La construcción de la paz electoral en Colombia no se juega únicamente en las urnas ni en los discursos institucionales, también se forma en las universidades. En medio de un clima de desconfianza, incertidumbre y de alta polarización política, varios centros de educación superior han reforzado su papel como escenarios de formación democrática, donde el debate, la participación y el respeto por las reglas del juego se enseñan como prácticas concretas y no como consignas abstractas.
En la Institución Universitaria Digital de Antioquia (IU Digital), por ejemplo, la democracia se asume como un ejercicio permanente que atraviesa la vida académica. “Promovemos la democracia como una práctica cotidiana, no como un concepto teórico”, explica su rector, Jasson Alberto de la Rosa Isaza, al referirse a los procesos de representación estudiantil que se desarrollan en entornos virtuales de deliberación, voto y debate argumentado, bajo reglas claras y decisiones colectivas.
Ese énfasis se articula con un enfoque pedagógico orientado a las Habilidades para la Vida, que incluye la toma de decisiones responsables, la autorregulación emocional y la comunicación asertiva. Para la institución, aceptar y respetar los resultados dentro de la institucionalidad forma parte de la madurez democrática que se busca fortalecer entre estudiantes que provienen de distintos territorios del departamento y del país, en un modelo que prioriza la alfabetización digital crítica frente a la desinformación.
Universidades como escenarios de diálogo
En la Universidad EIA el trabajo alrededor de la cultura democrática parte de una idea fundacional: la universidad como unidad en la diversidad. Su rector, José Manuel Restrepo Abondano, ex ministro de Hacienda, plantea que la formación universitaria implica abrir espacios donde confluyan distintas ideologías y maneras de pensar, sin que el debate se convierta en una confrontación de orillas.
“Universidad significa unidad en la diversidad y como universidad tiene que construir en la democracia, generar diálogo y motivar la participación electoral”, advierte.

Ese principio se traduce en escenarios abiertos de discusión sobre problemas del país y de la humanidad, donde el énfasis está puesto en recorrer el “puente” del debate democrático para identificar propósitos comunes.
La institución ha promovido estos espacios entre estudiantes y egresados como parte de una responsabilidad más amplia frente a la construcción de cultura democrática. En ese proceso, la reflexión sobre temas económicos, sociales, tecnológicos y éticos ocupa un lugar central, en diálogo con los retos estructurales que afectan a la democracia colombiana, como la desigualdad, la corrupción o el desempleo.
Desde Bogotá, la Universidad de los Andes ha consolidado una estrategia de largo aliento para fortalecer la educación cívica. Jimena Hurtado Prieto, vicerrectora de Investigación y Creación, señala que el campus se ha asumido como un laboratorio de democracia activa dentro del plan institucional hacia 2030; y que iniciativas como #UniandesDeCaraAlPaís, que incluye diálogos simultáneos con candidatos al Congreso, se busca fomentar el voto informado y la participación bajo las reglas democráticas en formatos que privilegian el encuentro y la conversación pública.
La apuesta, según Hurtado, va más allá de la comunidad universitaria, porque “al abrir estos espacios a la ciudad, la universidad se reconoce como un actor que aprende de las preguntas y experiencias de quienes participan, y que contribuye a la construcción de ciudadanía desde la divulgación del conocimiento”.
Este trabajo se complementa con un eje socio-humanístico obligatorio para todos los estudiantes, orientado a la ética, el discernimiento frente a dilemas sociales y el desarrollo de una capacidad crítica indispensable para el ejercicio democrático.

¿Qué dicen los estudiantes?
El panorama, sin embargo, no es homogéneo ni está exento de tensiones. Desde la representación estudiantil de la Universidad de Antioquia, Laura Melissa Olarte Gutiérrez plantea que la histórica cercanía del movimiento estudiantil con las discusiones políticas y sociales no siempre se refleja en un interés sostenido por los procesos electorales.
“No necesariamente esto se traduce en un alto interés por las discusiones electorales, en parte porque persisten visiones antielectorales y de profunda desconfianza frente a los políticos”, afirma Olarte Gutiérrez.
Esa distancia frente a lo electoral se explica, según la representante, por la idea de que la universidad debe priorizar la academia y la investigación antes que convertirse en escenario de propaganda política. Aun así, las posturas de los candidatos, en especial en elecciones presidenciales, generan resonancia entre los estudiantes, sobre todo cuando entran en tensión con agendas históricas del movimiento estudiantil.
Así, la paz electoral —el corazón de una iniciativa liderada por la Procuraduría General de la Nación, orientada a proteger el proceso electoral y promover el respeto por las reglas democráticas y los resultados de las elecciones—, aparece como un proceso en construcción dentro de las universidades, atravesado por recelos frente a debates de país y de región profundamente contrapuestos, aunque sostenido por prácticas de tolerancia y respeto que permiten mantener abierto el diálogo.
De acuerdo con Gregorio Eljach Pacheco, procurador General de la Nación, “de ese equilibrio depende el bienestar de nuestras gentes y los que vengan detrás de nosotros. Por eso, queremos hacer un llamado muy importante a la paz, a la paz electoral, no a la violencia, no al señalamiento, no a la estigmatización, no a enfrentamientos entre colombianos hijos de una misma madre que se llama Colombia, no a declarar enemigo a otra persona porque piensa diferente a nosotros”.

Desde distintos espacios estudiantiles se han impulsado iniciativas orientadas al reconocimiento de la diferencia y a la discusión pública de los asuntos nacionales, aunque su seguimiento resulta complejo por la dimensión misma de la universidad. En ese recorrido, las universidades públicas han tenido un papel central en la promoción de agendas de paz y en la discusión derivada de los acuerdos de La Habana, con estudiantes de diversas áreas del conocimiento involucrados en procesos de transformación social.
Ese mismo debate, llevado a una escala más amplia, conecta la experiencia universitaria con el papel del sistema educativo en la formación de ciudadanos capaces de tramitar la diferencia en contextos de polarización.
Para Cecilia María Vélez, exministra de Educación, los momentos electorales abren un escenario pedagógico que no debería desaprovecharse: “La coyuntura de elecciones es una oportunidad para que en las universidades se desarrollen debates en los que se pongan a prueba y se consoliden competencias como el pensamiento crítico, el análisis de la información y el respeto por las posiciones de los otros”.
María Victoria Angulo, también exministra de Educación, introduce otro ángulo al debate: los límites institucionales que rigen la actuación de las universidades en contextos electorales, especialmente en el sector público, pues tal y como lo señala, rectores y funcionarios, en su condición de servidores públicos, deben garantizar la neutralidad institucional y evitar cualquier uso indebido de recursos públicos, sin que ello implique silencio académico.
“Desde su autonomía, las universidades forman profesionales con responsabilidad cívica, respeto por las normas y capacidad para tramitar el desacuerdo en sociedades diversas”, precisa Angulo.
Esa vocación formativa se expresa en prácticas cotidianas que hacen de las universidades, desde su diversidad de enfoques y entornos, uno de los espacios donde se aprende a discutir sin anular al otro y a reconocer las reglas que sostienen la vida democrática más allá de la coyuntura electoral.
