SEMANA: No venía a Colombia hacía 14 años. ¿Por qué?

YOLANDA PULECIO: Sufrí mucho con el secuestro de Ingrid. Tenía eso en mi corazón. Me costaba pensar que volvería a Colombia y que, de pronto, alguna cosa les pasara a mis hijas, a mis nietos. Y resolví quedarme allá.

SEMANA: ¿Cómo superó el miedo?

Y.P.: Un día resolví que tenía que venir a mi tierra; adoro a Colombia y verla de lejos, siempre de lejos, no. Miraba todo lo que salía de mi país y un día dije: “No, tengo que estar allá”. Ingrid está acá en Colombia. Y tenía que venir. Lo hago para atraer a mi familia a su tierra. Cómo vamos a dejar a Colombia como si no nos importara. Uno tiene a su país en el alma y no hay nada que hacer. Nadie se lo puede quitar.

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SEMANA: ¿Cómo veía a Colombia desde París?

Y.P.: Con problemas, desgraciadamente. Subía un presidente y decía: “Tal vez con este cambie el país”, pero no. Duele mucho. Este es un país tan divino, la gente es bella. Ahora que estoy acá me doy cuenta de la diferencia. Los franceses son diferentes a nosotros. De pronto, más distantes por su cultura e idiosincrasia. En cambio, en Colombia, extranjero o no, todo el mundo acoge a las personas. Aunque no niego que Francia nos ha dado mucho. En mi caso, los franceses me reconocen y me paran en la calle, me abrazan y me dicen: “Usted es la mamá de Ingrid”. No entiendo cómo Colombia, un país tan rico, tiene una pobreza tan grande todavía, que la gente no consiga dónde trabajar y algunos duerman en la calle. Veo que siguen viviendo personas en la calle. Hace 20 años, okey, pero que todavía exista, eso me duele en el alma.

Yolanda Pulecio dice que es de centroizquierda. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

SEMANA: ¿Cómo le parece el Gobierno Petro?

Y.P.: Al principio, me daba ilusión un cambio con Gustavo Petro, pero cambié mi posición. Se transformó. No sé qué le pasó, no me gustan ciertas actitudes, las cosas que dice en sus redes sociales. Me preocupa. Eso golpea al país. Y la corrupción me duele.

SEMANA: ¿Cómo ve la posible continuidad de la izquierda en el poder?

Y.P.: Soy de centroizquierda. Prefiero a la izquierda, pero ojo: estoy con la izquierda del siglo pasado. Me quedé con una izquierda que era la que soñaba, que quería justicia social. Pero esta está aliada con los narcotraficantes. Me decepcionó bastante la izquierda.

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SEMANA: Fue la persona más cercana a Luis Carlos Galán y se salvó de milagro del atentado. ¿Cómo es esa historia?

Y.P.: He tratado de olvidarla porque me duele. La reunión política era en Soacha, Cundinamarca; quería ir, estar allá. Recuerdo que me subí en un camión, en una camioneta; íbamos en la parte de atrás y saludaba a toda la gente cuando pasábamos. Había gente en las ventanas y balcones de sus viviendas. Cuando llegamos allí, la camioneta paró. Yo salté de la camioneta, iba de tacones y falda angosta, y, cuando caí, el tacón del zapato se volteó. Empecé a caminar incómoda, en punta, porque sabía que se me caería el tacón. Llegué a unas escaleras para subir a la tarima del evento; iba a subir donde ya estaba Luis Carlos, pero el tacón no me lo permitió. Se rompió, me caí y empezó la balacera. Me salvé porque me caí. Escuché los tiros y me quedé completamente agachada. Un amigo político, Diego Uribe, me dijo que nos quedáramos allá. Uno sentía todos los balazos y yo pensé: “Nos van a matar a todos, Dios mío”. Había visto a unos hombres subidos en los árboles y me pareció extraño. Había escoltas de Galán con gorros y zapatos blancos y me llamó la atención. Cuando Luis Carlos levantó los brazos, le dispararon y las balas le entraron por debajo del chaleco antibalas, que se le subió.

