OPINIÓN

Dalis Montenegro

La trampa de esperar a sentirnos listas

En muchos contextos laborales, las mujeres tendemos a exigirnos más preparación antes de lanzarnos. El problema es que la confianza que estamos esperando muchas veces solo aparece después de haber actuado.
31 de agosto de 2026 a las 7:49 p. m.

Seguramente has escuchado que las mujeres no nos presentamos a un trabajo si no cumplimos todos los requisitos que pide el puesto, mientras que los hombres sí lo hacen y, gracias a eso, consiguen más oportunidades.

También habrás escuchado la famosa cifra: los hombres aplican cuando cumplen el 60 por ciento de los requisitos y las mujeres solo cuando cumplen el 100 %. La frase se ha repetido durante años, pero la evidencia muestra que esas cifras exactas no están realmente sustentadas. En 2024, un estudio de The European Journal of Social Psychology intentó comprobarlas y no encontró una diferencia significativa entre hombres y mujeres en la intención de aplicar según el porcentaje de requisitos cumplidos. Sin embargo, sí encontró que las mujeres expresábamos un mayor deseo de sentirnos preparadas antes de presentarnos.

Y eso sí coincide con otros estudios. Incluso estando igual de preparadas, las mujeres pueden ser menos propensas a postularse a ciertos trabajos, sobre todo en áreas tradicionalmente masculinas. También se ha encontrado que, frente a un mismo desempeño, las mujeres pueden describir sus propias capacidades de forma menos favorable que los hombres, especialmente en áreas asociadas culturalmente con lo masculino.

Cuando yo empecé a trabajar no contaba con ninguna de estas estadísticas. Tampoco tenía acceso a discursos de personas exitosas ni tenía conciencia sobre las desventajas laborales que podía enfrentar una mujer en esa época. Sin embargo, nunca me cohibí de hacer algo por ‘no sentirme lista’. A veces tuve miedo y otras no, pero eso nunca me impidió lanzarme. Hoy agradezco y reconozco que esa forma de actuar fue fundamental para lograr muchas de las cosas que he conseguido en mi vida.

Estudié Contaduría Pública y, en mis últimos semestres de universidad, decidí empezar a trabajar porque quería graduarme con experiencia laboral. Esto no me dio miedo. Me contrataron como contadora en una empresa que importaba y vendía insumos para arquitectos y artistas. Al principio yo no daba resultados porque, honestamente, no sabía lo que estaba haciendo.

Mi jefe pensaba que era porque solo me había contratado por horas, así que fue contratándome cada vez más tiempo. Primero unas horas más, después más días y finalmente tiempo completo. Pero yo, nada. Finalmente, mi jefe contrató a un revisor fiscal que me enseñó todo y por fin empecé a dar resultados como contadora.

Con los años llegó un software que iban a implementar en la empresa y contrataron a una ingeniera de sistemas para hacerlo, empecé a ayudarle, pero finalmente terminé montándolo sola. Después implementé también un sistema contable. Mi jefe se dio cuenta de mis capacidades y me propuso volverme su socia en una nueva empresa de software que quería crear.

Esa fue la primera vez que recuerdo haber sentido miedo frente a algo que nunca había hecho. Casi rechazo la oferta. Yo era contadora. ¿Qué sabía yo de montar una empresa de software?

Mi mamá me aconsejó que lo hiciera, y me lancé.

Al principio yo hacía todo: estudiaba el software, lo implementaba, daba soporte técnico y también vendía. Poco a poco la empresa fue creciendo, fuimos contratando personas y yo fui adquiriendo más habilidades. Después de esa empresa, mis socios y yo creamos cuatro empresas más a medida que iba avanzando la tecnología. Para ese momento ya había pasado algo importante: crear empresa, entre muchas otras cosas, dejó de darme miedo. No porque me las supiera todas, sino porque ya confiaba en mi capacidad de aprender lo que no sabía. Había hecho tantas cosas que inicialmente no sabía hacer, que cada una se había convertido en evidencia de que podía aprender la siguiente.

Finalmente creé mi empresa actual, Dynamics IT, solo con mi esposo, sin más socios externos. Él murió 14 días después de haberla creado. Se podría pensar que lo más sensato en ese momento era conseguir un puesto estable. Quedaba viuda, con cuatro hijos y una empresa recién constituida. Pero para ese momento ya tenía tanta confianza en mis capacidades que nuevamente me lancé. No sabía exactamente qué iba a pasar ni tenía todas las respuestas. Lo que sí sabía era que tenía que hacer lo mismo que había hecho durante toda mi vida: aprender, resolver y seguir adelante.

Mi objetivo al contarte mi historia no es convencerte de que el miedo no debería influir en tus decisiones. De hecho, sentir miedo cuando vamos a hacer algo que nunca hemos hecho es completamente normal. Lo importante es entender que, con miedo o sin él, la confianza para ejecutar algo se gana haciéndolo. Por eso, esperar a sentirte “lista” para actuar no es una buena estrategia, probablemente ese momento nunca llegue.

Esto tiene una explicación neurocientífica y evolutiva. Cuando estamos a punto de hacer algo por primera vez, el cerebro se enfrenta a la incertidumbre y empieza a anticipar posibles amenazas para protegernos. Empiezan a aparecer en la cabeza todas las cosas que podrían salir mal, sentimos miedo o ansiedad y pensamos: “Mejor lo hago después, cuando esté más preparada”. En el momento que evitamos actuar, la ansiedad baja. Entonces, el cerebro aprende que evitar lo que nos incomoda produce alivio, reforzando la procrastinación. Es un ciclo que se ve así: incertidumbre, incomodidad, evitación, alivio y, por último, más evitación.

Como nunca te das la oportunidad de intentarlo, nunca le enseñas a tu cerebro que quizá sí podrías hacerlo, y la incertidumbre permanece, haciéndote evitar la acción. En la práctica, lo más probable es que nunca te vayas a sentir completamente lista, y gran parte de la confianza aparece cuando actúas, porque la experiencia le demuestra a tu cerebro que sí puede. Por eso, para romper el ciclo, necesitas actuar primero. Romper el ciclo se vería algo así: Acción, experiencia, menos incertidumbre y, finalmente, más confianza.

Sin conocer esta teoría en ese entonces, eso fue exactamente lo que me ocurrió. Yo no tuve primero la confianza y después hice todas esas cosas. Hice todas esas cosas y, como consecuencia, fui construyendo confianza. Cada experiencia me dio una pequeña prueba de que podía con la siguiente.

No creo que debamos lanzarnos irresponsablemente a todo. Hay que estudiar, prepararse, analizar los riesgos y hacer bien las cosas. Pero una cosa es prepararse y otra muy distinta es usar la preparación como excusa para no empezar. Especialmente nosotras, las mujeres, que muchas veces esperamos sentirnos completamente preparadas antes de dar el paso.

Tal vez nunca llegue ese momento en el que te sientas 100 por ciento lista. Así que prepárate, estudia, analiza los riesgos y haz las cosas bien, pero no esperes a sentir una seguridad que solo puede darte la experiencia. Hay cosas para las que no vas a sentirte lista hasta después de haberlas hecho. No necesitas más confianza para empezar; necesitas empezar para construirla.