OPINIÓN

Claudia Varela

La madre perfecta

La verdadera enseñanza no está en no cometer errores, sino en cómo los manejamos.
10 de mayo de 2026 a las 9:45 a. m.

Mi amiga Ana está muy clara. No quiere ser madre. Yo que creo que me excedo del promedio nacional con tres hijos, me sorprendí sin juzgarla y le pregunté por qué sonaba tan segura.

Anita me respondió con toda la convicción que ella sentía que no podía “compartir” su tiempo y su energía que ya estaba en su trabajo, su entrenamiento y sus perros. De alguna forma, me confesó que era egoísta y por eso prefería su vida cómoda actual. La miré con admiración y cariño y la felicité por su decisión tan madura. Tener un hijo es una responsabilidad enorme y si hay alguna duda, considero perfecto abstenerse.

Luego, conversé con otra amiga que está feliz porque es su primer día de la madre oficial. Me decía que estaba plena pero que la maternidad ahora se siente como intentar correr una maratón mientras se hace malabarismo con juguetes de bebé. Tiene toda la razón, aunque no siento que sea solo en los últimos años. Desde que las mujeres salimos de la casa a trabajar, hay más presión para las madres y otras dinámicas para los hijos.

Hoy pareciera que vivimos en la era de la ‘hipermaternidad’, donde si no estamos estimulando el desarrollo cognitivo de nuestros hijos, alimentándolos con productos orgánicos y manteniendo una carrera impecable —todo con una sonrisa y sin ojeras—, estamos fallando. Cuando mis hijos eran pequeños y los llevaba al pediatra, eran felices de escarbar en la bolsa de dulces y gomitas al final de la consulta. Ahora ya no hay dulces y los médicos preguntan si le pueden dar un sticker. A mí me gustaba la magia de ver la goma de colores en la carita sonriente de mis niños, pero las cosas van cambiando.

De otro lado, la culpa se ha convertido en la sombra de las mamás que hacemos de todo. Nos sentimos culpables por trabajar demasiado, pero también por no estar lo suficientemente presentes; por perder la paciencia tras un día agotador o por desear, aunque sea un minuto, un espacio donde nadie nos necesite. Hemos comprado la idea de que existe un manual invisible para ser la madre perfecta, y nos castigamos cada vez que la realidad no encaja con la foto editada de las redes sociales.

Sin embargo, en ese afán de alcanzar un ideal externo, olvidamos algo fundamental; los hijos no necesitan madres impecables, necesitan madres reales. Madres que acompañen con una sonrisa, un abrazo, una palabra y no necesariamente un plan de acción para ser el mejor estudiante de la clase.

La verdadera enseñanza no está en no cometer errores, sino en cómo los manejamos. Cuando nos permitimos meter la pata, cuando pedimos perdón a nuestros hijos porque nos equivocamos o cuando les mostramos que también estamos aprendiendo, les estamos dando una lección de resiliencia mucho más valiosa que cualquier perfección fingida. ¿Recuerdas alguna vez dónde te hayas disculpado con tu hijo o hija porque te equivocaste con ellos?

Ser una mamá feliz en este mundo tan exigente hoy, nos pide soltar el control y aceptar que la imperfección no es una falta de amor, sino una prueba de nuestra humanidad. El sacrificio no debería ser nuestra identidad, sino la capacidad de integrar quienes somos con quienes queremos formar como adultos amorosos y felices.

Si es cierto que la capacidad de sacrificio es enorme en una madre. Obviamente debemos regularnos, pero ser mamá es un acto de amor, generosidad, flexibilidad y aguante. Ser mamá es algo que llena el alma y la vida, pero claro que tiene su sacrificio.

Y es que al final del día, después de las dudas y el cansancio, ocurre algo mágico. Para un niño, su madre no es evaluada bajo estándares de instagram ni indicadores de productividad. Para ellos, esa mujer que los abraza, que los escucha y que está ahí —con sus aciertos y sus miedos— es la medida de todas las cosas.

He llegado a la conclusión de que la búsqueda de la ‘madre perfecta’ es una batalla perdida porque, afortunadamente, ya ha sido ganada por otra persona. Para cada hijo, no existe una figura ideal porque la madre perfecta es, sencillamente, la propia. Feliz día de las madres a todos esos corazones amorosos e imperfectos que decidieron ser mamás.