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| 1/13/2018 10:50:00 PM

Crece el debate sobre la salud mental de Trump: ¿se chifló?

Es el presidente del país más poderoso del mundo, por lo que los ojos del mundo lo siguen. Su comportamiento errático, sus discursos deshilvanados y la alegría con la que habla de su arsenal nuclear tienen a muchos psiquiatras aterrados.

Donald Trump crece debate por su salud mental Crece el debate sobre la salud mental de Trump: ¿se chifló?

En una serie de trinos publicados el sábado a las cuatro de la madrugada, el magnate reaccionó al devastador retrato de la Casa Blanca que el periodista Michael Wolff traza en su libro Fire and Fury. Acusó a los demócratas y a los medios de comunicación de tratar de presentarlo como un loco, cuando por el contrario sus “mayores virtudes son su estabilidad mental y ser muy, pero muy inteligente”. Su seguidilla de trinos terminó con una frase que pretendía zanjar la cuestión de una vez por todas: “Soy un genio, un genio muy estable”.

Esos tuits, más que cómicos, resultan sobre todo inquietantes, pues lejos de espantar el fantasma de su inestabilidad mental, se sumaron a un extraño patrón de comportamiento que tiene alarmados a muchos psiquiatras norteamericanos. De hecho, desde el primer día de su mandato, su cuenta de Twitter se convirtió en una ventana a la que cualquiera puede asomarse para conocer sus obsesiones, sus fantasmas personales y sus inconsistencias.

A su vez, cada semana de su presidencia ha estado marcada por una andanada de decisiones y de comportamientos llamativos, y la pasada no fue la excepción. El lunes, el magnate insistió en que iba a deshacer el pacto nuclear con Irán, a pesar de la insistencia de Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania de que esa decisión pone en riesgo la seguridad mundial (aunque en otra voltereta, el viernes la Casa Blanca ratificó el pacto). El martes renegó de su promesa de estar “cien por ciento dispuesto a colaborar” en la investigación sobre el Rusiagate y, ante la insistencia de los periodistas, salió con que “a Hillary Clinton la interrogaron sin que ella hubiera jurado nada, no tomaron notas, no grabaron, y eso pasó en el fin de semana del 4 de julio”.

Y el jueves, haciendo gala de una vulgaridad inédita en la Casa Blanca, afirmó frente a varios senadores que Estados Unidos debía recibir inmigrantes de lugares como Noruega y no de “países de mierda” (“shithole countries”) como Haití, El Salvador y las naciones africanas. No contento con eso, se atrevió a decir con toda desfachatez que tenía una muy buena relación con el líder norcoreano Kim Jong-un, a quien se refiere como el ‘hombre cohete’ y con quien la semana pasada se enzarzó en una pelea de egos a propósito de los arsenales atómicos de sus países. “Mi botón nuclear es mucho más grande y poderoso”, dijo en un trino el 3 de enero.

Todo lo cual recuerda los duros testimonios que recoge el libro de Wolff, quien cita a varios miembros de su gabinete refiriéndose a Trump como “un retrasado”, “un bobo”, “un idiota” o simplemente “un loco”. “Desde que está en el poder, el comportamiento impulsivo, errático, deshonesto, infantil y vulgar de Trump es tan alarmante y tan alejado de lo que los estadounidenses esperan de su presidente, que sus acciones piden a gritos una explicación más profunda”, dice el editorial que The New York Times le dedicó el jueves al tema.

Hablan los psiquiatras

Muchos especialistas han identificado en Trump varios síntomas que podrían apuntar a patologías más o menos severas. Entre ellos, el desorden de personalidad narcisista, cuya definición incluye varios rasgos que se ajustan como un guante a la personalidad de Trump, entre ellos “sentimientos megalómanos”, “fijación en fantasías de poder”, “percepción de ser único” o una “constante necesidad de admiración”. Por eso, a mediados de febrero pasado, 34 psiquiatras y psicólogos le enviaron una carta a The New York Times en la que advertían que “la grave inestabilidad emocional evidenciada por los discursos y las acciones de Trump lo incapacitan para desempeñarse sin peligro como presidente”.

Ellos no son los únicos, pues desde que se posesionó, otros doctores y especialistas han detectado más síntomas preocupantes. En octubre, 27 psiquiatras y expertos en salud mental, liderados por el profesor de la Universidad de Yale Bandy X. Lee, concluyeron en el libro The Dangerous Case of Donald Trump que el actual presidente norteamericano representaba una amenaza grave y directa para Estados Unidos y el mundo. Allí, advierten además que este muestra síntomas de “un hedonismo desenfrenado y extremo” y de una falta de confianza que va más allá de la mera paranoia, que en ocasiones roza el trastorno de personalidad antisocial, lo que apunta a que presenta algunos de los síntomas de un sociópata.

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A su vez, según el informe que le dedica a este tema la nueva edición de la revista mensual The Atlantic –firmado por el médico y periodista James Hablin–, a finales del año pasado el magnate tuvo un comportamiento llamativo desde el punto de vista psiquiátrico. En noviembre y diciembre, usó ambas manos para poder llevarse una botella de agua a la boca durante dos ruedas de prensa. En la primera ocasión, ese gesto produjo sobre todo burlas, pues el propio Trump ridiculizó a uno de sus contrincantes durante la campaña republicana por estar tomando agua todo el tiempo. Pero en la segunda, su movimiento fue mucho más lento, “como el de una persona con mucho frío sosteniendo una taza de chocolate”.

