Eran otros años y un contexto muy diferente: el fútbol inglés dominaba la escena europea. En las últimas seis ediciones de la Copa de Europa (actual Champions League), los clubes británicos habían llegado en cinco oportunidades a la final y se coronaron campeones en cuatro. La mitad de estos títulos le correspondían al Liverpool de Bob Paisley, aquel mítico estratega inglés que es recordado por el impresionante palmarés que consiguió de la mano Terry McDermott, Ray Clemence, Phil Neal y el escocés Kenny Dalglish.
En temporadas anteriores, Paisley y sus dirigidos obtuvieron cuatro ligas inglesas y dos Copas de Europa después de vencer al Borussia Monchengladbach en 1977 y al Brujas de Bélgica en 1978. El predominio del equipo de Anfield era evidente y su entrenador no se esforzaba en ocultarlo, llegando a hacer declaraciones impregnadas de triunfalismo y sarcasmo.
“Eso sí, he estado aquí durante los malos tiempos, un año quedamos en segundo lugar”, fueron sus palabras una ocasión.
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De esta forma, en 1981, los ‘Reds’, después de clasificar a la máxima competición del viejo continente por ser campeones del fútbol inglés y superar las rondas eliminatorias que incluyeron un arduo enfrentamiento en semifinales contra el Bayern Múnich de Karl-Heinz Rummenigge, llegaron a la final que los puso cara a cara contra otro gigante del fútbol mundial, el Real Madrid.
Comenzando la década de los ochentas, la Casa Blanca gozaba de un momento dulce a nivel local, alcanzando la mayoría de los campeonatos posibles en tierra ibérica, pero su sequía continental ya completaba los quince años. La última vez que los madrileños habían levantado el trofeo fue cuando Paco Gento comandó la escuadra que venció por 2 a 1 al Partizan de Belgrado en un partido disputado en el Stade du Heysel de Bruselas en 1966.
Acostumbrados al triunfo, como ha sido una constante a lo largo de su historia, los seguidores blancos consideraban esta final como la oportunidad perfecta para levantar su séptimo trofeo. Poco les importaba que tuvieran al frente a uno de los mejores equipos de la historia. Sin duda, el mejor de esos tiempos. No se imaginaron que su espera se prolongaría 27 años más, ya que se verían superados aquella noche de mayo.
El estadio destinado para recibir a ambos clubes fue el Parque de los Príncipes de Paris. Más de 48 mil espectadores llenaron las graderías para presenciar un encuentro cerrado que se caracterizó por ver a un Real Madrid replegado, apostándole al contragolpe y los errores que pudiera cometer su adversario.
Vujadin Boskov, técnico del cuadro español, planteó un juego conservador debido al poder ofensivo de los ingleses que tenían entre sus filas al goleador del certamen, Terry McDermott. Para ello, delegó en José Antonio Camacho, defensor por la banda izquierda, y Vicente del Bosque, parte del tridente en la media cancha, la responsabilidad de mantener el orden y la precaución dentro del terreno. Los dos jugadores, décadas después y ya en el retiro, ocuparon el cargo de seleccionadores de su país.
Los 90 minutos comenzaron como se esperaba. Liverpool tomó las riendas del partido y a través de la posesión del balón se acercó al arco defendido por Agustín Rodríguez. Sin embargo, no hubo claridad en muchos de sus ataques y poco o nada inquietaron al cancerbero español. Los intentos de marcar de media distancia de Graeme Souness y Kenny Dalglish no implicaron mayor cosa.
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En la segunda mitad, el Real Madrid se sacudió un poco y estuvo muy cerca de marcar el gol inicial. El defensa, Rafael García, se descolgó por derecha y pasó la pelota a Antonio García que la filtró, milimétricamente, entre los defensores para dejar a Camacho solo frente al arco rival. Ray Clemence, portero del Liverpool, salió en un intento por disminuir las posibilidades del jugador madridista que se perfiló con su zurda para marcar. Todo indicaba que sería la ventaja para el conjunto blanco, pero Camacho en vez de impactar de forma certera o tratar de sobrepasar la humanidad de Clemence, decidió hacer una vaselina.
El alma volvió al cuerpo de los seguidores británicos cuando vieron que la pelota cogió vuelo y no descendió sino hasta después de superar el vertical. El Liverpool no concedió más licencias a su contrincante y emprendió la búsqueda del triunfo.
Fue así que los ‘Reds’ se volcaron al ataque y por diferentes medios trataron de marcar. Pese a los múltiples esfuerzos de los habilidosos del plantel, el gol llegaría en los pies de un defensor.
En un saque lateral a favor del Liverpool surgió la jugada que rompería la paridad y convertiría en héroe a un inesperado. El elegido por el destino fue Alan Kennedy, quien había llegado tres años atrás al conjunto rojo, proveniente del Newcastle, y aún no se afianzaba entre los once inicialistas.
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Keneddy recibió la número cinco y superó a un rival antes de patear certeramente. Rodríguez se inclinó al lado opuesto y la pelota ingresó con fuerza al arco que albergaba a sus espaldas a todas las personas que viajaron desde Inglaterra para alentar con el clásico “You’ll Never Walk Alone”. La algarabía se desató y fue cuestión de minutos hasta que el referí sentenció en final.
Las cámaras capturarían a Phil Thompson, capitán del Liverpool, alzando la copa y los incansables gritos de un estadio que presenció una final que tardaría más de 35 años en repetirse, lo cual será hoy en la noche de la capital de Ucrania.
