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| 1/6/2018 10:15:00 PM

“Nunca un momento histórico me había aterrado tanto”

Carolin Emcke escribió ‘Contra el odio’, un aplaudido libro que reflexiona sobre por qué crecen los autoritarismos y el rencor en el mundo contra el otro, el diferente, sea inmigrante, judío, negro o gay. Estará en el Hay.

entrevista a Carolin Emcke “Nunca un momento histórico me había aterrado tanto” “Nunca un momento histórico me había aterrado tanto”

El año pasado recibió un particular premio de paz, el que otorgan los libreros alemanes a los autores de publicaciones que piden o buscan una salida a diferentes conflictos. Carolin Emcke lo merecía por sus ensayos y, especialmente, por Contra el odio, un libro que describe los peligros de los nacionalismos y autoritarismos que crecen en el mundo. Emcke estará presente por invitación del Goethe-Institut Colombia, como una de las invitadas de honor, en el Hay Festival de este año, del 25 al 28 de enero en Cartagena. SEMANA habló con ella.

SEMANA: Las redes sociales, según usted, catapultan al odio. ¿Por qué si parecen una buena herramienta?

CAROLIN EMCKE: Facebook o Twitter están programadas con algoritmos que benefician a quien suba su nivel de agresividad, y por eso las redes son cada vez más violentas. Durante la Primavera Árabe fui optimista: pensaba que serían un instrumento de emancipación y que conectarían gente que de otro modo estaba aislada. Pero algunos no entendieron que esto es público y escriben como si lo que publicaran fuera privado y nadie los leyera. Así, en cierta forma, desapareció la frontera sobre lo público y lo privado, y entre lo que uno puede decir y lo que no debe decir. Y lo peor es que regímenes y movimientos políticos usan las redes como instrumentos para esparcir propaganda negra y mentira. Eso multiplica el odio.

SEMANA: Pero parecería que hoy está bien odiar a Trump, pero no a, por ejemplo, un negro o a un gay…

C.E.: Lo aceptable es el sentimiento de inconformidad política o social de los excluidos o los estigmatizados. Pero las sociedades hoy no solo se están fragmentando, sino que están creando atmósferas de resentimiento, una lógica de ellos contra nosotros.

SEMANA: ¿Se puede hablar de que un tipo de odio pueda ser más peligroso que otro?

C.E.: No. Cuando hablo de odio me refiero a la emoción en caliente de destruir a alguien, de atacar al otro. Un tipo de sentimientos que están en muchos lados. En la misma Colombia ustedes lo han visto, pues vivieron una guerra civil impulsada por odio.

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SEMANA: ¿Por qué el fanatismo y su discurso de odio han crecido tanto?

C.E.: Estamos experimentando, particularmente en Europa, el resurgimiento del fanatismo y su dogma de la pureza. Algunas personas, grupos y movimientos reclaman hoy el regreso a lo que llaman una nación pura, una cultura pura o una religión pura, como si eso hubiera existido alguna vez. Uno puede verlo en los movimientos de derecha extrema, en los movimientos populistas o incluso en los movimientos islamistas radicales (como Isis). Detrás hay una narrativa facilista que divide.

SEMANA: ¿Estos fenómenos identitarios o nacionalistas podrían desembocar en un movimiento como el de los nazis?

C.E.: En este siglo, Alemania es el último país en donde emergieron estos movimientos neonacionalistas, populistas o de derecha radicales. Aquí hay una oposición fuerte a ellos: hay leyes muy estrictas que prohíben cierto tipo de lenguaje, hay una cultura de la memoria y se entiende que necesitas reflexionar sobre los crímenes del pasado, que no puedes negarlos, que tienes que enseñar sobre la violencia si quieres una sociedad realmente democrática.

SEMANA: ¿Cómo encaran las nuevas generaciones alemanas el pasado de su país?

C.E.: Tengo mucha confianza en que los alemanes aprendimos de nuestra historia y todavía tengo mucha confianza en las instituciones. Mi generación aprendió que tenemos que asegurarnos de que siga existiendo la Europa plural, donde los judíos, los musulmanes, los cristianos y los agnósticos pueden vivir juntos.

SEMANA: ¿Y en otros países del mundo?

