El error de liderazgo más difícil de ver no viene de la frialdad. Viene de los lazos afectivos. Hay líderes que fallan por indiferencia, mientras que hay otros que fallan por todo lo contrario: por el afecto que nubla el criterio.
Ese error no es inocuo. Se convierte en una fisura profunda y lo más peligroso es que no es tan fácil de detectar. Generalmente ocurre despacio, sin hacer mucho ruido. Con un ascenso antes de tiempo. Con una excepción que parecía razonable. Con un estándar que se movió una vez, y luego otra, y luego dejó de ser estándar.
Lo que nadie advierte es lo que esa semilla le va instalando al colaborador por dentro: que él es diferente, que se lo merece, que las reglas son para los demás pero no para él. Esa convicción no nació sola. La construyeron los dos: el líder y el colaborador, como consecuencia de esas pequeñas decisiones que parecían inofensivas.
Las reglas no limitan, protegen. Son las que garantizan que el campo de juego sea el mismo para todos. En ellas vive la paciencia. En ellas se entrena la frustración. En ellas aprendemos que las cosas no siempre son como queremos, que hay que hacer la fila, que el mérito se construye y no se declara. Un colaborador que olvida que tiene que esperar, que olvida cómo ceder, que olvida que en la incertidumbre también se encuentra la paz, es un colaborador frágil y nosotros lo llevamos a eso.
Ese colaborador frágil no es solo un problema individual. Es un problema del ecosistema entero. Un individuo frágil fragiliza al equipo, lo contagia, lo desequilibra. Un equipo donde las reglas aplican distinto, según los lazos afectivos, corroe la institución desde adentro. Nadie, ni los mismos dueños, pueden estar por encima del bien colectivo. Porque una empresa no es la suma de sus favoritismos. Es la suma de sus individuos bien construidos, cada uno sabiendo que su progreso depende de lo que ha edificado, no de los vínculos que lo rodean.
La meritocracia no es un concepto frío. Es uno de los actos más amorosos y poderosos que puede ejercer un líder. Decirle a alguien: “Aquí todos somos medidos igual, y cuando llegues al nivel, nadie te lo va a poder quitar”, es darle una base sólida. Darle excepciones es construirle sobre arena.
Cuando protegemos a alguien de la fricción, le robamos algo que no se compra ni se enseña: la victoria interna. Esa que nadie ve. La de tragarse la frustración y confiar en el proceso. La de no tener toda la información y aun así elegir la madurez sobre la reacción. La de doblarse contra uno mismo y salir del otro lado distinto.
Construirse bien como individuo es, paradójicamente, el acto más colectivo que existe. Lo que cada persona edifica en silencio, en la espera, en la fricción, es lo que sostiene al equipo, a la institución, al propósito común. Nadie puede regalar ese proceso.
Esas victorias individuales y silenciosas son las que realmente construyen a una persona y así se construyen instituciones sólidas. No al revés. Por eso el favor no es un acto de amor. Es una deuda que alguien más, tarde o temprano, tendrá que pagar. Las grandes victorias se ganan en la batalla, no en el privilegio.
María Angélica Bula Nader, CEO Dr. Andrés Durán Plastic Surgery
