Siendo niña, tuve el privilegio de recibir cada mañana el primer rayo de sol de mi amada Bogotá. Era una de las experiencias que más disfrutaba en esta ciudad, capaz de despertar tantas emociones. Sin embargo, incluso en medio de ese momento, sentía que ese no era el lugar donde quería quedarme.
Al abrir mis ojos cada día, lo primero que pensaba era que quería salir de esa fría y lejana loma. Miraba hacia abajo, hacia esa gran ciudad, y sabía que allí —tan lejos y, al mismo tiempo, tan cerca— había un futuro mejor para mí y para mi familia.
Quería dar el salto. Pero ¿cómo? Esa era la pregunta que me acompañaba. A los 10 años, decidí convertir esa inquietud en mi proyecto de vida.
Hoy cuento de dónde vengo con orgullo. No para generar lástima, sino para motivar a otras mujeres como yo. Para recordarles que sí se puede.
Cuando me pidieron escribir sobre innovación, lo primero que pensé fue que nunca me había sentado a “innovar”. Me parecía un término sofisticado, lejano. Yo solo hacía lo que tenía que hacer para avanzar en mi sueño.
Trabajé sin descanso, tomando pequeñas decisiones todos los días, enfrentando situaciones incómodas y avanzando muchas veces con poca información, recursos limitados y mínima experiencia. Confiando en mi intuición y en Dios, inicié mi primera compañía a los 22 años, junto a mi entonces pareja.
Desde el comienzo entendí que no quería limitarme a comprar y vender. Decidí desarrollar nuevos productos, aprender del mercado, aceptar negocios que otros rechazaban y enfrentar incluso demandas de un competidor más poderoso. Mi objetivo era claro.
Años después, mi pareja y yo nos separamos. Entonces tuve que tomar una decisión: renunciar o seguir sola. Aunque muchos intentaron disuadirme, decidí continuar. Hace ocho años creé mi propia compañía: Accesspark.
Y fue ahí cuando entendí algo fundamental: la innovación no fue un plan, fue una forma de pensar.
Muchas empresas creen que todo debe estar listo para innovar, pero no es así. Innovar empieza cuando alguien decide cambiar, asumir retos y rodearse de personas que aporten nuevas miradas.
Si tuviera que resumir lo que la innovación significa para mí, lo haría en cuatro aprendizajes.
Primero, innovar no es inventar, es cuestionar lo que parece obvio. Las empresas no se quedan atrás por falta de ideas, sino porque dejan de hacerse preguntas.
Segundo, innovar es una forma de tomar decisiones. No se trata de esperar la idea perfecta, sino de avanzar con criterio. En mi caso, muchas decisiones no partieron de la certeza absoluta, sino de una pregunta: si esto mejora la experiencia del cliente, ¿vale la pena hacerlo? Esa forma de pensar no elimina el riesgo, pero sí permite gestionarlo.
Tercero, el mayor obstáculo no está en el mercado, sino en la mente del líder. El miedo frena, pero también lo hace no escuchar la intuición. En mi caso, escucharla —incluso cuando implicaba equivocarme— fue clave. Porque cada error deja un aprendizaje, y esos aprendizajes son los que permiten crecer.
Y cuarto, innovar exige salir de la zona de confort, especialmente cuando las cosas empiezan a funcionar. El mercado cambia, el cliente cambia, la tecnología cambia. Y las empresas deben cambiar al mismo ritmo. Innovar no es solo sostener lo que funciona, sino tener la disciplina de mejorar constantemente.
Hoy tengo algo claro:
La innovación no depende del tamaño de una empresa ni de su presupuesto. Depende de quien la lidera. De su disposición a cuestionarse, a permitir que otros lo cuestionen, a reconocer que no tiene todas las respuestas y, aun así, tomar decisiones. Depende de su capacidad de escuchar su intuición y, sobre todo, de ser constante.
Para innovar no se necesita una gran idea. Se necesita moverse, no acomodarse, mantenerse abierto al cambio, incluso cuando lo más fácil sería seguir igual.
Sin saberlo, mi proceso de innovación comenzó cuando los primeros rayos del sol bogotano iluminaban los ojos de una niña que no entendía ese concepto, pero sí sabía que quería cambiar su realidad.
Hoy, esa niña de la loma sigue creyendo que cuando se lucha con constancia por algo, es posible lograrlo.
Nataly García, Fundadora y Ceo de Accesspark
