema por la dura carga laboral. Miré dentro de mis antiguos alumnos y le sugerí dos nombres: Luis Felipe Henao y Carlos Castro. Sus hoy brillantes carreras llevarán siempre el sello de la disciplina, el rigor académico y la vocación pública de Vargas Lleras, pero también del humanismo cercano de Germán.
Consentía y protegía a sus afectuosos perritos, que eran parte esencial de su hogar. Sufrió mucho, aunque nunca se victimizó ante los ataques y atentados, como cuando sus perseguidores le envenenaron sus pastores. Siempre le advertí de la cobardía y perversidad de sus enemigos, que eran los míos. Germán Vargas fue ejemplo de valentía, coraje y desafío.
Pero no más dolor. Mejor recordemos con gracia lo que se reía de sí mismo el día que recibió un regalo de un cercano amigo: un hermoso caballo que traía ya el nombre de Arrogante.
También desde joven tenía una fijación por la naturaleza. Cultivaba la tierra y cuidaba con esmero sus árboles. Vivía orgulloso de su bosque nativo, que paseaba disfrutando el olor del árbol recio, que se impone a nuestra fragilidad humana y nos recuerda lo bello que es vivir y disfrutar la vida con salud.
En Germán, escuchar la voz y cercanía de Clemencia, su hijita, su niña del alma, producía un repentino cambio en su fuerte expresión corporal, que se transformaba en evidente expresión de amor y ternura. Así aman los guerreros a los suyos.
Con el nostálgico The final Bell from Rocky, adiós, hermano mío.