Yolanda Pulecio dice que le da miedo ver a su hija Íngrid de nuevo en la política. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

SEMANA: ¿Y usted qué hizo?

Y.P.: Me fui con él en la ambulancia. Pedían sangre y yo, inmediatamente, les pasé mi brazo y les dije: “Cójanla”. Soy O+. Se la pusieron. Lo acariciaba y yo decía: “Se va a morir, Dios mío, que le sirva mi sangre”. Fue un martirio. A Luis Carlos lo cambiaron de ambulancia y ese carro daba vueltas y vueltas, como si no quisieran llevarlo rápido. Cuando llegamos al hospital, ya estaba muerto. Seguí la camilla de Luis Carlos por el corredor del hospital y a mí me entregaron su argolla de compromiso y se la entregué a Gloria Pachón, su esposa.

SEMANA: Y la historia se repitió con Miguel Uribe Turbay en 2025.

Y.P.: ¡Qué horrible! Me impactó tanto la historia de Miguel Uribe, seguramente por el trauma de Luis Carlos Galán; sentí un déjà vu, como si esto ya lo hubiera vivido. Qué horror. Además, cuando secuestraron a Ingrid, Nydia Quintero, la abuela de Miguel Uribe, fue muy cercana porque a ella le habían secuestrado a su hija, Diana Turbay. Me apoyó en momentos muy difíciles. También el expresidente César Gaviria, porque a él también le habían secuestrado a su hermana, Liliana Gaviria.

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SEMANA: Ve a Ingrid de regreso a la política en Colombia. ¿Qué piensa?

Y.P.: Me da miedo. Mucho miedo. Por eso estoy aquí en Colombia. ¡Dios mío, que no le vaya a pasar nada! (Llora). Es un martirio para mí. Seguridad en Colombia, pocón.

SEMANA: Cada vez que Ingrid le decía que viajaba a Colombia, ¿qué pensaba?

Y.P.: Quiero que esté en Colombia, por un lado, pero, por otro, no. Es un problema. Yo sé que Ingrid puede hacer mucho por el país, pero también sé que está exponiendo su vida. Nosotras nos hablamos todo el día.

SEMANA: ¿A quién salió Ingrid tan valiente?

Y.P.: Yo era así, qué pena. Esa cosa política la heredó de mí. Ese es el problema. Yo sé qué heredó y digo: “Dios mío, la culpa es mía porque Gabriel, su padre, era menos político, un intelectual fabuloso que creó el Icetex”. Pero era yo a la que le gustaba estar metida de cabeza con la gente en la política. Pobrecito Gabriel. Era un mártir conmigo.

Yolanda Pulecio dice que cuando ve a los secuestradores de su hija Íngrid siente mucho dolor y tristeza. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

SEMANA: ¿Perdonó a las Farc tras el secuestro de su hija?

Y.P.: Le pedí a Dios que me ayudara a perdonar, que no es fácil. Es un punto muy importante para poder seguir, porque si uno vive resentido y odiando, no. No quiero tener esos sentimientos negativos. Quería perdonar. Ya perdoné. Pero no se debe olvidar.

SEMANA: Cuando Ingrid estaba secuestrada, usted tuvo varias decepciones, como Piedad Córdoba, quien decía que era su amiga, pero quería que a su hija la liberaran de última.

Y.P.: (Silencio). No quiero saber, murió para mí, no quiero volver a saber de Piedad Córdoba. Ella usó el dolor de nosotros para su interés político.

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SEMANA: ¿Qué siente cuando ve a los secuestradores de Ingrid Betancourt en el Congreso?

Y.P.: Mucho dolor, tristeza, angustia. Quiero perdonarlos, pero siguen haciendo daño. No quiero tener odios ni tener maldad por dentro. No soy como ellos.

SEMANA: Hoy tiene claro cómo logró sobrevivir al secuestro de Ingrid Betancourt.

