Al pensar en escribir esta columna, la idea surgió casi de inmediato: el valor que le damos —o no— a nuestra experiencia. No suelo creer en los “eureka”, pero como escritora sé que hay mensajes que llegan porque necesitan ser elaborados y compartidos.
Vivimos en una realidad incierta, marcada por cambios constantes y giros inesperados. En ese contexto, quienes lideramos necesitamos un terreno sólido que les dé peso a nuestros sueños: un lugar donde puedan habitar, con esperanza y decisión, esas ideas que nacen en ecosistemas de innovación… o en noches de desvelo.
Creo firmemente que todos contamos con una fuente de riqueza subestimada: la experiencia. Y no hablo solo de habilidades técnicas o logros profesionales. Me refiero a una integración más profunda de tres dimensiones: mente, cuerpo y espíritu.
A medida que evolucionamos en ellas, construimos algo más que conocimiento: construimos sabiduría. Una impronta única, un “superpoder” silencioso que estamos llamados a reconocer, especialmente en un mundo cada vez más obsesionado con la inteligencia artificial y sus promesas.
En términos empresariales, nuestra propuesta de valor individual es irrepetible. Está compuesta por talentos que cobran sentido cuando se ponen al servicio de algo más grande; por cualidades personales —como la intuición, la resiliencia o el carisma— que dan carácter a lo que hacemos; y por una capacidad creativa que nos permite leer el presente e imaginar el futuro.
Pero hay un elemento adicional: el aprendizaje que no proviene únicamente del intelecto, sino también del corazón.
Mi invitación es clara: reconocer que la experiencia es un capital. Una especie de armadura frente a la adversidad y, al mismo tiempo, una fuente de resiliencia. Un activo que puede generar valor —y sí, también riqueza— cuando se pone al servicio del mundo.
Nassim Taleb lo explica con precisión al hablar de lo “antifrágil”: aquello que no solo resiste el caos, sino que se fortalece gracias a él. La experiencia, cuando ha sido atravesada por errores, cambios y reinvenciones, se convierte exactamente en eso: en un activo antifrágil.
Y, como todo capital, la experiencia también se valoriza. Se enriquece con la madurez: esa que no enseñan en universidades ni en escuelas de negocios. La que se construye al equivocarnos, al tomar riesgos, al reflexionar y, sobre todo, al preguntarnos para qué estamos en el mundo.
Ahora bien, como mujer líder, no puedo dejar de reconocer otro matiz: el valor que adquiere nuestra experiencia en los distintos roles que habitamos. Esposas, madres, hijas, amigas. En cada uno de ellos entrenamos —muchas veces sin darnos cuenta— habilidades esenciales para el liderazgo contemporáneo, como la intuición y la empatía.
David Epstein, en su libro Range, sostiene que las trayectorias diversas generan un pensamiento más sofisticado. Y pocas trayectorias son tan diversas como las que recorremos las mujeres a lo largo de la vida.
Por eso, la próxima vez que te mires al espejo y hagas inventario de tus activos, recuerda esto: no empiezas desde cero. Empiezas desde todo lo que ya eres. Tu experiencia no es pasado. Es el capital más valioso, sostenible e irrepetible que tienes.
Natalia Zuleta, presidente Junta Directiva Gimnasio Fontana
