El ser humano es definido como un ser racional, capaz de comunicarse y vivir en sociedad. Un ser que tiene autoconciencia, que piensa y siente emociones, que construye cultura, crea normas, inventa el arte, la ciencia, la tecnología y la filosofía. Y aunque todo esto es cierto, y nos ha permitido evolucionar, al ser humano lo define algo esencial: “ser comprensivo, sensible a los infortunios ajenos”. Esta definición de la Real Academia de la Lengua Española, aunque está en cuarto lugar, representa el sentido propio de humanidad.
Después del terremoto del 10 de agosto pasado, vimos al país entero movilizado por un solo fin: ayudar. Todos aportando desde su condición y posibilidades, con un sentido de solidaridad total hacia las familias que afectadas. Todos con el corazón estremecido, con un nudo en la garganta, con el dolor, la tristeza y el miedo, pero con el objetivo de ayudar y hacerlo desde el corazón.
Y es ahí donde se refleja la verdadera humanidad: en la sensibilidad. Cuando nos duele el dolor ajeno, cuando compartimos lo que tenemos, cuando apoyamos una causa, cuando miramos la tragedia ajena como si fuera propia y cuando las diferencias dejan de importar. Y esa misma sensibilidad también se manifiesta en los buenos momentos, como la alegría y el sentimiento de esperanza que daba al ver que hallaban personas y animales con vida.
La humanidad está definida como ser compasivo, amable y empático. Esto, sumado a ser comprensivo y sensible a los infortunios ajenos, le da un significado más real. Y hay una palabra que la define mejor, o que complementa esta definición, y es la solidaridad. La compasión, la amabilidad, la empatía, la sensibilidad y la solidaridad forman parte de la naturaleza humana.
Lo que no es natural es todo lo opuesto, y hay que reconocerlo, también es una realidad en la sociedad. Todo lo inhumano, que se define como cruel, existe; pero es aprendido, no es natural, e infortunadamente forma parte de una realidad minoritaria, que cuando actúa hace mucho ruido. Sin embargo, el gesto de solidaridad de todos frente a esta catástrofe ha hecho más ruido y ha movilizado mucho más que cualquier otra causa.
Queremos un mundo donde prevalezca la humanidad: en la conciencia de vivir aportando algo positivo a nuestra sociedad, en esa sensibilidad y solidaridad propia del ser humano. Y debemos comenzar por nuestro propio entorno, con las personas que podemos impactar a nuestro alrededor: familia, amigos, compañeros, colegas, y si logramos tener un mayor alcance, aprovechémoslo para multiplicar, no para dividir.
Entonces, ¿qué estamos haciendo día a día para conectarnos con nuestra humanidad? Debemos continuar apoyando a los damnificados de esta tragedia, pues tardará meses reconstruir y estabilizar los daños. Pero también debemos seguir actuando —o comenzar a actuar— en nuestro entorno cercano. No esperemos a que suceda algo de tal magnitud para sacar nuestro sentido más humano.
Esta situación la debemos tomar como un mensaje para recordarnos que somos uno y estamos para apoyarnos entre sí. Todo lo opuesto es creado por el odio, el miedo y la indiferencia, y es lo que debemos vencer cada día.
El terremoto dejó un país roto, en duelo y quebrantado. Pero la solidaridad dejará uno reconstruido, aliviado y más fuerte. La solidaridad es la forma más humana de acompañarnos.
Paula Albornoz, ejecutiva de Recursos Humanos y Administrativa
