Entre mediados del siglo XIX y del XX, numerosos ciudadanos europeos mediterráneos emigraron de sus países debido a las guerras y a la pobreza. Estados Unidos recibió, aproximadamente, a 35 millones de ellos; Argentina, siete; Canadá, seis; Brasil, cinco; México, cuatro. Y estas fueron, justamente, las naciones que tuvieron el mayor desarrollo de América.
Es decir, las migraciones pueden ser favorables al país receptor, como ocurrió en la propia Colombia si examinamos el avance en matemáticas, artes, comercio e industrias en manos originariamente de extranjeros. Los inmigrantes aportan saberes, llegan con espíritu de participación, pagan impuestos, aceptan integrarse, siempre con agradecimiento.
La preocupación actual del país es la llegada masiva de refugiados venezolanos a nivel de sobrevivencia. Se ha generado incertidumbre y miedo en los locales, sin mencionar los costos y problemas de inseguridad, pero también se debe a nuestra poca experiencia con flujos de extranjeros.
No se puede no recibirlos, o no hacer nada, y dejar que se multipliquen como generación espontánea. Se precisan programas, como lo han hecho en otras naciones frente a llegadas intensivas de personas, para que su presencia aporte al desarrollo nacional por regiones. Ante la locura que arriba del país vecino, le corresponde a Colombia la difícil tarea de introducir un mínimo de racionalidad.
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Nos afecta de Venezuela su desgobierno, lo que allí acontece parece más la repetición de un filme catastrófico donde impera el caos, como la película Escape from New York (1981), dirigida por John Carpenter, o las narraciones de la Guerra del fin del mundo, cuando Mario Vargas Llosa intenta una literatura delirante para describir los infiernos de una sociedad que dejó de ser gobernada.
Todo se acaba mientras se achica la vida y aumenta el dolor de un pueblo atortolado en busca de alguna salida. En 2018 se superará en Colombia el millón de refugiados. De acuerdo con el Banco Mundial, el cierre de los países vecinos y los deterioros internos sugieren que en los próximos seis meses la migración podría duplicarse. Entre 2 y 3 millones de nuevas almas en pena veríamos caminando, tal vez sin destino, por nuestro territorio.
*Filósofo y semiólogo.

