Gustavo Bolívar, libretista y exsenador, publicó un escrito con motivo del fin del Gobierno de Gustavo Petro y el inicio de la administración del presidente Abelardo De La Espriella.

A través de un texto publicado en su blog y replicado en sus redes sociales, Bolívar comparó a los músicos del Titanic con el expresidente Petro.

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“Por esa terquedad que lo mantiene firme, siempre he pensado que Petro es como los músicos del Titanic. Nunca pierde la paciencia, nunca deja de hacer sonar tu voz por los que no tienen voz, nunca sucumbe, nunca deja de luchar y, aunque se ahogue, nunca deja de hacerse escuchar”, señaló.

Sin escribir una sola mención respecto a los múltiples escándalos de corrupción que se vivieron durante la gestión del expresidente Petro, el libretista prosiguió: “Duele que quienes creemos en su lucha sintamos que la esperanza fue derrotada, no en las urnas, sino en la sombra de las trampas”.

“Hasta siempre, comandante Petro. Descansa un poco porque, para quienes creemos en esta utopía, la tarea empieza hoy”, señaló Gustavo Bolívar.

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Este es el escrito del exsenador Gustavo Bolívar:

Petro, el último músico del Titanic

Hoy se fue Petro y no voy a fingir: una mezcla de sentimientos me invaden. Por un lado contento por la bofetada histórica que les pegó a quienes juraban que se perpetuaría en el poder, como lo hace hoy Bukele o como lo intentó Uribe, pero triste porque la trampa le cortó las alas a una causa por la cual luchó desde niño.

Cuánta falta nos harán sus luchas por la reivindicación de los pobres y sus discursos contra el cambio climático. Cuánta falta harán tus batallas contra el establecimiento.

Pero hoy no muere Petro. Quienes lo conocemos, sabemos que volverá. Él sabe que la tarea está a medio camino y no morirá tranquilo hasta verla concluida.

Por esa terquedad que lo mantiene firme, siempre he pensado que Petro es como los músicos del Titanic. Nunca pierde la paciencia, nunca deja de hacer sonar tu voz por los que no tienen voz, nunca sucumbe, nunca deja de luchar y aunque se ahogue nunca deja de hacerse escuchar.

Por eso unas semanas después de la derrota de 2018, al ver cómo se levantaba de sus cenizas para volverlo a intentar, encargué al pintor y escultor Jorge Duque, ya fallecido, un cuadro que el artista no entendió hasta que terminó de pintarlo y lo observó desde lo lejos. En él, los músicos del Titanic ya han caído al mar. El transatlántico apenas asoma su proa en el horizonte oscuro y estrellado mientras centenares de pasajeros se pelean por lograr un puesto de salvación entre los botes salvavidas.

Y como en la vida real, solo los ricos obtienen cupo.

El agua ya cubre a los músicos por completo, pero como Petro, nunca dejan de tocar, nunca se desesperan ante la adversidad, nunca huyen despavoridos, nunca dejan de respirar. Vivirán por siempre dentro de ese océano de esperanza sediento de justicia y su música y su voz llegarán a todos los confines de la Tierra, incluso a los pasillos ahora solitarios pero siempre alfombrados de la que fue su casa por cuatro años y a la que ahora llegará la oscuridad.

Años después, en mi casa de Bogotá, le mostré el cuadro de los músicos sumergidos en el mar sin dejar de tocar sus instrumentos y volvió a sonreír. Sabe que es uno de ellos. Y de esos no hay muchos en el mundo.

Por eso duele que quienes creemos en su lucha sintamos que la esperanza fue derrotada, no en las urnas, sino en la sombra de las trampas.

Duele porque durante cuatro años aprendimos a mirar a Colombia con otros ojos. Aprendimos a amar la diversidad. Aprendimos que la desigualdad no era una palabra de economistas, sino el hambre de un niño, la tierra negada a un campesino, la tristeza de un soldado enviado, contra su voluntad, a defender a quienes jamás pensaron en sus necesidades; la soledad de un anciano, la impotencia de una madre que no sabe cómo alimentar a sus hijos, la incertidumbre de un joven que no sabe qué será de su futuro.