C.E.: No creo que veamos un movimiento como el de los nazis, pues surgieron en un contexto muy particular. Ahora sí hay un aumento de regímenes autoritarios, no fascistas, pero sí autoritarios, nacionalistas y también diría racistas, pensando en Trump. Si uno mira a Estados Unidos, Turquía o Rusia, hay una tendencia antiintelectual o antiiluminación: atacan a los científicos y a los intelectuales. Además, los regímenes de Putin y Trump son chauvinistas. Nunca un momento histórico me había aterrado tanto.

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SEMANA: El científico Steven Pinker presenta cifras en las que muestra que ahora somos menos violentos y vivimos mejor. ¿Cómo entender esto en un contexto de odio y violencia creciente, como usted afirma?

C.E.: Yo podría sacar las cifras en Alemania, por ejemplo, y decir que hay un incremento en la violencia de los movimientos de derecha. Uno siempre debe mirar cada contexto particular, un solo caso de violencia que se presente es tan grave como muchos. Así que no puedo quedar satisfecha con mirar cómo era el mundo hace 200 años, sino que hay que abordar las estructuras que engendran la violencia hoy.

SEMANA: ¿Cómo entender que a veces los antixenófobos, animalistas o pacifistas resultan tan o más violentos como la misma violencia que combaten?

C.E.: Esa es una pregunta complicada. El tema, de fondo, es cómo pelear contra la opresión, cómo pelear contra la violencia, cuáles son los instrumentos y medios correctos para resistir. Esa es una discusión filosófica muy vieja: si uno tiene el derecho de usar violencia contra una tiranía o contra un régimen dictatorial. Yo trabajé como reportera de guerra y vi muchas luchas que comenzaron como emancipación, o como luchas idealistas que solo usaban la violencia como un medio para acabar la opresión, pero que una vez estaban en el poder empezaron a oprimir a otros. Algunas veces la violencia aparece de la desesperación, de sentir que ningún otro medio sirve, y no lo digo para justificar, sino para tratar de explicar por qué pasa.

SEMANA: Usted dice que somos una sociedad hipocondriaca…

C.E.: Las diferencias culturales, religiosas, físicas o sexuales hoy no son percibidas solo como diferencias; muy a menudo son percibidas como amenazas. Eso es lo que yo describo como hipocondría: mirar la diferencia como algo defectuoso. El discurso político actual siempre parece sugerir que de alguna forma la diferencia infecta. Todo el discurso del Frente Nacional francés, de los partidos de derecha en Europa,o de Trump siempre sugiere que de alguna forma la identidad propia va a quedar socavada o subvertida por los diferentes.

SEMANA: También dice que el odio no aparece de repente, sino que se cultiva. ¿Cómo contrarrestarlo?

C.E.: El odio necesita un objeto, una ideología que afirme que otra persona u otro grupo vale menos, que en realidad no es un ser humano, que es alguien a quien se puede lastimar, herir, criminalizar o matar. Una sociedad debe eliminar las formas que estigmatizan o ridiculizan al otro. Los maestros en las escuelas pueden pensar en cuál es el lenguaje que los chicos deben usar cuando hablan sobre los otros. En las iglesias, en los clubes, hay bromas y chistes pequeños que hacemos sobre los otros. Además, hay grupos que en la prensa y los libros de escuela son presentados permanentemente como si valieran menos: los indígenas, los refugiados, etcétera.

SEMANA: En Colombia el país está polarizado a raíz del fin del conflicto: entre los que hablan de perdón y olvido para los guerrilleros y entre los que hablan de penas severas. ¿Qué opinión le merece este caso?

C.E.: Colombia debe encontrar un sentido que los involucre a todos nuevamente: hay que pensar en cómo reconciliar el dolor de todos aquellos que perdieron a alguien, cómo reconciliar a la gente que no tiene ningún poder simbólico o social con los que lo tienen. El tema de la memoria es clave: deben buscar la manera de permitirle a la gente expresar su dolor, su pena, y de que algunos (de todos los lados del conflicto) puedan lidiar con la culpa del pasado. Y buscar la manera de tener un futuro común. Esa es una tarea dura.

SEMANA: ¿Y usted nunca ha odiado? ¿Quién la ha odiado?

C.E.: Yo creo que no tengo talento para odiar (risas). Me puedo enojar, me puedo enfurecer, como cualquier otra persona, porque soy humana, pero no odio. La gente que odia no logra nada. Y sobre si la gente me odia... Yo soy gay, peleo por mis derechos y me imagino que mucha gente odia lo que soy y que pelee por esos derechos.

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