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| 2/22/2020 1:51:00 AM

2020: el centenario de Obregón, Negret y Grau, artistas y precursores

Este año marca 100 años de nacimiento de los pintores Alejandro Obregón y Enrique Grau, y del escultor Édgar Negret. SEMANA repasa características y conexiones artísticas de tres hombres que marcaron el arte del siglo XX en Colombia.

2020: cien años de Alejandro Obregón, Enrique Grau y Édgar Negret El artista que más influenció el arte colombiano en el siglo XX, Alejandro Obregón, tocó temas ambientales y de realidad nacional, como 'Violencia' (1962), su obra maestra. Foto: archivo revista semana
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En la historia del arte colombiano, los apellidos Obregón, Grau y Negret son sinónimo inequívoco de expresión, identidad, exploración y cambio. Por eso, representan una parte intemporal de la cultura nacional. A su manera, y en distintos grados, estos tres colombianos ‘modelo 1920’ dejaron una estela que aún late y ejercieron una poderosa influencia en la escena nacional.

Pero no lo hicieron solos. En la modernidad del arte colombiano se sumaron artistas, hombres y mujeres, como Eduardo Ramírez Villamizar (nacido en 1923), Guillermo Wiedemann (1905) e integrantes de generaciones posteriores que incluyeron a Feliza Bursztyn, Fernando Botero, Luis Caballero, Beatriz González y otros más.

Sobre por qué esos artistas fueron y son aún tan relevantes en el panorama artístico nacional, el pintor David Manzur le dijo a SEMANA: “Alejandro Obregón fue el aporte del concepto emocional con una expresión que influyó en muchos artistas. Édgar Negret fue el aporte cerebral con una elegante geometría con la que se permitió congelar emociones. Ambos fueron, indudablemente, la entrada a la modernidad de Colombia”. Sobre Enrique Grau añadió: “En su obra reflejó gran parte de la cultura del siglo XX. No solo fue un gran pintor, sino un amante del cine, la música, la literatura y cuanta posibilidad le brindó su época, y todo le sirvió para el estilo tan definitivo que nos dejó en sus cuadros”.

Cada uno de estos creadores tuvo sus propias técnicas, periodos y exploraciones. Pero además de una amistad, compartieron detalles anecdóticos más allá de su año de nacimiento: los tres crecieron en Colombia (Obregón nació en España y Grau en Panamá, pero vinieron muy jóvenes), en su periodo de formación tuvieron la oportunidad de salir del país y luego, a su regreso, consolidar su expresión. Como otra coincidencia, el curador e investigador Halim Badawi anota que “en un momento fueron protegidos de la crítica de arte colombo-argentina Marta Traba, por entonces residente en Colombia, aunque eso es más una anécdota histórica que una relación formal entre sus obras”.

SEMANA se propuso celebrar a la generación de 1920 repasando su huella, sus conexiones y su relevancia.

Obregón: mirada adelantada

Nacido en Barcelona y fallecido en Cartagena en 1992, Alejandro Obregón es quizás el artista colombiano más influyente del siglo XX. Así lo piensa el curador Eduardo Serrano, para quien el artista tuvo una evolución muy premonitoria del arte en Colombia.

Serrano asegura que Obregón comenzó como un pintor moderno y llegó a hacer cubismo como Cézanne, una figura que lo influenció poderosamente. Después de ese periodo vinieron “los cóndores, las iguanas, los alcatraces, las mojarras, las barracudas, con los que convirtió su pintura en un símbolo de identidad nacional e identidad latinoamericana. Los animales que él pinta son los animales de América Latina, e hicieron de su trabajo una especie de referencia a la identidad nuestra. Con los volcanes también hizo una especie de paisajismo en ese momento”.

Una biografía de Obregón escrita por Germán Rubiano Caballero alimenta la información en la página cultural del Banco de la República. El texto menciona su cambio de técnica como un punto de no retorno para el pintor. Para Rubiano, cuando Obregón decidió abandonar el óleo —que consideraba obsoleto— y pasó al acrílico, jamás logró darle a sus obras posteriores “el misterio y la fuerza de sus óleos anteriores a 1966”.

Por el contrario, para Serrano, desde ese momento su obra se volvió más moderna, más luminosa, pues apeló a ráfagas de pintura espontáneas de un lado a otro. “Obregón siempre mantuvo la representación del mundo real de sus trabajos, pero con el acrílico reapareció la figura humana en su pintura, mujeres muy bellas en sus autorretratos”. El curador aclara que antes, en 1962, el pintor ya había hecho su famosa Violencia, una obra que influenció a muchísimos artistas en Colombia y demostró que no era ajeno a lo que pasaba en en país en su mirada y sus intereses temáticos.

Serrano señala tres temas fundamentales que Obregón persiguió con su obra: la identidad cultural (por medio de estos animales, los volcanes…), la inutilidad de la violencia, que materializó en los retratos de Camilo Torres, el Ché Guevara y el ya mencionado Violencia (que muchos consideran su obra máxima), y la supervivencia del planeta. Adelantado a su tiempo o, mejor, lector de las señales de lo evidente, al final de su vida Obregón se dedicó a hablar de los desastres en la Ciénaga y de lo que sucedía (y sigue sucediendo) en el planeta gracias a los descuidos de la humanidad. “En ese sentido, él predice lo que va a pasar en el arte colombiano contemporáneo, muy dado a las responsabilidades sociales y éticas. Y eso él lo planteó primero que nadie”.

