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Meghan Markle, Corinna Larsen y Wallis Simpson: las mujeres más odiadas de la realeza

Las explosivas declaraciones de la esposa del príncipe Harry estremecieron al Reino Unido. Contrario a lo que se podría pensar, más de la mitad en ese país consideran que su salida fue inapropiada.

La “entrevista devastadora” al príncipe Enrique y su esposa, Meghan, fue como “un bombardero B-52” descargado sobre el palacio de Buckingham, acusado de indiferencia ante las tendencias suicidas de ella y los pedidos de ayuda de él, e incluso de racismo hacia su hijo. Un año después de su estrepitosa salida de la realeza británica y su partida a California, la pareja pintó con estas confesiones, recogidas por la estrella de la televisión estadounidense y amiga personal Oprah Winfrey, un sombrío retrato de la monarquía británica.

“Fuera lo que fuera lo que la familia real esperaba de esta entrevista, esto fue peor”, afirmó The Times. “Meghan tuvo tendencias suicidas. Estaba preocupada por su bienestar psicológico. Lloró en un acto oficial. Y la familia real no ayudó”, agregaba el periódico, considerando que se trata de “acusaciones perjudiciales” para la institución. La historia, sin embargo, no es ajena. Estas tres mujeres

“La pareja cargó un bombardero B-52, sobrevoló con él el palacio de Buckingham y descargó su arsenal justo encima”, afirmó por su parte el canal británico ITV, que compró los derechos para retransmitir las dos horas de entrevista el lunes por la noche en el Reino Unido. Para la radiotelevisión pública BBC, “es una entrevista devastadora” que revela “las terribles presiones dentro del palacio” y dibuja “la imagen de individuos insensibles perdidos en una institución” tan perdida como ellos.

Meghan: ¿villana o heroína?

Meghan Markle en la entrevista de Oprah
Meghan Markle en la entrevista de Oprah - Foto: CBS

Capítulo a capítulo, la vida real imitaba el cuento de hadas. Meghan Markle, tan plebeya como la Cenicienta, enamoró a un príncipe británico tres años menor que ella. Con Harry vivió un noviazgo de ensueño, sellado en África bajo un cielo estrellado. Actriz, feminista y divorciada afro con antepasados esclavos, llegó a la realeza para darle un aire fresco de inclusión y vigencia en el siglo XXI. En mayo la pareja se casó bajo la mirada feliz de los británicos y el mundo, y todos vivieron felices y comieron perdices. O eso parecía, pues con el paso del tiempo el cuento de hadas se convirtió en una pesadilla.

Su estilo poco reservado y su tendencia a saltarse las tradiciones de la monarquía le generaron críticas de parte de la prensa y peleas con su familia política. Sobre todo con su cuñado, el príncipe William, futuro rey, a quien le molestaba su tendencia al activismo y a defender causas progresistas, que aunque suenan loables, van en contra de lo que debe hacer un miembro de la realeza: mantenerse neutral y no opinar para mantener la unidad de todos los ciudadanos de su país.

El divorcio con la prensa, la familia y el público inglés, que tanto la habían amado al inicio, se produjo en enero de 2020, cuando el príncipe Harry anunció que él y su esposa se apartaban de la familia real y de sus labores en la realeza, para dedicarse a vivir una vida independiente y lo más normal posible. Desde entonces, la crisis no ha abandonado a la familia de la reina Isabel.

Con lágrimas en los ojos, reconoció que llegó un momento en que “ya no quería vivir más”. Y aseguró que cuando dijo a la familia real que estaba sufriendo por la agresiva cobertura de los medios sensacionalistas británicos y que necesitaba ayuda profesional, le contestaron “que no sería bueno para la institución”.

Actualmente embarazada de su segundo bebé, que será una niña según anunciaron, Meghan, que es mestiza, también explicó que algún miembro de la casa real, “preocupado”, les preguntó “cuán oscura” sería la piel de su primer hijo, Archie. Harry quiso, sin embargo, dejar claro que no fueron ni su abuela, la reina Isabel II de 94 años, ni su abuelo, el príncipe Felipe de 99 años, actualmente hospitalizado tras ser operado del corazón, precisó el lunes Oprah Winfrey.

