No se trata de un cliché. Si algo demostró, a lo largo de su fructífera vida, Luz Stella Rey Córdoba fue, justamente, eso: personalidad. Gran personalidad.
Como mujer de teatro, a lo largo de casi toda su vida, pareció más proclive a moverse más entre las bambalinas que en el escenario.

No siempre fue así. Sus años de juventud en Cali, donde nació en 1934, fueron para el ballet clásico. Rápidamente empezó a abordar todas las expresiones del movimiento: el folclor, la danza moderna, no con superficialidad, sino con rigor profesional. Muy pronto se dio cuenta de que era necesario, más allá de la práctica, estudiar, leer, profundizar e investigar, hasta convertirse en fundadora del Ballet de Bellas Artes de Cali, una empresa en la que tuvo la suerte de contar con el apoyo del célebre bailarín y coreógrafo italiano Giovanni Brinati, quien fue, además, su maestro. No es una exageración afirmar que ambos fueron figuras decisivas en la profesionalización del ballet y la danza en Cali y un ejemplo para todo el país.
Esos años la enriquecieron, porque le permitieron concebir la necesidad de integrar la danza, en todas sus vertientes, con las artes escénicas. Por eso, todo lo que tuviera que ver con la cultura despertaba primero su curiosidad y luego el deseo de aprender, con el furor de una estudiante.

Así nació el personaje de Luz Stella Rey, Doña Luz, como solían llamarla afectuosamente sus subalternos y algunos de sus amigos.
Para nadie fue una sorpresa su nombramiento como directora del Teatro Municipal de Cali. Tampoco que, durante su gestión, el teatro viviera años de intensa actividad artística y se lograra la ampliación de sus instalaciones.
En 1990 llegó a Bogotá para ocupar la dirección del Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán, cargo que desempeñó durante un par de años, hasta ser nombrada directora de la joya de la corona de los teatros de Colombia: el Colón de Bogotá.

Gracias a su experiencia y conocimiento, fue la pionera en la profesionalización de la dirección y administración de los teatros en el país.
Bueno, esos fueron sus años, digamos, gloriosos. Tuvo la suerte de contar, especialmente, con el apoyo, por ejemplo, de Ramiro Osorio, primero como director de Colcultura, después como primer ministro de Cultura de Colombia. Ese apoyo fue decisivo para la realización de toda clase de temporadas: teatro, música y, desde luego, ballet.
Esta es, a grandes rasgos, su biografía. Hubo más.
Directora de teatros y salvadora del Colón
Luz Stella Rey fue quien profesionalizó la dirección de los teatros en Colombia, una labor que tradicionalmente se encargaba en el país, sobre todo en Bogotá, a personalidades ajenas al mundo del arte.
Como artista que había sido, y seguía siendo, empezó a tomar todas las medidas necesarias para manejar el complejo mundo del espectáculo: los artistas, los empresarios exigentes, el personal de trabajadores, el público, con absoluto rigor.
Manejar un teatro profesionalmente, como lo hizo, no tuvo nada que ver con la idea de algo glamoroso: su día a día era otra cosa. Llegar en la mañana, enfrentar la rutina, mirar el desarrollo de los ensayos, supervisar la realización de los espectáculos y, cuando bajaba el telón, después de la medianoche, seguir al mando para evitar incendios. Incendios, la mejor palabra para recordarla.
Como conocedora que era de la historia de los grandes teatros del mundo, sabía perfectamente del riesgo permanente de terminar los teatros convertidos en cenizas.
No bien posesionada en el Colón, impartió la orden de eliminar las ceras en el mantenimiento de los pisos: “No es solo el peligro de que un artista se resbale; eso ya es grave, gravísimo. Es tener el edificio con material combustible por todas partes. Mientras yo esté en la dirección, está prohibido utilizar velas o pólvora en el escenario”, decía con autoridad. No hubo poder humano para que transigiera.

La Doña Luz, terca, muy terca, se obsesionó con la necesidad de que el Colón contara con un sistema de alarma para prevenir incendios. Le tomó años convencer al Ministerio de Cultura para conseguirlo. En noviembre de 1999, cuando se preparaba la realización de un concierto con los pianistas Teresa Gómez y Frank Fernández, se desató un incendio en los altos del teatro, en la entonces llamada Sala Mallarino, un pequeño teatrino donde se presentaban espectáculos de formato reducido, frecuentemente utilizado para marionetas. Se dispararon las alarmas y, en cuestión de minutos, los bomberos sofocaron el incendio.
El concierto se canceló. A las ocho de la noche, en su oficina, rodeada de un grupo de allegados, se alegraba de su insistencia, de su terquedad. Con ese acento caleño, que jamás perdió, repetía: “Mirá, esto al final no fue nada. ¿Te imaginás yo de directora de unas ruinas?”.
Directora de teatros, periodista, gestora, ceramista, lectora, viajera incansable, amante del cine, del teatro, elegante y muy hiperactiva; no hubo una sola faceta de la cultura que no le interesara.
Inicialmente, podía parecer demasiado seria y profesional en extremo. Pero era apenas una fachada. En realidad, cuando bajaba esa especie de barrera, era de una calidez asombrosa, generosa, buena conversadora y con un agudo sentido del humor; el humor de la gente muy inteligente y culta. Excepcional madre, mejor abuela y gran amiga.
Claro que dejó un legado en la cultura colombiana. Y, de paso, un heredero que honra su memoria: su hijo, el dramaturgo y escritor –para solo citar dos de sus oficios– Sandro Romero Rey.
