OPINIÓN

Elizabet Barrera

La vejez en Colombia: cotizar toda la vida para esperar por atención en un pasillo de hospital

Diciembre suele ser sinónimo de familia y enero comienza con esperanza, pero para miles de adultos mayores en Colombia es tiempo de espera, dolor e indiferencia. Tras una vida de trabajo y aportes al sistema, muchos enfrentan la enfermedad desde la fragilidad, preguntándose para qué sirvió tanto sacrificio.
6 de enero de 2026, 3:00 p. m.

Diciembre suele asociarse con familia, esperanza y descanso. Pero para miles de adultos mayores en Colombia, el cierre de año no llegó con mesas compartidas ni pausas reparadoras, sino con filas interminables en urgencias, autorizaciones que no llegan y una profunda sensación de abandono. Especialmente para quienes trabajaron toda su vida, aportaron al sistema y hoy enfrentan la vejez desde la fragilidad física y emocional.

En Colombia, una mujer se pensiona a los 57 años y un hombre a los 62, tras haber cotizado 1.300 semanas al sistema. Décadas de trabajo formal e informal, de madrugadas y sacrificios silenciosos. Una persona que cotiza durante ese tiempo puede aportar millones de pesos entre salud y pensión a lo largo de su vida laboral. Y, sin embargo, cuando llega una enfermedad, un momento de gran vulnerabilidad, y necesita tratamiento y hospitalización, el sistema responde con frialdad.

Hoy, la vejez en Colombia se vive muchas veces en una silla de ruedas en un pasillo, esperando una cama que no llega. Se vive entre festivos sin especialistas, fines de semana sin respuestas y trámites que parecen diseñados para desgastar al paciente y a su familia. Se vive con médicos y personal de salud agotados, también atrapados en un sistema que los ha puesto contra la pared.

Lo he vivido. No como una estadística, sino como hija, como familiar, como ciudadana.

En algún momento de mi vida como empresaria, no pagué pensión ni salud de manera independiente, sino como beneficiaria de mi esposo. Años después, la UGPP detectó esa situación y estuve a punto de enfrentar un embargo. Pagué. Cumplí. Asumí la carga completa, con intereses y sanciones.

Y hoy me pregunto, con absoluta honestidad, para qué.

Para qué un sistema que cobra con rigor, persigue con dureza y recauda sin contemplaciones, pero que no responde con la misma contundencia cuando el ciudadano envejece, enferma o necesita atención urgente.

En una experiencia reciente, al no encontrar cama, habitación ni un espacio mínimamente digno para un adulto mayor, como familia tomamos una decisión desesperada pero humana, pagar la atención con usuarios particulares. La respuesta fue inmediata y demoledora: “Si pagan algo por fuera, pierden automáticamente el beneficio de la EPS.”

Ese es el chantaje silencioso del sistema. No es una opción ni una elección, es una amenaza que deja a las familias atrapadas entre el miedo y la impotencia. Nos tocó esperar mientras el tiempo pasaba y el cuerpo de un adulto mayor se deterioraba, sin respuestas, sin certezas y sin un mínimo de dignidad en la atención.

Ahí entendí algo que duele admitir. Hasta que no se vive, no se conoce la realidad que enfrentan miles de familias todos los días en Colombia. Hasta que no se pasa por un pasillo de urgencias, hasta que no se ve a un adulto mayor esperar horas o incluso días sin intimidad, sin una cama funcional y sin condiciones humanas, no se alcanza a dimensionar la profundidad del problema.

No se trata únicamente de recursos, sino de prioridades, de sensibilidad institucional y de ética pública. De preguntarnos por qué un adulto mayor que ha trabajado toda su vida debe pagar una prepagada para recibir un trato humano, por qué el sistema castiga a quien intenta resolver, al tiempo que es incongruente que no responda cuando debería proteger, y con qué ánimo se le pide hoy a un joven que cotice, que crea en el sistema y que piense en su vejez cuando lo que observa es abandono.

La vejez no debería convertirse en una condena ni la enfermedad en un castigo. Tampoco el cierre de año o la esperanza del comienzo de uno nuevo debería vivirse entre el dolor y la indiferencia. Este no es un llamado dirigido solo al Gobierno Nacional ni a una EPS en particular, sino al Estado, a los entes de control, a quienes toman decisiones y a una sociedad que ha aprendido a normalizar estas situaciones.

El adulto mayor no es una carga. Es memoria, es historia y es el país que hoy somos. Y si no somos capaces de cuidarlos ahora, la pregunta de fondo es qué futuro estamos construyendo para nosotros mismos.

Elizabet Barrera es rectora y fundadora del Liceo Lunita de Chía



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