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| 11/17/2017 10:00:00 AM

¿Por qué Juan Gossain no quiere salir de su balcón en Cartagena?

Este sábado 1 de junio, Cartagena de Indias cumple 486 años de fundación, a propósito de este acontecimiento, Semana revive una crónica escrita por el reconocido periodista Juan Gossain, con la que le contesta a sus amigos por qué hace años no viaja y por qué todas las tardes sale a caminar por el malecón de la bahía.

Juan Gossain explica porque le gusta tanto la bahia de Cartagena ¿Por qué Juan Gossain no quiere salir de su balcón en Cartagena? Foto: Archivo SEMANA

Van siendo casi las seis de la mañana. Como estamos en verano, la primera luz del alba, antes de salir el sol, es muy clara y gracias a ella puedo ver que por el paseo peatonal vienen los caminantes del amanecer. Son camaradas unidos por la vida en la bahía. No sudan mucho, la verdad sea dicha, es más lo que hablan que lo que caminan y, como si fuera poco, se detienen a tomarse un tinto en la rotonda de La Caracucha.

Pasan cantando las cotorras que vienen de los confines de Caño de Loro. Ahora que lo pienso bien, no creo que vayan cantando sino conversando entre ellas. Son comadres que van chismoseando de la vida ajena.

A esa misma hora me levanto de la silla en que estoy escribiendo, salgo al balcón, como hago todas las madrugadas, y me siento a contemplar el espectáculo incomparable del amanecer que revienta como una rosa sobre el Caribe, por encima de Mamonal, más allá de los cerros. El agua del mar se pone roja y amarilla. Largos corredores de luz llegan hasta la orilla. Mi alma queda renovada. Estoy listo para empezar el día.

En ese preciso momento pasa volando una bandada de gaviotas, tijeretas y alcatraces. Van todos juntos, en pacífica convivencia, en busca del desayuno. El mayor asombro es que hay hasta un gallinazo que cierra la fila. Trabajan unidos y se ayudan entre ellos. Yo he visto en la bahía a una tijereta que comparte su pescado con la hermana gaviota. Ojalá algún día los seres humanos se aprendan esa lección.

El alcatraz encabeza la marcha, con el pecho erguido y la cabeza en alto, con una elegancia conmovedora, sin mover las alas, planeando en el aire, como un barrilete que baila al vaivén del viento. Alguna vez escribí que el alcatraz no es un pájaro; el alcatraz es un barco que vuela.

Poco después, cerca de la calle tachonada de grandes piedras amarillas, pasan las primeras barcas de pescadores. Junto a ellas navegan los cardúmenes de sardinas que rizan el agua mientras caminan como si estuvieran en la pasarela de un concurso de belleza. La bicicleta del vendedor de pan se asoma en la esquina, golpea su caja con una varita y llegan las señoras que vienen a comprarle.

Hay que volver al trabajo. Vuelan las horas como las cotorras. Y a las cinco de la tarde salgo a dar mi caminata vespertina por el borde de la bahía. Pasan a mi lado las muchachas hermosas que trotan azotando su cola de caballo al aire. Ancianos tomados de la mano, una dama de anteojos que desde su silla de ruedas saluda sonriente a todo el mundo, los muchachos turistas que regresan de pasar el día en las Islas del Rosario y cantan en coro.

Frente al Parque Navas, en el muellecito hecho de tablas, el ‘Cali’ se gana la vida saludando señoras y dándoles la mano para que bajen de los botes. Van llegando ya las seis de la tarde, es la hora del crepúsculo y entonces regreso a mi casa. Al fondo, imponente en medio del mar, está la Virgen de los Navegantes. Es el instante que los campesinos de esta tierra llaman bellamente “la sobretarde”, poco antes de que caiga la noche.

Vuelvo al balcón, le doy vuelta a mi silla y quedo al revés de lo que estaba en la madrugada. Porque este es el único milagro del universo que se repite dos veces al día. Ahora veo en el otro extremo del mar, sobre la ciudad antigua, la hora precisa del ocaso. El sol, que tiene cara de cansado, se mete a bañarse en el mar para después irse a dormir.

Miro al fondo, allá donde termina la punta de Castillogrande, y veo que acaban de encender la luz del faro que se levanta sobre el Club Naval. Entonces junto las manos, cierro los ojos y quedo en paz con la vida.

Mensaje final a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos: ustedes se pasan la vida preguntándome por qué hace años que no viajo, por qué no quiero salir de mi balcón, por qué todas las tardes salgo a caminar por el malecón de la bahía. Esta crónica es mi respuesta.

*Periodista.

*Esta crónica fue publicada por Semana el 17 de noviembre de 2017.

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