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| 12/4/2018 12:00:00 AM

Las bodas de plata del Puerto de Cartagena contadas por Juan Gossaín

El cronista conversó con el gerente del puerto para reflexionar sobre estos 25 años de crecimiento.

Las bodas de plata del Puerto de Cartagena contadas por Juan Gossaín El cronista Juan Gossaín y el gerente del Grupo Puerto de Cartagena, Alfonso Salas Trujillo. Foto: HECTOR RICO S./ GRUPO PUERTO DE CARTAGENA

“Un hombre es lo que su obra es”

En cualquier sitio de Cartagena, cuando alguien menciona el nombre del capitán Alfonso Salas o a la Sociedad Portuaria, uno siente la sensación inmediata de pensar que ambos son la misma cosa. Como si fueran sinónimos.

En mi caso, cuando me encuentro con el Capi, y me siento a conversar con él, como me ocurre en esta tarde venteada de noviembre, mientras las primeras brisas veraniegas soplan sobre el mar, de manera instantánea vienen a mi memoria los dos extremos: mis abuelos y mis nietos. Mis abuelos simbolizan aquellos años del viejo puerto administrado por el gobierno, el célebre “terminal marítimo”, y mis nietos la era moderna y lo que viene ahora, el futuro que nos aguarda, las nuevas tecnologías, el advenimiento de la Cuarta Revolución Industrial.

Estamos sentados en el balcón y veo pasar, al fondo de la bahía, un crucero festivo lleno de pasajeros que están llegando a Cartagena de Indias, “bien nacida y bien nombrada”, como escribió Meira Delmar en aquellos versos hermosos. En el camino los viajeros se cruzan con un barco chino que viene del otro costado del mundo, cargado de mercancías. Junto a ellos navega una chalupa de pescadores que lanzan al aire su atarraya y se abre en el aire, como si fuera una flor o la sombrilla de una muchacha.

El poder de la educación

Como tengo la impresión de que mucha gente ya no se acuerda, vale la pena recordarles ahora que se llama Alfonso Salas Trujillo y es capitán de la Armada de Colombia. Lo que pasa es que en estos 25 años el mundo entero se acostumbró a llamarlo el capi Salas, de manera cariñosa y familiar, desde el mar de Japón hasta los puertos de Hamburgo.

–El desafío no es el pasado –me dice de entrada–. Nuestro desafío es el futuro. El mundo está cambiándolo todo a unas velocidades frenéticas.

Y entonces entrecierra los ojos y se pone a recordar. “Si usted mira bien”, agrega, “verá el enorme crecimiento que ha tenido la clase media. La educación fue la que aumentó las oportunidades de la gente”.

Más la tecnología

Le pido que me diga, como pionero y gerente del Grupo Puerto de Cartagena, cuál es el valor que la educación le agrega a una persona.

–Más que pobres o ricos –me responde–, la verdadera diferencia está en los niveles de ignorancia. Eso es lo que limita las oportunidades de una persona.

–Y hoy día –le insisto–, ¿cuál es la clave? ¿La tecnología o el talento?

–La clave consiste en juntar las dos cosas –dice, sin dudarlo–. Una no sobrevive sin la otra: el talento más la enseñanza. El talento es el comienzo, el arranque; es el campo de cosecha, pero la educación es la riqueza que se le siembra al talento. Es el abono que lo fertiliza.

La ética y los valores

Guarda silencio un instante. Luego se acomoda en la silla. Y concluye:

–El progreso tecnológico solo se logra con gente educada y preparada.

Con esa mezcla formidable que dan los años de la vida y los de la experiencia, me gustaría que el capi Salas expusiera sus reflexiones sobre la revolución tecnológica que estamos presenciando y los principios éticos.

–La cuarta revolución industrial está de moda a nivel global –me contesta–: la innovación, la identificación oportuna de objetivos, la era digital. Pero nada de eso sería posible si no fuera por los valores humanos: la ética, la educación, la disciplina, la constancia. Los valores son la clave de todo. La ambición desbordada, que viola la ética, es la base de todos los problemas empresariales.

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Estos 25 años

En este punto de la conversación me parece que ha llegado la hora de comparar los dos puntos cardinales: el pasado y el presente. Lo que fue y lo que es. Ayer y hoy.

–Cuando empezamos en 1993 –explica el Capi, con aire risueño– los barcos más grandes que llegaban eran de 300 contenedores. Hoy son de 14.000. Nos estamos moviendo a unas velocidades que nadie hubiera sospechado. Todo cambió: el comercio, los barcos, la tecnología y hasta las regulaciones por parte del Estado. Lo que quiero decir es que la cultura del comercio marítimo cambió por completo en estos 25 años.

Se queda pensativo. Luego prosigue:

–Aún así, ese no es el cambio más importante que hemos experimentado. Es el factor humano, el entrenamiento adecuado, la educación apropiada lo que permite volver realidades las estrategias.

En dos palabras

El capitán Alfonso Salas me dice que lo importante, la verdadera clave, “está en la voluntad, la pasión, el optimismo y el compromiso con lo que se hace. No está en el computador”.

Esa mezcla prodigiosa de educación tecnológica y principios éticos es lo que, a lo largo de estos 25 años, le ha permitido a la Sociedad Portuaria Regional de Cartagena convertirse en uno de los establecimientos marítimos más importantes del mundo, hasta el punto de haber ganado nueve veces el premio como mejor puerto del Gran Caribe.

–Déjeme decírselo en pocas palabras –concluye el Capi–: si usted no educa, usted no avanza.

Principio y fin

Ya vamos terminando. Y, para darle un vuelco a esta conversación, le pido que me cuente sus recuerdos del comienzo, cuando la idea de un puerto moderno en la bahía de Cartagena parecía una quimera, un sueño imposible, una ilusión perdida.

–Siempre pienso en los que creyeron cuando nadie creía –me dice–: Hernán Echavarría Olózaga, Aníbal Ochoa, Manolo del Dago, Álvaro Díaz, que era aquel visionario de la Flota Mercante Grancolombiana, el pionero del puerto hermano llamado Contecar. Luego me confiesa que con frecuencia, cuando está solo, recuerda con emoción a sus compañeros, empezando por los trabajadores más humildes, “los que han estudiado en estos años han progresado”.

Y, cuando nos levantamos para despedirnos con un apretón, se le vienen a la mente Rodolfo de la Vega, el gran cronista de la vida portuaria, y también el ejemplo de superación de Mauricio Franco, la lucha incansable de Karina Kure por la educación de los trabajadores, el esfuerzo de Eduardo Bustamante por darle al puerto las tecnologías más modernas del mundo, las campañas de Ángela María Sánchez por la ética y los valores espirituales.

En ese preciso momento miro por encima del hombro del capitán y veo, allá en el fondo, otro crucero festivo que está haciendo su entrada. A lo mejor es el futuro, que ya está llegando…

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