OPINIÓN

Juliana del Sol Bastidas

El juramento de Tindáreo

El juramento de Tindáreo, que obligó a los pretendientes de Helena a aceptar al ganador de antemano, es la metáfora de que una democracia se sostiene no cuando todos ganan, sino cuando quienes pierden respetan igual las reglas pactadas.
30 de julio de 2026 a las 7:20 p. m.

¿Qué ocurre cuando decenas de hombres poderosos compiten por algo que solo uno puede obtener?

El día en que Zeus decidió transformarse en cisne para seducir a la reina de Esparta nació una mujer de belleza tan extraordinaria que, según la mitología griega, la misma Afrodita podía envidiarla. Su nombre era Helena y estaba destinada a alterar la suerte de los hombres, unir reinos y provocar guerras.

Cuando llegó el momento de elegir un esposo, reyes, príncipes y guerreros viajaron hasta Esparta para pedir su mano. Eran hombres poderosos, orgullosos y acostumbrados a conseguir lo que deseaban. Tindáreo, padre de Helena, comprendió que escoger a uno significaba ofender a todos los demás. El problema era evitar que los rechazados convirtieran su derrota en una guerra.

La solución fue un juramento. Antes de saber quién sería el elegido, todos los pretendientes se comprometieron a respetar la decisión y a defender al futuro esposo de Helena si alguien intentaba arrebatarle aquello que legítimamente había obtenido.

Lo extraordinario de aquel juramento no fue que protegiera al ganador. Fue que obligó a los perdedores a comprometerse antes de saber que lo serían.

Esta no es solo una historia de la mitología griega, sino también una de las mejores explicaciones de cómo funciona una sociedad. Las sociedades no existen porque todos obtengan lo que desean. Existen porque aceptamos límites incluso cuando nos perjudican. Renunciamos a resolver nuestras diferencias por la fuerza y aceptamos someternos a unas reglas que hemos prometido respetar de antemano.

Hoy en día solemos pensar que vivimos una época excepcional. Que nunca antes la humanidad había enfrentado tanta polarización, incertidumbre o desinformación. Sin embargo, basta mirar a los griegos para descubrir que el escenario ha cambiado mucho más que las personas. Cambiaron los barcos por aviones, los palacios por rascacielos y las espadas por teléfonos inteligentes. Lo que nunca cambió fue la dificultad de aceptar que otro tenga razón, otro gane o, simplemente, otro gobierne.

Quizá por eso los clásicos siguen siendo clásicos. No porque hablen de un mundo desaparecido, sino porque son un espejo sorprendentemente preciso de la naturaleza humana.

Con la posesión del nuevo gobierno en un país altamente polarizado, la estrechez del resultado, las acusaciones cruzadas y la dificultad para que todos los actores políticos reconozcan con serenidad el desenlace nos obligan a hacernos una pregunta que trasciende cualquier nombre o partido: ¿qué sostiene realmente una democracia cuando casi la mitad del país siente que perdió?

La respuesta es la misma de hace casi tres mil años. Toda democracia tiene su propio juramento de Tindáreo. Los candidatos aceptan someterse a unas reglas antes de conocer el resultado. Los ciudadanos hacemos lo mismo cuando depositamos nuestro voto. El verdadero compromiso con la democracia no se demuestra cuando gana nuestro candidato. Se demuestra cuando gana el otro.

Y, sin embargo, existe una paradoja inquietante. El juramento que había sido concebido para preservar la paz terminó conduciendo a una de las guerras más famosas de la historia, cuando los antiguos pretendientes de Helena tuvieron que cumplir su promesa y marchar hacia las puertas de Troya.

A primera vista, el juramento parece haber fracasado. Pero quizá ocurrió exactamente lo contrario.

Sin aquel acuerdo, cada pretendiente habría defendido únicamente sus propios intereses y Grecia habría quedado atrapada en una lucha permanente entre reinos. El juramento no eliminó el conflicto. Lo contuvo dentro de una causa común. No impidió la guerra, pero logró algo todavía más difícil: evitar que la sociedad se fracture desde adentro.

Una democracia no fracasa porque una parte del país considere injusto el resultado. La inconformidad, la crítica y la oposición también forman parte de ella. La verdadera prueba comienza cuando quienes perdieron deben decidir si seguirán creyendo en las reglas que aceptaron antes de saber que perderían.

Y el verdadero legado del juramento fue comprender que la paz no consiste en que todos estén de acuerdo, sino en que incluso quienes no lo están acepten no romper las reglas que algún día también podrían protegerlos.

Juliana del Sol Bastidas Rodríguez, CEO de COLCDA S.A.S