ARTE

La tierra de Sabaneta es de colores

Así lo descubrió Orlando Cano, un hombre que se dedica a crear arte con la tierra de las montañas y de la ciudad. La cineasta Daniela Abad conoció su historia.

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Daniela Abad*
23 de abril de 2019 a las 7:00 p. m.
Durante sus caminatas por Sabaneta Orlando Cano descubrió que la tierra de la región cambiaba de colores.
Durante sus caminatas por Sabaneta Orlando Cano descubrió que la tierra de la región cambiaba de colores. Foto: Jonny García.

Molto ritardando

En Medellín, una vez más, estamos en alerta roja. La ciudad amanece con una capa lechosa que parece niebla, pero es en realidad esmog, es decir, smoke y fog, neblina mezclada con humo: contaminación. No logro ver el horizonte.

Toco la puerta de la casa número 28, en el municipio de Sabaneta. Está abierta. Es una casa sencilla con un pasillo largo, al fondo un solar verde, un perro que pasea por ahí sin ladrar, un señor que trapea y hace que todo esté resplandeciente y huela a Fabuloso –a limpiador–, venciendo así el olor a hollín de los carros. Mientras espero, miro en la aplicación de mi celular la calidad del aire en esta “pequeña sabana”. Acá también están en alerta roja. No me salvo, pienso en comprarme una máscara antigases e intento respirar lo menos posible.

Al frente de la casa una mole amenazante de concreto, el Edificio Canarias, de más de 20 pisos, acecha la casita en la que estoy parada. Nunca he estado en islas Canarias, pero con seguridad no se parece a este horror. El señor que trapea me descubre y se acerca. Busco a don Orlando Cano. No es él. Me invita a pasar. El olor a Fabuloso se intensifica y a mi derecha, en la primera habitación, descubro una peluquería. Un hombre me saluda mientras le baja el “friz” al pelo de una mujer. No es Orlando. Ahora, a mi izquierda, tengo un pequeño estudio con los famosos terrarios que vine a conocer, y a mi derecha, un pequeño patio con un nido colgante y muchas piedras. Un hombre muy parecido al que trapea y al peluquero entreabre la puerta de un baño, está en toalla. ¿Don Orlando? Al verme vuelve a cerrar la puerta de golpe.

Sigo hacia el fondo, descubro la cocina de baldosín y me invitan a sentarme en el comedor. Me ofrecen tinto y acepto. Al sentarme me siento observada y descubro la cara de Beethoven atrapada en un cuadro: no para de mirarme. A su lado un piano de cola. Intento recordar a Beethoven: se quedó sordo, compuso la novena sinfonía, la quinta, la tercera. Lamento no haber perseverado en mis clases de piano y lograr tocar por lo menos Para Elisa. De repente un hombre bajito, que aparenta unos 60 años, de gafas, moreno y muy sonriente, aparece, camina rápido, alegre, con decisión.

‘Allegro’ con brío

“Yo no toco piano, pero el piano a mí me suena. No es necesario tocar las teclas, yo lo miro y escucho su sonido”. Don Orlando Cano me estrecha la mano y se sienta frente a mí. “Es el único piano de cola que hay en Sabaneta”. Su sueño era tener uno y al fin, después de haberse jubilado de la empresa Corona, donde trabajó la mayor parte de su vida, lo consiguió. La música siempre ha sido para él fundamental y con Beethoven siente una cercanía especial, siente casi como si fueran familia y de hecho lo son. Don Orlando tuvo diez hijos, vive con algunos de ellos y el octavo se llama Ludwig Van Beethoven. “¡Qué tal uno escuchar la música de Beethoven y no tenerlo en la casa! Entonces me lo traje para acá”. Pero a Beethoven la música no le suena como a su padre y es en realidad administrador de empresas y no pianista.

Orlando me dice que él nunca pudo terminar el colegio, pues tenía que ayudar en la casa cargando mercados en Envigado, así que siempre deseó que sus hijos se dedicaran al arte, ya que él no pudo hacerlo.

Le pregunto por qué se siente tan cercano a la música y me explica que se ha tenido que mover mucho y que para él todos los movimientos en el mundo son musicales: los rayos del sol al amanecer, una mujer con tacones que camina en el asfalto “es una nota constante en el teclado”. Él mismo es además un gran caminante y por lo tanto un músico, conoce este valle como la palma de su mano.

Antes hacía caminatas de más de ocho horas, aunque, últimamente, después de haber cumplido los 80 años, ha sufrido problemas respiratorios, y eso lo ha limitado mucho. Fue gracias a esas caminatas que se dio cuenta de la maravilla que escondían las montañas, de cómo la tierra, fuera donde fuera, cambiaba de color. Empezó entonces a atraparla en botellas y, claro, en colores: hoy tiene más de 25 en su colección. Así se inventó los terrarios, unos envases en los que, sobreponiendo varios estratos de tierra de colores distintos, hace composiciones que después vende. Me invita a pasar a su taller, que queda en el solar. Me muestra el proceso que inventó de secar la tierra al sol, de pasarla por el cedazo, de envasarla cuando está más fina.

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Sigo pensando en la música y en cómo los movimientos de colores de los terrarios también suenan, tienen ritmo. Mientras acaricia sus plantas (tiene plátanos, platanillos, samanes, guayacanes) me cuenta que Sabaneta era la tierra del plátano, pero que por culpa de las construcciones ya no queda ninguno. Debajo de esas edificaciones, don Orlando también ha descubierto colores de tierra inimaginables, el blanco por ejemplo, es uno de los que más aprecia. Me dice que el último color que encontró fue precisamente debajo de la construcción del edificio Canarias, al frente de su casa, y me indica una botella con una hermosa tierra rojiza.

Andante con moto

La casa de don Orlando es un oasis dentro de una ciudad llena de motos y ruido. Orlando y yo salimos a dar una vuelta para intentar oír la música de nuestro movimiento. Me dice que, aunque le gusta leer libros, lo que más sabe es leer conciencias ajenas, cosa que practica en el parque de Sabaneta.

Mientras intentamos combatir con nuestra música el ruido de los carros, entre edificios y algunos restos de casas, Orlando me cuenta que un señor llamado Ernesto Garcés dijo que quería volver a Sabaneta como el barrio El Poblado, es decir, un sitio lleno de edificios horrendos donde viven los ricos. Miro a mi alrededor y veo cómo poco a poco lo ha logrado y cómo el parque, que es lo único que se conserva, está cada vez más asfixiado por las construcciones pretenciosas y para nada musicales de don Ernesto. El primer edificio que construyó don Ernesto se llamó nada más y nada menos que El Monarca. Pienso en una frase que leí hace unos días “La estupidez es más grave que la maldad”; luego pienso en los mundos sutiles de Orlando.

El cielo sigue gris, lechoso, el aire pesado, Orlando se detiene a observar unos bananos que están vendiendo en la tienda del parque, me ofrece uno y me lo como mientras pienso en su gran capacidad para percibir belleza. Antes de irme me regala un poema, “cuando lo leas recuerda que lo escribió alguien que pasó solo un año por la escuela”. Al leerlo, ya en casa, al mismo tiempo que le quito el polvo a mi piano abandonado, pienso en los ritmos que cada uno tiene. Los tempos de la música siempre se me han parecido a las personas, Orlando es un Allegro con brío y yo, claramente, un allegro ma non troppo (alegre pero no demasiado). Seguimos en alerta roja.

*Cineasta, directora de ‘Carta a una sombra’ y ‘The smiling Lombana’.