Por pensar en todos ellos, gracias, presidente.

Gracias por enseñarnos que el Estado no debía arrodillarse ante los poderosos, sino inclinarse con decisión para levantar a los más humildes.

Gracias porque millones de campesinos volvieron a labrar su propia tierra. Porque millones de niños recibieron mejor alimentación y más tiempo al lado de sus madres. Gracias porque millones de adultos mayores dejaron de acostarse con el estómago vacío. Porque las madres comunitarias fueron dignificadas. Porque los estudiantes del Sena y los médicos residentes empezaron, por fin, a recibir una remuneración por su trabajo. Porque casi medio millón de jóvenes encontraron en la educación superior gratuita una oportunidad que durante décadas les fue negada. Gracias porque nuestros soldados recibieron mejor alimentación, mejores salarios y la posibilidad de estudiar y ascender. Gracias porque hoy un buque hospital, construido en tu Gobierno, recorre la costa Pacífica con profesionales y equipos capaces de salvar vidas. Un buque que quizá el oscurantismo dote con cañones para volverlo de guerra.

Con aciertos y errores —porque ningún ser humano está por encima de ellos— Colombia es hoy un país más justo, más consciente, menos desigual, menos pobre y, sobre todo, más humano que hace cuatro años.

Y eso ya nadie podrá arrebatárnoslo.

Millones de colombianos no podemos ocultar la tristeza de despedir a un presidente que se atrevió a hacer lo que muy pocos se atreven: enfrentar las mafias enquistadas en el Estado, desafiar intereses que parecían intocables y levantar la voz frente a las mayores injusticias del planeta, aun sabiendo que al día siguiente vendrían las calumnias, las amenazas, las sanciones, las promesas de extradición y los intentos por destruirlo.

En lo personal, gracias por confiar en mí. Gracias por permitirme dirigir una entidad desde la que dejamos andando más de 200 obras para los más humildes. Muchas ya están siendo inauguradas; las demás cambiarán la vida de miles de familias. Ese será, sin duda, uno de los mayores orgullos de mi existencia.

Pero, conociendo tu talante, sé que esto no es un adiós.

Hay hombres que llegan al poder para disfrutarlo, para servirse de él y ponerlo al servicio de sus intereses, estos son los enanos. Y hay otros que llegan para incomodar a los poderosos, para desafiar a quienes se creen dueños de las oportunidades y herederos del erario por designio divino, estos son los gigantes.

Tú fuiste de esos últimos.

Nunca aceptaste la comodidad del silencio. Nunca dejaste de pelear porque te amenazaran de muerte, porque intentaran encarcelarte, porque prometieran extraditarte o porque el establecimiento quisiera doblegarte.

Seguiste adelante. Siempre.

Por eso no puedo decirte adiós.

Hoy más de media Colombia está triste y muy pronto te va a extrañar. Te van a extrañar los campesinos, los jóvenes, las madres comunitarias, los adultos mayores, los soldados, los estudiantes y millones de personas que, por primera vez, sintieron que el Estado también les pertenecía.

Y más pronto que lejos, cuando empiecen a desmontar las reformas, cuando vuelvan a convertir en mercancías los derechos de la gente, cuando regresen los recortes y muchos descubran demasiado tarde el valor que tuvieron, ya no será media Colombia la que te extrañe.

Seremos muchos más.

Vuelve pronto, comandante.

Porque todavía no ha nacido otro capaz de enfrentar, al mismo tiempo, a tantos poderes corruptos sin renunciar a sus convicciones, capaz de soportar tanto odio por decir la verdad. Otro capaz de seguir caminando cuando todos esperaban verlo caer.

Hasta pronto, Gustavo Petro, esta no es una despedida porque los gobiernos terminan, pero hay músicos que siguen tocando cuando el barco ya se ha hundido.

Hasta luego porque las causas que despiertan la esperanza de un pueblo quedan latiendo.

Aquí estaremos esperándote para la segunda victoria, para la segunda transformación.

Hasta siempre, comandante Petro.

Descansa un poco porque, para quienes creemos en esta utopía, la tarea empieza hoy.