Hace cinco años mi vida cambió en un segundo. Perdí a mi esposo y, con él, se fue mucho más que una persona. Se fue la estabilidad, la tranquilidad de tener a alguien con quien dividir el peso, la certeza de que no todo dependía de mí. De un momento a otro, me encontré sola frente a una realidad que no había elegido y que no sabía cómo sostener.
Al principio no había espacio para detenerme a sentir. Había responsabilidades, decisiones urgentes, una empresa que no podía parar. Mientras por dentro todo estaba roto, por fuera tenía que seguir funcionando. Tenía que responder, asumir, liderar. Y ahí entendí algo que nunca antes había sentido con tanta fuerza: la vida no se detiene cuando uno se rompe.
Me tocó pararme sin estar lista. Tomar decisiones con miedo. Aprender sobre la marcha. Hubo días en los que no sabía si lo estaba haciendo bien, pero igual lo hacía. Porque no había otra opción. Porque cuando todo se cae, uno descubre de qué está hecho… o decide empezar a construirse.
Durante mucho tiempo viví en automático. Cumplía, resolvía, respondía, pero no estaba realmente presente. Era como si me hubiera desconectado de mí misma para poder sostener lo demás. Y aunque por fuera todo parecía avanzar, por dentro yo me estaba perdiendo.
En medio de ese proceso, empecé a recordar una frase que él repetía con naturalidad, como si fuera una idea sencilla: “perder es ganar un poco”, del profesor Francisco Maturana.
Quién diría que esa frase, aparentemente simple, se convertiría en la enseñanza más grande que me dejaría.
Al principio no lo entendía. ¿Cómo podía haber ganancia en medio de una pérdida tan profunda? ¿Cómo encontrar sentido cuando lo que más amaba ya no estaba? Pero con el tiempo, esa idea empezó a tomar forma dentro de mí.
Perder me obligó a detenerme. A mirarme sin distracciones, sin excusas, sin apoyos externos. A reconocerme desde lo que quedaba. Y ahí entendí: estaba ganando claridad, estaba ganando fuerza, estaba conociendo una versión de mí que no sabía que existía.
Pero ese proceso también me confrontó con algo más. Yo estaba acostumbrada a dar: a estar para otros, a sostener, a resolver. Durante mucho tiempo creí que entre más daba, más valor tenía. Sin embargo, en medio del dolor entendí que no todo es dar.
Porque una cosa es dar desde la plenitud, y otra muy distinta es dar desde el vacío.
Cuando das desde la necesidad, te desgastas. Cuando das esperando que te devuelvan, te frustras. Cuando das para no sentirte sola, te pierdes. Y yo ya me había perdido una vez.
Ahí fue donde todo cambió.
Aprendí a dar sin esperar nada a cambio, pero no desde la resignación, sino desde la certeza. Desde saber quién soy, desde entender que lo que doy no puede depender de lo que recibo. Porque cuando das desde tu esencia, no te vacías: te fortaleces.
Dar dejó de ser un sacrificio y se convirtió en una elección.
Ser mujer también es eso: sostener sin desaparecer, acompañar sin dejarte de lado, construir sin romperte en el proceso. Entender que puedes dar, pero no a costa de ti misma.
Esa pérdida no solo me quitó algo, también me obligó a elegirme. A dejar de vivir desde la dependencia y empezar a hacerlo desde la responsabilidad. A entender que no podía controlar lo que se fue, pero sí decidir quién iba a ser después de eso.
Hoy no soy la misma. Y no porque el dolor haya desaparecido, sino porque aprendí a darle un lugar sin permitir que defina mi vida. Aprendí que perder, como él decía, sí es ganar… pero solo si decides hacer algo con lo que queda.
Si estás en un momento en el que sientes que todo se movió, que nada es como antes, te entiendo. Pero también sé que ahí, justo ahí, hay una oportunidad.
La de reconstruirte.
La de elegirte. La de aprender a dar.
Volver a ser mujer no es un regreso.
Es una decisión que, muchas veces, nace desde las cenizas.
Martha Isabel Porras Díaz, gerente de Gusmar Lácteos