A su vez, en la rueda de prensa en la que anunció que su país reconocía a Jerusalén como la capital de Israel, a un cierto punto comenzó a arrastrar las palabras y fue casi imposible entender lo que decía. Y a eso se agrega, según Hablin, “una clara reducción de su sofisticación lingüística” con “palabras y estructuras gramaticales cada vez más simples”. Según el autor, ese fenómeno se ha acentuado además con el paso del tiempo y es patente en sus discursos deshilvanados y en sus respuestas erráticas durante las entrevistas.

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Una cuestión polémica... y explosiva

Las anomalías detectadas en el comportamiento y en el lenguaje de Trump podrían significar muchas cosas. Por un lado, que Trump está expresando la fatiga que produce ejercer un cargo estresante. También, que está siendo fiel al estilo que adoptó durante la campaña, o simplemente que sabe que a sus seguidores no los mueve la coherencia de su discurso, sino las emociones que transmite. Pero también podrían apuntar a una situación mucho más grave, como una insuficiencia cardiaca o a algunos síntomas iniciales de alzhéimer.

La cuestión ha creado una enorme polémica entre los especialistas, pues desde hace casi medio siglo la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA, por su sigla en inglés) fijó una serie de parámetros conocidos como la regla Goldwater, originada en una demanda que ganó el candidato presidencial Barry Goldwater después de que una revista dijo que estaba loco. En concreto, establece que los psiquiatras no pueden emitir diagnósticos sobre la salud mental de una figura pública si no la han examinado en persona. Y como lo más parecido a la historia clínica de Trump es el diagnóstico de un gastroenterólogo de Manhattan que dijo que era “la persona más saludable del mundo”, la APA se ha enfrentado con los psiquiatras que han expresado su alarma.

A su vez, en el contexto de la extrema división política que vive Estados Unidos relativiza las versiones. Como dijo a SEMANA David Greenberg, profesor de Historia de la Presidencia de Estados Unidos de la Universidad Rutgers, “los demócratas tienden a ver el comportamiento de Trump como el de una persona no apta para ser presidente. Por el contrario, los republicanos tienden a ver el argumento como un ataque disfrazado contra el presidente”. La diferencia con el tema de la salud mental de Trump es que muchos republicanos que lo criticaron sin piedad durante la campaña hoy guardan un silencio cómplice. La única excepción es el senador Bob Corker, quien dijo que el magnate aún no había “demostrado la estabilidad” necesaria para ser presidente.

De cualquier modo, las sospechas han contribuido a enrarecer el ambiente y esa situación no tiende a cambiar, pues las leyes estadounidenses no prevén ningún mecanismo para evaluar la salud de su líder. “Además de ganar en las elecciones, la Constitución solo establece tres requisitos para llegar a la Casa Blanca: tener por lo menos 35 años, haber nacido en Estados Unidos y residir permanentemente aquí. No se necesita examen físico, mental o de conocimientos para posesionarse”, dijo a esta revista Mark Major, profesor de la Universidad de Pensilvania y autor de The Unilateral Presidency and the News Media. Todo lo cual es bastante llamativo, pues cualquier soldado encargado de manejar una batería de misiles tiene que someterse varias veces al año a todo tipo de exámenes, entre ellos, varios de aptitud psiquiátrica.

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Un presidente todopoderoso

Los norteamericanos solo cuentan con un mecanismo para apartar del poder a un presidente que no está en condiciones para ejercerlo: la enmienda 25 de la Constitución. Sin embargo, su diseño solo permite aplicarla en casos extremos. De hecho, para que surta efecto se requiere que el vicepresidente y dos tercios del gabinete consideren no apto al presidente. Pero si este se opone y se aferra a la Casa Blanca, por lo menos dos tercios del Senado deben respaldar esa decisión. “Esa parte de la Constitución nunca ha sido invocada y es muy improbable que lo sea, pues el propio presidente escoge al vicepresidente y al gabinete, que casi siempre le son leales”, dijo a SEMANA Robert Speel, director del programa de Ciencias Políticas del Behrend College la Universidad Estatal de Pensilvania.

Todo lo cual tiene a muchos analistas mordiéndose las uñas, pues aunque en los asuntos internos la separación de poderes limita el poder presidencial, en los externos el Ejecutivo tiene un margen de maniobra mucho mayor y sus decisiones personales suelen determinar la política exterior. Y esto lo saben muchas potencias, conscientes de que para alcanzar sus objetivos basta con cultivar las debilidades del presidente. Esto quedó claro el año pasado durante los viajes oficiales que Trump realizó a China y Arabia Saudita. Allí, los gobernantes de esos países aprovecharon su carácter voluble y, con regalos y agasajos para sus familiares, lograron que suavizara su posición y que incluso se alineara con algunos de sus objetivos.

Sin embargo, las cuestiones bélicas y sobre todo el uso del arsenal nuclear producen las mayores preocupaciones, pues el presidente puede decidir usar un arma atómica según su criterio. Como dijo en diálogo con esta revista Michael Genovese, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Loyola Marymount, “No existe ninguna ‘doble autorización’, por lo que incluso un presidente con claros síntomas de desajustes mentales tiene el poder para lanzar un ataque nuclear”. De hecho, no hay medidas legales para evitar una decisión de ese tipo, y un subalterno que debe ejecutar semejante orden solo tiene la posibilidad de renunciar a su cargo con la esperanza de postergarla.

En medio de todo, muchos analistas se preguntan por la salud de una democracia que lleva al poder a una persona incapaz de entender la trascendencia de sus actos, sobre todo teniendo en cuenta su extrema capacidad militar. Y los antecedentes históricos son tan aterradores que pocos se atreven a mencionarlos.

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