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| 5/26/2019 12:30:00 AM

'Los dioses decapitados', o cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico.

En 'La edad de la penumbra', la historiadora Catherine Nixey lanza un planteamiento polémico y lo sustenta de manera cautivante.

Luis Fernando Afanador reseña 'Los dioses decapitados' en SEMANA Catherine Nixey estudió Historia Clásica en Cambridge y actualmente es periodista cultural en The Times.

Catherine Nixey

La edad de la penumbra

Taurus, 2019

317 páginas

En 2016 vimos con horror por televisión las escenas en las que el Estado Islámico decapitaba en Palmira (Siria) una colosal estatua de Atenea del siglo II. Pues bien, esa misma estatua había sido reconstruida porque en el siglo IV los cristianos le habían hecho lo mismo por considerarla ‘un ídolo’: la decapitaron y le cortaron los brazos. Algo parecido hicieron con las figuras del gran frontón oriental del Partenón, en Atenas: las arrancaron y, luego, construyeron una iglesia cristiana con sus restos. Peor lo que pasó con el templo de Serapis –un dios mitad griego y mitad egipcio–, considerado “el edificio más maravilloso en la Tierra”, por sus pasillos, sus columnas y sus extraordinarias estatuas: “En el 392 d. C. un obispo, con el apoyo de una banda de cristianos fanáticos, lo redujo a escombros”. La destrucción no solo se enfocó en estatuas y edificaciones, también quemaron libros y sobrescribieron sobre ellos, mataron personas, las persiguieron y las obligaron al exilio. El cristianismo destruyó el mundo clásico o, por lo menos, lo intentó. “El cristianismo, en definitiva, se levantó sobre la sangre de miles de inocentes y sobre las piedras del mundo clásico”. En todo caso, no fue un tránsito apacible, como nos habían hecho creer. Tal es el planteamiento polémico –la novedad– de la historiadora Catherine Nixey en este libro.

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La destrucción duró varios siglos, el mismo periodo de la cristianización de Roma. Cuando el emperador Constantino se convirtió al cristianismo –año 313–, solo el 10 por ciento de los habitantes del imperio eran cristianos. Y en 200 años ya casi no quedaban paganos. Entretanto, habían acabado con miles de monumentos y, con –nada menos–, ¡la Biblioteca de Alejandría! “Quemar libros era algo aprobado, e incluso recomendado, por las autoridades de la iglesia. ‘Buscad los libros de los herejes… en todos los lugares –advertía Rábula, el obispo sirio del siglo V–, siempre que podáis, traédnoslos o quemádlos en el fuego?’”. Es cierto que se preservó mucho, pero fue más lo que se destruyó. Solo un 10 por ciento de la literatura clásica ha sobrevivido hasta la era moderna y, en el caso del latín, la cifra es peor: apenas el uno por ciento.

¿Y qué hay de la persecución de los romanos a los cristianos? En efecto, fue un tiempo terrible que empezó con Nerón. Sin embargo, para Catherine Nixey, hay algo de exageración y de glorificación. Los mártires dan lugar a relatos dramáticos: “No es tanto que los romanos quieran matar como, en mayor medida, que los cristianos quieren morir”. Orígenes, el autor del primer cristianismo, reconoce que “el número de mártires era tan pequeño que resultaba fácil contarlos y los cristianos solo habían muerto por su fe”.

El cristianismo, una ideología que creció dentro del Imperio romano, se tomó el poder desde adentro y, una vez lo obtuvo, eliminó con eficacia otras ideologías. Los romanos no eran precisamente liberales. Cuando tomaban una ciudad podían ser brutales y, en la guerra, despiadados. Pero Cartago, por ejemplo, supuso un peligro para su existencia. “El cristiano no se enfrentaba a ninguna amenaza existencial: era una ideología persiguiendo a otra hasta acabar con ella”, dice Nixey. Es la misma tesis desarrollada por Edward Gibbon en su célebre Decadencia y caída del Imperio romano: parte de la culpa de la caída de ese imperio se debe al cristianismo.

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Más allá de sus planteamientos incómodos –recordemos que la obra de Gibbon fue prohibida por la iglesia–, La edad de la penumbra es un libro cautivador, plagado de historias y de anécdotas, sobre Pompeya, la vida cotidiana en Roma, los poetas latinos, el médico Galeno y la matemática Hipatia, de Alejandría. Comienza y termina con el relato del exilio del filósofo ateniense Damascio, el último responsable de la Academia de Platón, expulsado por el emperador Justiniano en el año 529. “El cristianismo contó a las generaciones posteriores que su victoria sobre el viejo mundo fue celebrada por todos, y las siguientes generaciones lo creyeron”.

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