Y.P.: Ay, sí. Tenía un dolor en el alma. Es que yo no dormía. Todas las noches durante seis años pensando a qué horas llamo para dejarle mensajes por la radio, a qué horas para que me pasen y que me oiga. No volví a dormir. Había un programa llamado La carrilera, a las 5:00 a. m.; me levantaba a las 4:00 a. m. para ser la primera en llamar y enviar mensajes por radio. Eran dos minutos. Preparaba por escrito para que no se me olvidara nada: noticias de sus hijos; le contaba las calificaciones del colegio, porque yo sabía que ella estaba pendiente. También le reportaba noticias de su exesposo y le decía: “Ingrid, cuando vuelvas no encontrarás tu hogar como lo dejaste. ¿Entiendes lo que te quiero decir?”. También las peleas con Álvaro Uribe.

Yolanda Pulecio confiesa que quiere que el país la recuerde como mamá Yolanda, recogiendo niños en la calle. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

SEMANA: ¿Qué piensa hoy de Uribe?

Y.P.: Dejé todo atrás. Se le debe a él la liberación de Ingrid a través de la operación Jaque. Cuando Uribe tomó esa decisión, ay, Dios mío, no me avisaron. Me informaron cuando ella estaba en el avión de regreso. Le agradezco que la sacara de allá.

SEMANA: ¿Qué tan parecida es a Ingrid?

Y.P.: Muy parecidas. En el ritmo de vida, en las cosas que nos gustan y las que no. Ingrid me regaña, por ejemplo, porque no como. (Risas). ¿Qué hago? No me dan ganas. No es por estar delgada, ya no, eso era antes. A los 90 años, ya qué diablos. Y me piden que haga más ejercicio, que camine más, pero me cuesta mucho.

SEMANA: ¿Cómo está su salud?

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Y.P.: Perfecta, porque como poquito. Como lo que necesito. Nada más. Un día, hace varios años, me miré en el espejo y me pregunté: ¿Esa gorda soy yo? Me vi una cola y dije: ‘no’. Desde ese día empecé a comer poquito.

SEMANA: Fue una de las primeras mujeres en votar en Colombia.

Y.P.: Cuando salió la ley, dije: “¿Cómo así que las mujeres no podemos votar? ¿Esto qué es?”. Fui a las mesas de votación, de primera, llegué al amanecer. Tenía como 19 años. Y también fui una de las primeras en divorciarme; en la época fue escándalo. Me tocó enfrentarlo. En la vida todo me ha tocado enfrentarlo, porque ¿qué hacemos? Nos han criticado. Una de las razones por las que no quería venir a Colombia obedece a que, cuando Ingrid estuvo secuestrada, algunas personas me agredían en la calle, me escupían, me empujaban, me pegaban con el paraguas, porque pedía por la liberación de mi hija. ¿Cómo podía ser la gente así si solo reclamaba la libertad de mi hija? Llegaba a un sitio y me querían pegar. Y... eran las mujeres, era lo que más me dolía. Increíble. Por cierto, cuando fui senadora, ayudé a tramitar el Código del Menor y la creación del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Las mujeres también sabemos ser solidarias y velar por los niños. ¡Cómo no entender que una mamá luche por su hija!

SEMANA: ¿Cómo quiere que el país la recuerde?

Y.P.: Como mamá Yolanda, recogiendo niños en la calle. Y es por eso que existo todavía. No es por otra cosa. Dios, gracias. Un día, cuando vivía en Chapinero, en la 57 de Bogotá, salí y había un jardín y debajo de los árboles se movía un periódico. Lo arranqué y había un niño dormidito. Era muy chiquita, casi no pude, pero lo alcé y entré a la casa. Mi papá, que era médico, me dijo que me iba a infectar, porque en esa época todo era infección, ya que estaba muy sucio. Me puse furiosa y lo metí a la tina. Mi papá decía que era necia, fue una pelea. No me dio asco. También fui reina de belleza, Señorita Cundinamarca, y me abrió puertas. Germán Zea, exministro de Justicia, me entregó un sitio que había sido una cárcel, un edificio vacío, y construí un albergue con camas y colchones. Fueron los primeros 25 niños que recogí. El reinado fue rico, bailé mucho y todavía me fascina bailar.