Cuando hablamos de salud en Colombia nos concentramos en los hospitales, los medicamentos, las cirugías, los especialistas y las autorizaciones. Son conversaciones necesarias, pues después de todo allí se encuentra gran parte de la atención que recibe un paciente. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez aparece en el debate: ¿Dónde vive una persona cuando no puede regresar a casa mientras recibe tratamiento médico indispensable?
Para miles de colombianos, especialmente aquellos que habitan en regiones apartadas o municipios donde no existen servicios especializados, la enfermedad implica algo más que un diagnóstico. Implica desplazarse, dejar temporalmente el hogar, la familia, el trabajo y la rutina para recibir atención en otra ciudad. Y es precisamente allí donde aparece una figura poco conocida para la mayoría del país: los hogares de paso o servicios de hospedaje en salud.
Aunque pocas veces se habla de ellos, estos espacios cumplen una función dentro del sistema. Son el lugar donde muchas personas descansan después de una quimioterapia, esperan una cirugía, asisten a tratamientos prolongados o enfrentan procesos de recuperación lejos de su entorno habitual.
Paradójicamente, mientras el sistema de salud moviliza cerca de cien billones de pesos al año en servicios, tecnologías, medicamentos y atención médica, muy pocas veces discutimos las condiciones en las que viven miles de pacientes durante ese proceso. Sabemos cuánto cuesta una cirugía o un medicamento, pero rara vez nos preguntamos dónde duerme una persona cuando debe permanecer semanas o meses lejos de casa para poder tratarse.
Quizás esto ocurre porque históricamente hemos entendido estos servicios como un apoyo complementario dentro de la atención en salud. Sin embargo, para muchos pacientes, el lugar donde viven durante el tratamiento no es un detalle accesorio. Es el espacio donde descansan, se alimentan, recuperan fuerzas y enfrentan emocionalmente una de las etapas más difíciles de su vida. Por eso resulta necesario abrir una conversación que hasta ahora ha permanecido en segundo plano.
No todos los hogares de paso ofrecen las mismas condiciones. Existen experiencias extraordinarias, construidas con vocación de servicio y profundo respeto por la dignidad humana. Pero también existen realidades que nos obligan a reflexionar sobre si los estándares mínimos que hoy orientan este tipo de servicios responden realmente a las necesidades de una persona enferma.
¿Qué significa una estadía digna para alguien que enfrenta un tratamiento oncológico? ¿Qué condiciones debería tener un lugar donde una madre permanece durante meses acompañando a un hijo enfermo? ¿Qué tan importante es la privacidad, la alimentación, la seguridad o el descanso en un proceso de recuperación?
Tampoco podemos ignorar que esta conversación requiere corresponsabilidad. Así como existen prestadores que deben comprometerse con la calidad y la dignidad del servicio, también existen casos en los que algunos usuarios hacen un uso inadecuado de recursos concebidos para apoyar situaciones de vulnerabilidad y necesidad médica. Hablar de calidad implica reconocer ambas realidades.
Lo cierto es que, mientras el país debate sobre reformas, financiación y sostenibilidad del sistema, existe una parte de la experiencia del paciente que sigue siendo prácticamente invisible: la habitación donde duerme, la mesa donde se alimenta, el espacio donde llora, descansa, espera resultados y reúne fuerzas para continuar.
Ha llegado el momento de ampliar la conversación sobre la salud y reconocer que la recuperación no ocurre únicamente en un consultorio, un quirófano o una sala de procedimientos. En muchas ocasiones, también ocurre en una habitación.
Y esa habitación, durante demasiado tiempo, ha permanecido olvidada.
Jennyfer Lora Santiago, directora de Hotel Vitae - Hotel de salud