Puede leer aquí un análisis sobre el tema publicado en ese momento.

Wallis Simpson y el rey que no fue

Wallis y el duque de Windsor, quien alcanzó a gobernar como Eduardo VIII. Con su renuncia le dejó el camino libre al trono a Jorge VI, el papá de la reina Isabel.

Bessie Wallis Warfield era una estadounidense de la alta sociedad que durante el reinado de Jorge V conoció al príncipe de Gales y heredero de la corona, Eduardo, a través de una amiga común. En ese momento ella vivía en Reino Unido y estaba casada con el empresario angloestadounidense Ernest Aldrich Simpson. De ahí que fuera conocida como la “señora Simpson”.

Ella ya se había divorciado en 1927 del piloto militar Earl Winfield Spencer Jr., con quien estuvo casada 11 años. Pero nada de esto molestó a Eduardo, que, a pesar de haber sido un famoso mujeriego, se declaró absolutamente enamorado de Wallis. A tal punto, que cuando su padre Jorge V– murió y él subió al trono, en enero de 1936, informó a sus allegados que él planeaba casarse con ella apenas se resolviera su divorcio.

La noticia causó un enorme escándalo. Y no solo por un tema social. Como rey, Eduardo también se había convertido en la máxima cabeza de la Iglesia anglicana, una religión que no permitía a los divorciados volverse a casar. Se cree que el primer ministro Stanley Baldwin había amenazado con renunciar si el rey seguía adelante con sus planes de casamiento.

A pesar de tener al Gobierno, a la Iglesia y al público en contra, Eduardo rehusó poner fin a su relación. En cambio, tomó una de las decisiones que mayor impacto han tenido en la historia de la realeza: abdicó.

Corinna Larsen y una monarquía en crisis

Corinna tuvo una larga relación extramarital con Juan Carlos, pero la crisis vino a explotar años después, cuando se descubrió que él le había consignado una millonada en su cuenta de ahorros. - Foto: Getty images

El rey Juan Carlos conoció a Corinna Larsen en 2004, en un viaje de caza a una finca llamada La Garganta, ubicada cerca de Ciudad Real, en España. Ella tenía 39 años, iba como la relacionista pública del fabricante de armas que había organizado la cacería con varias personalidades famosas y aún usaba su apellido de casada, Zu Sayn-Wittgenstein. Como su marido era príncipe, ni corta ni perezosa se había quedado con el título y con el apellido después del divorcio.

En cuanto a Juan Carlos, a los 66 años, aún era el monarca de su país y uno de los miembros de la realeza más respetados de Europa. Hablaron porque el rey tuvo problemas para cargar su arma y ella, toda una experta, se ofreció a ayudarlo. El flechazo fue inmediato. Con las conversaciones telefónicas (él solía llamarla diez veces al día) y los viajes románticos se volvieron amantes.

Hoy, sin embargo, queda muy poco de lo que parecía una historia de amor verdadero. Juan Carlos salió humillado y exiliado hacia los Emiratos Árabes Unidos, envuelto en un grave escándalo de corrupción, mientras que ella tuvo que dar explicaciones a la justicia por la misma razón. Actualmente están enfrentados.

El meollo del asunto: depósitos superiores a 100 millones de dólares hechos por la realeza saudí que aparecieron en varias cuentas suizas a nombre de una fundación panameña, pero que los fiscales atribuyen al propio Juan Carlos. Más allá de la cantidad de plata (astronómica hasta para un rey en Europa), muchos creen que se podría tratar de lavado de dinero o pago de comisiones ilegales. Las autoridades tienen en la mira a Corinna porque de ese dinero, 65 millones de euros (76 millones de dólares) terminaron en una cuenta a su nombre. Puede leer el artículo completo aquí.

*Esta es una versión actualizada de un artículo publicado por SEMANA en 2020.