Opinión

El deterioro de ríos y cuencas en Colombia: ¿cómo está afectando la vida cotidiana de las comunidades?

El deterioro del agua en Colombia refleja fallas estructurales entre salud y ambiente. Urge una gestión integral que combine ciencia, territorio y participación para regenerar lo que hemos perdido.

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Ricardo Lozano, director y fundador de People and Earth..
23 de marzo de 2026 a las 3:09 p. m.
Vivienda en la ribera del río Anchicayá, zona rural de Buenaventura. La comunidad afrodescendiente que habita esta área se encuentra cerca del afluente, afectado por el vertimiento de sedimentos.
Vivienda en la ribera del río Anchicayá, zona rural de Buenaventura. La comunidad afrodescendiente que habita esta área se encuentra cerca del afluente, afectado por el vertimiento de sedimentos. Foto: Luis Ángel Murcia/SEMANA

El problema del agua en Colombia no necesita grandes investigaciones para hacerse evidente. Basta con recorrer cualquier región del país para constatar cómo la deforestación, la minería ilegal, el mal manejo del suelo y las prácticas agropecuarias inadecuadas han transformado el paisaje y deteriorado las cuencas hídricas.

Día Mundial del Agua: de la crisis hídrica a la acción colectiva que necesita Colombia

Esta degradación no solo pone en riesgo los ecosistemas, sino también la salud pública, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de nuestras comunidades.

Uno de los aprendizajes más potentes de la pandemia fue la relación directa entre el deterioro ambiental y la propagación de enfermedades. Sin embargo, seguimos sin articular de forma efectiva los sistemas nacional de salud y ambiental.

Esta desconexión institucional es aprovechada por una estrategia de oscurantismo que promueve la ignorancia, esconde evidencia científica y banaliza la verdad a través de la inmediatez y el entretenimiento vacío.

Mientras tanto, se multiplican los discursos ‘verdes’ vacíos y la ciencia pierde espacio en las decisiones públicas.

Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido enfática: el acceso a agua potable no solo es esencial para la salud pública, sino también para el desarrollo económico y social de los territorios. A pesar de esta advertencia global, en Colombia se sigue ignorando la relación entre la calidad del agua y la salud de la población.

Un estudio de Sebastián Pérez Carrillo demostró que por cada punto porcentual que aumenta el índice de riesgo de la calidad del agua (Irca), se incrementa en más de uno la tasa de enfermedades como cólera, fiebre tifoidea o salmonella. Esta realidad exige planificación con evidencia, pero la política pública sigue atrapada en la reacción tardía y la improvisación.

No obstante, el país cuenta con ejemplos exitosos de gestión territorial del recurso hídrico. En el Macizo Colombiano, el río Atrato o las veredas de Antioquia, comunidades indígenas y campesinas han liderado procesos de restauración de cuencas y regeneración de ecosistemas a partir del conocimiento ancestral, el diálogo y la organización social.

Panorámica del río Atrato, en el Chocó, territorio clave para la conservación de ecosistemas hídricos en Colombia.
Panorámica del río Atrato, en el Chocó, territorio clave para la conservación de ecosistemas hídricos en Colombia. Foto: Natalia Botero

En Popayán, gracias a estas acciones, la ciudad no tuvo que imponer restricciones durante recientes crisis climáticas, a diferencia de otras capitales.

Construir sociedades ‘hidro-lógicas’ implica reconfigurar nuestra relación con el agua desde la corresponsabilidad.

Es urgente fortalecer los comités de cuenca, proteger las zonas de recarga de acuíferos, restaurar suelos erosionados e integrar el monitoreo hidrometeorológico en la gestión local. También debemos romper la fragmentación entre autoridades y fomentar planes de acción con indicadores claros, financiamiento y seguimiento.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha propuesto el concepto de “tenencia del agua” como una vía para reconocer derechos colectivos e individuales sobre el recurso, tanto legales como consuetudinarios.

Esta visión ayuda a prevenir conflictos y garantizar acceso justo. Pero en Colombia, estos derechos siguen sin implementación plena, dejando a comunidades vulnerables a decisiones arbitrarias o intervenciones inconsultas.

Además, necesitamos una estrategia clara de conocimiento y prevención. Durante el fenómeno de El Niño de 1997-1998, la coordinación entre el Ministerio de Ambiente y el Ideam, bajo liderazgo técnico y político, permitió prevenir una crisis.

Hoy, en cambio, se declaran emergencias sin sustento técnico, se ignoran los sistemas de alerta temprana y se debilitan las facultades científicas que podrían anticipar riesgos reales.

En contraste, programas como Hogares Ecológicos y Ecohuertas en Antioquia han demostrado que integrar saberes científicos y tradicionales permite mejorar la calidad de vida rural con soluciones sostenibles.

La potabilización veredal, el fortalecimiento organizativo y la restauración comunitaria son pilares de una gobernanza del agua con sentido territorial y humano.

Hablar de democracia hídrica no es hablar de votos, sino de equidad en el acceso, corresponsabilidad en el cuidado y participación en las decisiones.

No podemos excluir a las comunidades de los proyectos productivos, ni a las empresas de las políticas de conservación. La sostenibilidad exige diálogo entre actores diversos, sin imposiciones ni polarización.

Hoy, los programas científicos se debilitan, las facultades pierden estudiantes y las plataformas digitales premian el ruido antes que la verdad. Por eso es urgente defender el oficio de la ciencia, formar nuevas generaciones de hidrólogos, meteorólogos y gestores territoriales.

El agua no puede seguir tratándose como un problema técnico, sino como el corazón de la salud, la justicia y la vida colectiva.

En esta era de desinformación, cada ciudadano puede ser luz. Porque una sociedad que respeta el ciclo del agua es una sociedad que se cuida a sí misma.

Frenar la tragedia de los comunes empieza con decisiones cotidianas, con la conciencia de que regenerar el territorio es también regenerarnos como país.

Porque el agua no solo fluye en ríos: también circula en nuestras decisiones, nuestras prioridades y nuestras formas de habitar el mundo.

Apostar por una sociedad hidro-lógica es hacer del cuidado del agua un principio ético, cultural y político. Es entender que no hay sostenibilidad posible sin justicia hídrica ni justicia sin participación activa.

En este reto compartido, cada gesto cuenta: desde elegir líderes comprometidos hasta sembrar árboles, cerrar una llave o exigir transparencia. Regenerar el agua es regenerar la vida.