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Farida Ramadan Ali se hizo el cambio de sexo, luego de un trámite que duró diez años.
Farida Ramadan Ali se hizo el cambio de sexo, luego de un trámite que duró quince años. - Foto: AFP

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¿Cómo es ser transgénero en un Egipto que casi no reconoce los derechos de esta comunidad?

Farida Ramadan, una mujer transgénero de 50 años, lucha por sobrevivir en este país en el que su condición la condena al hambre y la miseria.

De una familia modesta de Damieta (al nordeste del país), esta exprofesora cuenta que ya de niña no se interesaba “por las cosas de niños”.

Siendo adolescente admitió ante sus allegados su sentimiento de transgénero, lo que le acarreó un “gran reproche” y “burlas inimaginables”, dice.

Rechazada “por el 90 % de la gente” de Damieta, abandona rápidamente el hogar familiar y la región e intenta abrirse camino en El Cairo y Alejandría.

La ley egipcia “no reconoce la transexualidad”, según uno de los miembros fundadores de Bedayaa, una oenegé local de defensa de los derechos de personas LGTBQ+ (lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, queers y otras variaciones de género).

Con todo, en su reglamento, el sindicato de médicos autoriza las operaciones de “corrección sexual” siempre que se haya obtenido “el aval de un comité especial” constituido por médicos y un jeque de Al Azhar, gran institución del islam sunita en El Cairo.

El comité se basa en una fetua (decisión islámica) que estipula que la reasignación sexual, es decir, la operación de cambio de sexo, debe estar justificada por un “problema biológico y no mental”, precisa el activista de la asociación, bajo anonimato.

Las normas del sindicato imponen “exámenes hormonales, tests de cromosomas y dos años como mínimo de psicoterapia y de tratamiento hormonal”, lo que excluye directamente a muchos aspirantes. No hay ninguna estadística oficial sobre las personas transgénero.

Además, el comité se reúne de manera muy irregular y el jeque está ausente “desde al menos dos años”, según Bedayaa. “Ninguna operación puede llevarse a cabo sin el acuerdo de Al Azhar”, reafirma.

La institución, contactada por la AFP, no quiso hacer comentarios.

Sin medios, Farida Ramadan ha tenido que armarse de paciencia: inició los trámites hace una quincena de años, obtuvo su autorización en 2006 y fue operada en 2016.

“No tenía dinero: trabajaba, ahorraba un poco y tomaba una cita”, recuerda.

En 2006, después de enseñar durante 13 años, fue despedida por ausentismo debido a su tratamiento.

Actualmente, no tiene ingresos. Ha hecho infinidad de pequeños trabajos, pero siempre los perdió por estar estigmatizada.

Se quedó hace años sin empleo y hoy vive de la caridad de un pueblito que dejó sus prejuicios atrás y la acepta.
Se quedó hace años sin empleo y hoy vive de la caridad de un pueblito que dejó sus prejuicios atrás y la acepta. - Foto: AFP

“La situación de los hombres trans está mejor aceptada que la nuestra”, estima Farida Ramadan.

En mayo de 2020, el actor Hicham Selim apoyó públicamente a su hijo transgénero Nour, lo que levantó una ola de simpatía.

Seis meses más tarde, después de que la prensa local le diera visibilidad a Ramadan, el ministro de Educación, Tarek Chawki, instó a la televisión a aceptar personas transgénero, un hecho sin precedentes.

Pero desde la llegada al poder del presidente Abdel Fatah Al Sisi en 2014, la represión de las personas LGTBQ+ se ha agravado en Egipto. La suerte de la militante lesbiana Sarah Hegazi, detenida y torturada por haber enarbolado una bandera arcoíris en un concierto en 2017 y que se suicidó en el exilio en 2020, refleja esta situación.

“Nour como Farida recibieron apoyo porque la sociedad estima que es una ‘corrección’ y no un cambio de sexo”, según el activista.

Pero cuando Nour apoyó públicamente a Sarah Hegazi, “la compasión general se transformó en cólera y ataques”, añade.

Desde hace cuatro años, Ramadan vive en el pueblo de Manchiyet Sira (al norte). Todos los meses, los habitantes, “modestos”, dice emocionada, hacen sus contribuciones para cubrir sus gastos esenciales.

Oum Menna, una vecina de 27 años, relata su amistad.

“Da igual el pasado. Es una criatura de Dios, como las otras”, le explicó a la AFP. El hecho que lleve nicab (velo que cubre de manera completa el cuerpo y el rostro con excepción de los ojos) no le impide ver “todos los días” a Ramadan.

Aunque ya está instalada en una comunidad que la acepta, sigue luchando para “encontrar una vida digna”.

“Todo lo que quiero es trabajar y dejar de mendigar”, insiste la antigua profesora, que prepara una acción en justicia para reclamar sus derechos.

“No me callaré, estoy cansada, pero (...) resistiré hasta el final”, promete.

Por Hager Harabech

© Agence France-Presse