La primera vez que en una bodega me dijeron: “Prueba este vino natural”, fue como si me estuvieran revelando un secreto importante. Yo lo probé, y no entendí nada.
No porque fuera complejo, sino porque era raro, bastante turbio, un poco distinto, alejado de lo que uno espera cuando piensa en vino. Y ahí entendí algo: el problema no era el vino. Era la expectativa.
Porque cuando te dicen “natural”, uno se imagina algo puro, perfecto. Y el vino natural no busca ser perfecto, busca ser más fiel.
¿Eso qué significa? Que son vinos hechos con mínima intervención: uvas más cuidadas (sin químicos agresivos), con levaduras propias y casi nada de manipulación en bodega. Y algo clave: sin adición de sulfitos que normalmente se usan para estabilizar y ‘ordenar’ el vino. Menos control, más verdad.
Suena romántico y en muchos casos lo es, pero también significa que cada botella puede ser un pequeño acto de rebeldía; a veces espectacular, otras veces, no tanto.
Y ahí empieza el boom.
Porque el vino natural se volvió tendencia. Está en todas partes: en restaurantes, en bares, en conversaciones y como toda tendencia, viene con entusiasmo y con exageración.
Hay quienes lo defienden como si fuera la única forma válida de tomar vino y hay quienes lo descartan después de una mala experiencia.
Porque la verdad es más simple: hay vinos naturales increíbles y hay vinos naturales que no lo son. Son confusos y no gustan.
He probado vinos naturales que me han fascinado, como por ejemplo el Inframundo: vinos frescos, vibrantes, llenos de vida, de esos que te hacen decir “quiero otro”. Y también he probado unos, que te los explican mejor de lo que saben.
Pero lo que sí me gusta de todo este movimiento es que volvió a poner al vino en un lugar más relajado, menos perfecto, menos rígido, menos de manual. Lugares donde no te corrigen, donde no te miran raro, donde puedes decir “esto me gusta” o “esto no” sin tener que justificarlo.
El vino natural bien llevado, tiene esa virtud: te baja la presión.
¿Es para todo el mundo? No necesariamente. ¿Es mejor que el resto? Tampoco. Pero sí es una conversación interesante. Una puerta distinta. Una forma de recordar que el vino no es una fórmula exacta, es un proceso vivo.
Así que si te encuentras con una botella de vino natural, no la idealices, pero tampoco le huyas. Pruébala sin expectativas, sin pensar que tiene que ser la mejor experiencia de tu vida.
Pero cuando funciona, se disfruta y eso, más que cualquier etiqueta, es lo que realmente importa.
Fadia Badrán, fundadora y CEO de Grupo Madero