Al respecto, Esteban Jaramillo, director de la Galería La Cometa, anota que Obregón fue un artista en todo el sentido de la palabra al lograr una libertad plena a través del trazo y del color. “Esa libertad generó una escuela más abierta y más contemporánea del arte en los años cuarenta y cincuenta especialmente. Además, fue un rebelde que en su momento llegó a ser decano de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Se tomó la decanatura en un acto de protesta y rebelión con el apoyo de sus compañeros”.

Negret: precursor del espacio

1) -Arriba izquierda- Con sus reconocidos cóndores, iguanas, alcatraces y mojarras, Obregón marcó una identidad artística tanto colombiana como latinoamericana.

2) La naturaleza modular de las esculturas de Negret es hipnótica. Aquí, el artista junto a su obra Luna. A la izquierda, su obra Sol. 

Jaramillo no titubea al describir a Édgar Negret (1920-2012) como un precursor del espacio por su manera de involucrarlo y de apropiarse del mismo con su obra. Es imposible hablar de Negret y no mencionar que después de salir de su natal Popayán y estudiar en Cali, llegó a Nueva York y todo cambió. Allí entró en contacto con estos dispositivos que la gente obedecía y definían si paraba en una calle o si continuaba —los semáforos—, un hecho trascendental en su trabajo artístico. “Después de haber trabajado y experimentado mucho en su educación y su academia, ahí comenzó con la serie de ‘Aparatos mágicos’. Él buscaba una independencia, una identidad y un lenguaje a partir de los aparatos mágicos”. Serrano añade que en una etapa de descubrimientos en la que el hombre ya miraba a la Luna como unobjeto de conquista, el éxtasis que le produjo la tecnología a Negret explica su apología de la máquina.

Al respecto del conjunto de su obra, Jaramillo destaca también cómo, al doblar una lámina metálica, Negret logra una armonía, una belleza, una poesía y un lenguaje único y universal. Pues todo su trabajo nace a partir de la América precolombina. Entonces después se inspira en Machu Picchu, en trabajos cósmicos a través de esculturas prehispánicas.

Serrano destaca varios aportes universales de Negret a la escultura. Primero, la manera de hacer sus obras, que a primera vista parecían complejas, pero “desde el punto de vista técnico en realidad eran muy simples, módulos que se repetían uno a través del otro”. El otro aporte casi respondió a una preocupación entre los grandes escultores de la historia del arte: mostrar las esculturas por dentro y por fuera. Mientras Henry Moore abrió huecos en sus esculturas de piedra y los constructivistas usaron el nailon, Negret se las ingenió para hacer esculturas apreciables exactamente igual por dentro que por fuera. “Él dobló el metal, lo arqueó, y de esa manera permite que el ojo penetre la escultura, vea la forma por fuera y por dentro. Eso es un aporte a la historia del arte impresionante, maravilloso”, sentencia.

Grau apeló en su obra a diversas formas y técnicas. Incursionó en pintura, muralismo, escultura televisión y cine. Su espontaneidad fue esencial.

Por su parte, Badawi anota que Negret no tiene relación estilística ni con Obregón ni con Grau, pues contó con otras influencias “más bien relacionadas con el constructivismo, con el arte geométrico, con el escultor inglés Henry Moore o con el vasco Jorge de Oteiza. Las referencias que Negret hizo al mundo amerindio o al universo mítico fueron más contundentes y evidentes que las de los otros dos”.

Grau: crítico polifacético

Pintor, escultor y más, Enrique Grau supo retratar a la sociedad en la que vivía y criticarla hábilmente con un tono que no generaba rechazo. Aquí, dos obras que se pueden ver en Bogotá: la pintura La pintora y la escultura Rita 5:30 p. m.

Pintor, dibujante excelso, muralista, escultor y también hombre de televisión y cine, Enrique Grau (1920-2004) fue uno de los artistas más polifacéticos y relevantes del siglo XX en Colombia.

Eduardo Serrano anota que fue más cercano al modernismo y, si bien tuvo un periodo abstracto cubista en los años cincuenta, al tiempo con Obregón, “Grau se resolvió hacia una critica a la sociedad colombiana a través de sus mujeres emperifolladas, llenas de aretes, terciopelo y encajes”. Entre las muchas cualidades de su obra, Serrano recalca el sentido social que adquiere al denunciar la superficialidad de la sociedad colombiana, el oropel, la fastuosidad, los abanicos. “Además, engorda a las señoras ricas que critica. Pero no como Botero. La de Grau es una gordura más creíble”.

Así pues, desde su estética propia y métodos que fueron ampliando y afinando en contraste con sus experiencias en el extranjero y su experiencia colombiana y latinoamericana, estos tres precursores contemporáneos le abrieron una puerta al arte en Colombia y, a la vez, lo proyectaron en el mundo. “El arte contemporáneo colombiano no hubiera podido existir sin ellos. Porque es que el arte tiene que tener una historia y una coherencia. No se puede inventar arte contemporáneo si no hay una historia, y ellos son parte esencial de esa historia”, concluye Jaramillo.

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