Las mujeres vivimos múltiples vidas en una sola jornada: somos profesionales, madres, hijas, parejas, amigas, cuidadoras y, en medio de tantos roles, también somos mujeres con sueños, necesidades y proyectos propios.
Hemos aprendido a responder a las exigencias del trabajo, la familia y la sociedad, pero pocas veces nos detenemos a pensar en el costo emocional de hacerlo todo. Detrás de cada mujer que parece tener su vida bajo control existe, muchas veces, una carga invisible: planear, organizar, anticipar, resolver y estar pendiente de todo y de todos.
Esta realidad no es solamente una percepción. Según el Dane, las mujeres en Colombia dedican diariamente 7 horas y 35 minutos al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente a 3 horas y 14 minutos de los hombres. Esta desigualdad refleja una distribución de responsabilidades que impacta el bienestar, el descanso y las oportunidades de desarrollo personal y profesional.
A esta realidad se suma un desafío particular para las mujeres que ocupan posiciones de liderazgo. Dirigir equipos de alto rendimiento exige mucho más que alcanzar indicadores, cumplir objetivos y entregar resultados: implica tomar decisiones difíciles, gestionar conflictos, mantener la motivación, acompañar a las personas en momentos complejos y responder por los resultados colectivos.
Una mujer líder no solamente administra procesos, muchas veces también sostiene emocionalmente a sus equipos, escucha, orienta, contiene y busca soluciones. Debe proyectar seguridad, mantener la claridad en escenarios de presión y demostrar permanentemente que está preparada para asumir grandes responsabilidades. Y cuando termina esa jornada de liderazgo, en muchos casos comienza otra en su hogar.
Esa es una doble exigencia que merece ser reconocida. Porque detrás de una mujer que lidera con determinación también hay una persona que puede sentir incertidumbre, cansancio, presión y necesidad de apoyo. El liderazgo femenino no debería medirse por la capacidad de soportar más presión, sino también por la posibilidad de construir entornos de trabajo saludables, resultados sostenibles y equipos que compartan las responsabilidades.
A ello se suma la presión de demostrar capacidades en el ámbito laboral, atender las necesidades familiares y enfrentar sentimientos de culpa cuando no logramos cumplir con todas las expectativas. Muchas mujeres terminan convirtiéndose en expertas en cuidar a los demás, mientras relegan su propio bienestar.
Las reflexiones del psicólogo Efrén Martínez sobre el sentido de vida nos invitan a plantearnos una pregunta fundamental: ¿estamos construyendo la vida que queremos o simplemente estamos respondiendo a las expectativas de los demás? Reconocer nuestra identidad más allá de los roles que desempeñamos es esencial para encontrar equilibrio y propósito. No se trata de renunciar a nuestras responsabilidades, sino de aprender a compartirlas, establecer límites, pedir ayuda y comprender que priorizarnos no es egoísmo. Las familias, las organizaciones y la sociedad también deben contribuir a transformar las exigencias que históricamente han recaído sobre las mujeres.
Admiro profundamente a las mujeres que lideran, emprenden, cuidan, crean oportunidades, superan obstáculos y transforman sus entornos; a quienes dirigen grandes equipos, toman decisiones trascendentales y, aun en medio de enormes responsabilidades, siguen apostándole al crecimiento de otras personas. Somos determinantes en el desarrollo de nuestras familias, organizaciones y sociedad. Somos valientes, talentosas e imparables.
Pero ser imparables no significa no cansarnos, ni ser fuertes significa no necesitar ayuda. Nuestra capacidad no debe convertirse en una obligación de poder con todo. Por eso, el verdadero avance no consiste en demostrar que las mujeres podemos hacerlo todo, sino en construir una sociedad en la que no tengamos que hacerlo todo solas.
Karen Giraldo, CEO de Mike Pizarro Plastic Surgery
