Hay frases que duran apenas unos segundos al ser pronunciadas, pero acompañan a una persona durante toda la vida. Algunas se convierten en impulso; otras, en una carga silenciosa.
“Confío en ti”. “Estoy orgulloso de ti”. “Inténtalo otra vez, sé que puedes”.
Pero también existen aquellas que dejan huellas difíciles de borrar: “No sirves para eso”. “Nunca lo vas a conseguir”. “Cállate”. “Siempre haces todo mal”. “Vete”.
Muchos adultos descubren, con el paso de los años, que siguen dialogando internamente con la voz de su padre y/o madre. Una voz que puede convertirse en refugio cuando aparecen las dudas o en un juez implacable cuando llegan los desafíos. Por eso, hablar de paternidad es mucho más que hablar de provisión económica o de autoridad; es hablar de la enorme influencia que un padre tiene en la construcción de la confianza con la que sus hijos enfrentarán el mundo.
La confianza es uno de los motores más poderosos del desarrollo humano. Es ese volante de inercia que impulsa a una persona a intentar, equivocarse, aprender y volver a empezar. Y una gran parte de esa confianza suele construirse a partir de la manera en que los adultos más importantes nos miran durante los primeros años de vida.
Cuando un niño siente que su padre cree en él, aprende a creer en sí mismo. Cuando siente que su padre lo acompaña incluso en el error, entiende que equivocarse no significa fracasar. Cuando escucha palabras de aliento en medio de las dificultades, desarrolla la valentía necesaria para asumir nuevos retos.
Por supuesto, ningún padre es perfecto. Tampoco se trata de criar hijos sin límites ni de evitar cualquier corrección. Los niños necesitan orientación, estructura y disciplina. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre corregir una conducta y etiquetar a una persona.
No es lo mismo decir: “Lo que hiciste estuvo mal”, que decir: “Eres un desastre”. No es igual afirmar: “Necesitas esforzarte más”, que sentenciar: “Nunca vas a lograr nada”. La primera enseña; la segunda condena.
Y muchas veces, con la mejor intención de formar carácter, fomentar la disciplina o preparar a los hijos para un mundo exigente, algunos padres terminan sembrando inseguridades que los acompañarán mucho después de haber dejado atrás la infancia.
Durante mi trabajo he tenido la oportunidad de observar a cientos de niños en sus primeros años de vida. Aunque cada historia es distinta, hay algo que se repite una y otra vez: los niños florecen cuando se sienten vistos, valorados y capaces. Su postura cambia. Participan más. Se atreven a intentar. Su disposición para aprender crece. No porque crean que son perfectos, sino porque sienten que alguien importante para ellos confía en sus posibilidades.
La confianza de un padre y madre no elimina los obstáculos de la vida, pero sí fortalece a quien tendrá que enfrentarlos.
También es importante reconocer que no todas las historias familiares responden al modelo tradicional. Existen madres extraordinarias que, por distintas circunstancias, han asumido simultáneamente los roles materno y paterno. Mujeres que han sostenido hogares, acompañado procesos, brindado amor y construido confianza donde otros decidieron ausentarse.
Reconocer el valor del padre no significa desconocer esa realidad ni disminuir el esfuerzo inmenso de tantas madres. Significa comprender que, cuando un padre está presente, emocionalmente disponible y comprometido con la crianza, aporta una riqueza irremplazable al desarrollo de sus hijos.
Por eso quiero hacer una invitación especial a los hombres que son padres: vivan la paternidad con valentía. Entiendan que ser padre no consiste únicamente en proveer, sino también en escuchar, abrazar, acompañar y creer. Recuerden que sus palabras tienen más peso del que imaginan. Una conversación casual puede convertirse en un recuerdo imborrable. Una crítica injusta puede permanecer durante años. Pero una palabra de confianza también puede convertirse en la fuerza que impulse a un hijo a perseguir sus sueños.
Los hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres auténticos y presentes. Padres que reconozcan sus errores, que pongan límites con amor y que comprendan que la disciplina más efectiva no nace del temor, sino del vínculo.
Quizás nunca lleguemos a dimensionar por completo el impacto que tienen nuestras palabras en la vida de un niño. Pero sí podemos elegir cuidadosamente cuáles sembramos.
Porque tal vez, dentro de veinte o treinta años, cuando ese niño enfrente uno de los desafíos más importantes de su vida, vuelva a escuchar la voz de su padre en su interior.
Y ojalá esa voz no le diga: “No puedes”.
Ojalá le recuerde, una vez más, que sí es capaz.
María del Mar Torres Triana, propietaria y gerente Sede Cedritos de Dreams Kindergarten
